Doña Panchita, la madrota más famosa del norte, según Jesús Peña

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Opinión
/ 29 junio 2015

Se llamaba Doña Panchita, y su casa en el 868 de la calle de Ámsterdam, en la colonia Oceanía Bulevares, era una de las más famosas, por no decir que la más célebre, de Saltillo.

Yo había oído hablar alguna vez en mis años mozos sobre aquella casa misteriosa, la casa de Doña Panchita.

Luego supe, cuando tuve edad suficiente, que se trataba de una casa de citas, de un prostíbulo, vamos, a donde concurrían mancebos y veteranos para apaciguar sus ardores.

Nunca fui, le soy sincero, ganas no me faltaron, le soy honesto, fue hasta muchos años después, y cuando la madrota Panchita ya había muerto, que conocí la casa, por fuera, y su historia, por dentro.

Una colega, Zuria Alvarado, que vive justo al lado del 868, la casa de Doña Panchita, fue quien me sugirió que hiciera un perfil sobre esta peculiar putera para el Semanario, cuando el Semanario era el Semanario, y me gustó la idea.

Que por qué no hacía historias de gentes con vidas edificantes y no de putas, me amonestó un lector, alguien tiene que hacer el trabajo sucio, le respondí al puro estilo de los abogados que defienden cabrones.

Y me fui unos días para el barrio de Doña Panchita a buscar lo que no se me había perdido.

Y mire de lo que se viene uno a enterar. No sólo era una de las casas más conocidas del Saltillo, de Coahuila, sino del norte del país.

Se cotizaban aquí las meretrices más guapas y jóvenes de la comarca, a varios cientos de kilómetros a la redonda.

Allí, ponga ojo, estuvo Marco Antonio Solís El Buki, Adolfo Ángel El Temerario Mayor, deportistas de buena talla y políticos de mucha pomada.

Famoso fue 868 de la calle de Ámsterdam, en la Oceanía Bulevares, que regenteaba Doña Panchita, una enfermera de profesión, según me contaron sus antiguos vecinos, y su esposo Hugo, un ingeniero agrónomo metido a padrote.

La imagen que guarda aquel barrio de Doña Panchita es la de una mujer bajita, redonda, de piel blanca, yendo y viniendo con un tarro de cerveza con clamato y limón.

Detractores tuvo Doña Pancha, que la acusaron de tratante de blancas y prostitución infantil, menos cuando se trataba de asistir a las fiestas babilónicas de cumpleaños que celebraba en aquella casa con cazuelotas de asado y harta beberecua.

O a las levantadas donde las mismas prostitutas eran las madrinas del Niño Dios y daban unos bolos bien grandotes.

Un día de hace siete u ocho año murió Doña Panchita, víctima de cirrosis, con una botella de cerveza Corona puesta en el buró de su recámara, botella que dejó a medias, me confiaron sus incondicionales.  

Y esa fue la historia de Doña Panchita, la que vivió en el 868 de la calle de Ámsterdam, en la colonia Oceanía Bulevares, la casa de citas más conocida del norte de México.

jpena@vanguardia.com.mx


Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila

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