Mirador

Opinión
/ 11 agosto 2014

Las isleñas de esa isla vestían sólo una faldita de tela colorida, como en los cuadros de Gauguin.

Ninguna otra prenda llevaban.

Lucían al aire las morenas tetas, emblema de la vida y la fertilidad. Eran su orgullo: jóvenes, con ellas iban a alimentar a su hijo; viejas, con ellas lo habían alimentado ya.

Sucedió que iba a llegar a la isla, en visita de cortesía, el príncipe heredero de la corona real. Los misioneros se preocuparon mucho: ¿qué diría el dignatario a ver aquella profusión de tetas? Hablaron con las mujeres y les pidieron que se las cubrieran cuando llegara el príncipe.

Así lo hicieron ellas. Formadas en valla, al paso del ilustre visitante se levantaban sonrientes las faldas para cubrirse el pecho, aunque al hacerlo dejaran al descubierto lo demás.

De ese relato, que me divierte mucho, saco una conclusión: la vida puede siempre más que los misioneros.

¡Hasta mañana!...


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