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Opinión
/ 14 marzo 2015

Existió el siglo pasado el grupo de Los Siete Venenos. Estaba conformado por Arturo Berrueto González, Jorge Ruiz Schubert, José Flores Aguirre, Jesús Ochoa Ruesga, Rodolfo Garza Cepeda, Rómulo Moreira Narro y Roberto Orozco Melo.

En la década de 1960, el grupo empezó a reunirse en el restaurante Enos, por la calle de Padre Flores, posteriormente cambiaron su sede al restaurante Arcasa por la calle de Allende, a espaldas del Palacio de Gobierno. Ese restaurante, famoso un tiempo, y que en el nombre lleva las siglas de su fundador: don Armando Castilla Sánchez.

Así pues, los señores se juntaban a desayunar y a comentar los sucesos políticos, culturales y cotidianos del momento. El grupo de Los Siete Venenos marcó una época en la vida de Saltillo. Allá por los 70 cambiaron su sede al restaurante Huizache –hoy Sol y Luna-, que se encontraba por el bulevar Constitución, hoy Venustiano Carranza.

Cuentan que cuando se juntaban en Arcasa, a espaldas de Palacio de Gobierno, un día pasó por el lugar el Gobernador del Estado, don Braulio Fernández Aguirre. Se acercó a la mesa a tomarse un café y a poner a buen resguardo del grupo su buen nombre. No se volvió a parar hasta que hubo dejado la gubernatura. El dos de diciembre de 1969, nada más dejó la silla de Palacio, don Braulio los sorprendió en su habitual mesa del restaurante, llevándoles dos kilos de barbacoa.

—Ora sí –les dijo–. ¿Qué tanto hablaban de mí?

Los 7 Venenos se hicieron de fama. El mundillo político de la época creía que se juntaban para confabular en contra del partidazo; para imponer candidatos a puestos de elección popular; para incomodar a las planillas del Casino de Saltillo y de la Sociedad Manuel Acuña

El sistema –equivalente en el viejo México priísta a la temible Nomenklatura de su contemporánea, la Unión Soviética- veía con cierta inquietud que estos personajes se juntaran a diario. ¿Qué estarán confabulando?, se murmuraba con inquietud en las oficinas de gobierno.

—Nos van a tumbar –tal ha sido el temor de siempre cuando surgen este tipo de grupos, y más si los integrantes tienen posiciones de influencia mediática y política.

Actualmente, en Saltillo se reúnen grupos muy heterogéneos; los miércoles al sur de la ciudad se junta un grupo de agrónomos, ex futbolistas y comerciantes que se ha denominado el Grupo San Miguel. En el lugar, todos entorno a una mesa comparten el pan, la sal y un sinfín de anécdotas.

Otros que también se reúnen los miércoles, son los miembros de un grupo de profesionistas especializados en el medio ambiente.

 A diferencia de los Siete Venenos, que con humor y picardía presumían remontarse a los Siete Sabios de Grecia, este grupo ostenta un aparatoso nombre burocrático: Diálogos por la Sustentabilidad. (Usted sin duda recuerda el nombre de esos pedantes viejecitos griegos: Cleóbulo de Lindos, Solón de Atenas –quien dio leyes a esa ciudad, y según fama las más perfectas que se jamás se hayan dictado-, Quilón de Esparta, Bías de Pirene, Tales de Mileto –el físico Jonio, famoso por haber caído a un pozo mientras caminaba en la oscuridad, contemplando las estrellas-, Pítaco de Mitilene y Periandro de Corinto.)

Hace más de 10 años, un grupo de comunicadores encabezados por Oscar Wong Chávez, tenían la costumbre de juntarse los martes a desayunar en la fonda de Pedro Möller por el rumbo de Los González. Se acercaban los tiempos de la sucesión gubernamental y llegó un momento en que la mesa estaba rodeada de puros informantes -orejas, pues, para usar el terminus tecnicus adecuado- de todos los aspirantes al gobierno y de todos los partidos. El grupo de periodistas fue bautizado como el Grupo San Pedro, haciendo alusión con cierta sorna al nombre del propietario de aquella fonda suburbana.

La gente se preguntaba con inquietud: ¿con quién se la van a jugar?, ¿a quién van a pasar a perjudicar?.

Volviendo al grupo de Los Siete Venenos: en su nombre querían recordar a otro ilustre grupo, que había florecido medio siglo antes, en la década de 1920. Se trata de los Siete Sabios de México, compuesto entre otros por Manuel Gómez Morín, el fundador del PAN, por Vicente Lombardo Toledano, fundador y patriarca vitalicio del Partido Popular Socialista, que hoy nadie recuerda, por Daniel Cossío Villegas, fundador –valga la redundancia- del Fondo de Cultura Económica, por Antonio Castro Leal, un erudito sin chiste, por el astrónomo y patriarca politécnico Luis Enrique Erro, por don Alberto Vázquez del Mercado, uno de los pocos ministros ilustres que ha tenido la Suprema Corte de Justicia de la Nación, conocida antaño, y más ahora que Eduardo Medina Mora acaba de entrar a deslustrarla con su presencia, como la Tremenda Corte o la Suprema Ramera (Rosa Esther Beltrán dixit). El profesor Arturo Berrueto González sigue alumbrando con sus luces el restaurante Sol y Luna. El resto pasaron a ocupar su columna –de mármol, no de periódico- en el Eterno Oriente de la masonería y de la meteorología.




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