La soberanía, dentro y fuera: la ciudadanía
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Esta semana la palabra soberanía llenó tribunas. El martes, la Presidenta promulgó una reforma que incorpora la injerencia extranjera como causal para anular una elección. El propósito que la anima es difícil de rechazar: ninguna democracia que se respete puede tolerar que un poder externo compre, manipule o tuerza la voluntad de sus ciudadanos. Hasta ahí, todos deberíamos coincidir.
El problema, como casi siempre, no está en el fin sino en la línea. ¿Dónde termina la injerencia y dónde empieza la observación? Voces de oposición y especialistas advirtieron que el concepto quedó tan amplio que podría usarse, mañana, contra organizaciones civiles, observadores electorales o el financiamiento de proyectos sociales. Tan delicada es la frontera que la propia ley reglamentaria se frenó en el Congreso por falta de consenso. Y conviene detenerse ahí, porque confundir injerencia con observación es confundir al ladrón con el inspector.
Vale la pena recordar de dónde venimos. La mirada extranjera sobre nuestras urnas no llegó para humillarnos: llegó para salvarnos. Fue en 1994, después del descomunal fraude de 1988, cuando México abrió por primera vez sus casillas a los visitantes extranjeros. Y no fue un gesto aislado: ocurrió al mismo tiempo que ciudadanizábamos el entonces IFE, cambiando a los consejeros magistrados por consejeros ciudadanos. La apertura al mundo y el control ciudadano de las elecciones nacieron juntos, el mismo año, de la misma necesidad. No son enemigos de la soberanía; son sus hijos legítimos.
Aquellos visitantes —la ley ni siquiera quiso llamarlos observadores, por pudor nacionalista— no vinieron a votar por nosotros ni a contar nuestros votos. Vinieron a atestiguar que decidíamos sin trampa. Tres décadas después, esa apertura es motivo de orgullo y no de sospecha: en 2024 acreditamos a más de mil trescientos visitantes de 63 países, la cifra más alta de nuestra historia, con misiones de la OEA, la Unión Europea y organismos electorales de todo el continente. Una democracia segura de sí misma no esconde la urna: la exhibe. Abre las ventanas. Solo la casa que tiene algo que ocultar las mantiene cerradas.
Las agencias internacionales y los observadores cumplen, además, un papel que va más allá del día de la elección. Entre comicios y comicios, fortalecen lo que sostiene a una democracia cuando nadie aplaude: la transparencia, las instituciones, la formación de ciudadanos. Esa cooperación no nos resta soberanía; nos vuelve más capaces de ejercerla.
Y aquí lo nacional baja a nuestra tierra. Porque mientras el país discute la soberanía en abstracto, hoy Coahuila la pone a prueba en su forma más concreta. Somos, este 7 de junio, el único estado del país que vota. Renovamos el Congreso local: 25 diputaciones que decidirán algo tan cercano como invisible —quiénes auditan el presupuesto del estado y de nuestros municipios, quiénes reforman las leyes que rigen la vida diaria. Más cerca de la banqueta que de la frontera.
Esa es la soberanía verdadera, la que no cabe en ningún decreto: la soberanía popular, la que reside en cada uno de nosotros y se ejerce con una boleta en la mano. Toda la arquitectura del mundo —observadores, reformas, tratados— no sirve de nada si hoy la casilla amanece vacía.
Y conviene decirlo con franqueza: el riesgo más real para nuestra democracia no es el observador de la OEA ni el experto que llega de fuera. El enemigo está adentro, y se llama indiferencia. Se llama abstención, voto por inercia, “para qué, si todo está decidido”. Ninguna potencia extranjera tiene el poder de quitarnos la soberanía; nosotros sí tenemos el de regalarla, simplemente quedándonos en casa.
Por eso hoy, antes que pedir un voto por nadie, pido un voto con criterio. Infórmese. El Instituto Electoral de Coahuila puso a disposición el portal Conóceles para saber quién es quién antes de decidir. Defender el voto empieza por saber a quién se lo damos.
Una democracia que le teme a la mirada del mundo confiesa que tiene algo que esconder. Una que le teme a su propia gente, ya la perdió. La soberanía, al final, no es un muro que se levanta hacia afuera ni una sospecha que se siembra hacia adentro: es una ciudadanía que decide, con las ventanas abiertas y la frente en alto.
Hoy, durante unas horas, Coahuila tiene la oportunidad de demostrarlo. La cita no es solo con la urna; es con la idea de que aquí, los coahuilenses, decidimos. Sin subordinaciones de afuera y sin renuncias de adentro.
Nos vemos en las casillas. Como cada vez que importa, seremos ciudadanos de tiempo completo.