Sor Juana y los riesgos
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Una buena parte de los poemas de Sor Juana fueron escritos por encargo de este o aquel peticionario o por circunstancias que la obligaban: el nacimiento de un niño, el nombramiento de algún alto personaje A pesar de esta condición, todo lo escrito por ella es personal, porque en todos sus escritos algo de sí nos deja ver entre los pliegues verbales de su discurso.
En la famosa Respuesta a sor Filotea de la Cruz -ese tesoro autobiográfico e histórico- Sor Juana nos dice una y otra vez que todo lo que escribió lo escribió movida por la obligación; todo, salvo un papelillo al que llaman El Sueño. Pero obligada o no, siempre filtrará algunas gotas de su propia savia en esos poemas de encargo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?, pregunta Quevedo en su Epístola satírica y censoria al Conde-duque de Olivares. En muchos de sus poemas Sor Juana dirá abiertamente lo que siente sobre las cosas que la rodearon y sobre sí misma.
Así será en tres de los ocho sonetos filosófico-morales, que carecen de la impronta del encargo. No muy tangencialmente en Si los riesgos del mar considerara (149); de manera explícita en ¿Tan grande, ¡ay, Hado!, mi delito ha sido? (150) y ¿En perseguirme, Mundo, qué interesas? (146). Luego de leer con atención el primero, pareciera que el epígrafe que lo encabeza anda un tanto desencaminado: Encarece de animosidad la elección de estado durable hasta la muerte.
Si los riesgos del mar considerara, / ninguno se embarcara; si antes viera / bien su peligro, nadie se atreviera / ni al bravo toro osado provocara. // Si del fogoso bruto ponderara / la furia desbocada en la carrera / el jinete prudente, nunca hubiera / quien con discreta mano lo enfrenara. // Pero si hubiera alguno tan osado / que, no obstante el peligro, al mismo Apolo / quisiese gobernar con atrevida // mano el rápido carro en luz bañado, / todo lo hiciera, y no tomara sólo / estado que ha de ser toda la vida.
Sor Juana habla de sí misma, por supuesto: ella no tuvo más remedio que adoptar un estado durable âel de monja-, pensando que así rehuía los peligros con que el mundo amenazaba entonces -¿entonces?- a una mujer soltera, hermosa y de brillante inteligencia. Quién sabe qué ocurriría en la corte virreinal, donde Sor Juana pasó unos años como dama de compañía; lo cierto es que no quiso o no pudo casarse. Y no le quedó otro camino que el convento, un lugar que no estorbaría a sus estudios, como quiso pensar Su estado durable fue el de monja del convento de San Jerónimo, donde entró el año de 1669 y del que ya no saldría jamás.
Si leemos los últimos versos de este soneto, veremos que nada tienen qué ver con el encarecimiento y la animosidad que anuncia el epígrafe. Antonio Alatorre escribe: En cuanto a quien dice que sor Juana, obligada a tomar estado de religiosa, lo lamentará en un tono de resignación adolorida en el soneto 149, simplemente no lo ha entendido (Sor Juana Inés de la Cruz. Lírica personal, FCE, p. 392). O no comprendo el soneto o no entiendo al maestro Alatorre, pues parece claro que el tono de Sor Juana es de tristeza: si nos pasáramos la vida considerando sus riesgos, nadie emprendería camino; y si el mismo Faetón se atreviese a robar el carro del Sol de su padre Apolo, su fracaso sería encomiable, sólo por el ánimo de no quedarse inmóvil, es decir, en un estado que ha de ser (para) toda la vida.
Tal fue -Sor Juana está diciéndonoslo- su propio caso: no se atrevió a ser un marino, ni un torero, ni un domador de caballos; tampoco un Faetón. Por eso decidió, no sin tristeza, encerrarse en el convento. Pero hasta ahí la perseguiría la murmuración de sus contemporáneos, que hablaban de ella con admiración o con envidia. A esto obedece su dolorosa pregunta: En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas? Y a tal suerte responde, interrogante y angustioso, el otro soneto:
¿Tan grande, ¡ay, Hado!, mi delito ha sido / que, por castigo de él, o por tormento, / no basta el que adelanta el pensamiento, / sino el que le previenes al oído? // Tan severo en mi contra has procedido, / que me persuado, de tu duro intento, / a que sólo me diste entendimiento / por que fuese mi daño más crecido. // Dísteme aplausos, para mí baldones; / subir me hiciste, para penas tales; / y aun pienso que me dieron tus traiciones // penas a mi desdicha desiguales, / por que, viéndome rica de tus dones, / nadie tuviese lástima a mis males.