Un gancho al plexo solar

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Opinión
/ 27 junio 2015

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas, lo mismo que un árbol en tiempos de otoño se queda sin hojas.

Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas, esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Canción de las Simples Cosas

Mercedes Sosa

La semana pasada un joven empresario, Fernando Garza Ramón, hijo de don Jesús Garza Arocha, El Charro, intempestivamente concluyó su estancia en esta vida. Muchas cosas no sé, pero sé reconocer cuando la tragedia azota y se ensaña con una familia. Son cosas de la muerte que no deberían ser parte de esta vida, sin embargo, suceden; son cosas de la vida. A justo dos años del fallecimiento del Charro, la familia y amigos se ven abrumados de tristeza al tener que despedir a otro miembro del clan.

Una enfermedad prolongada o llegar a una avanzada edad, da tiempo para dejar los asuntos terrenales en orden y de alguna forma la vida nos va preparando para despedirnos de aquellas personas que fueron significativas.

La vida, con sus años, sus meses, sus días y horas, nos prepara para despedirnos poco a poco de gustos y placeres terrenales, como muchos estamos haciendo hoy. De pronto sientes un ardor intolerable y tu pie huye del zapato pues no cabe, no puedes apoyarte por ti mismo, el empeine o la planta se enrojecen, corres al doctor y te dicen, literal (como dicen los chavos de hoy), lo que usted tiene es la enfermedad de los tragones. 

Sientes un balde de agua fría en el cuerpo, un sopapo bien dado y te quedas en una expresión de ¡¿tengo qué?! A pesar de haber estado recorriendo la hebilla del cinturón los últimos meses, consecuentemente tienes que ponerte a dieta, no más carnes rojas, no grasas, no sal, no azúcar, no vino tinto, no camarones

Así, con el tiempo, empezamos a alejarnos de los gustos, por los disgustos que nos provocan. Lamento mucho que el tiempo no fuera benevolente con Fernando Garza, mejor conocido como El Yuca. Aunque el tiempo no suele ser generoso con nadie. En un abrir y cerrar de ojos arrebata a quien quiere. Somos tamo que dispersa el viento, como dice el salmista.

Como muchos grandes, El Charro vivió hasta la plenitud. Llegó a la meta con deseos cumplidos. Don Jesús Garza Arocha fue un incansable promotor turístico del estado de Coahuila; el Museo del Desierto, en gran parte se debe a su iniciativa. 

Él convenció al doctor Rogelio Montemayor, a la sazón Gobernador del Estado, de construir lo que hoy es considerado el único centro de divulgación informativa sobre el ecosistema del norte de México, sobre esa vasta mancha de nada que somos, y que se denomina desierto de Chihuahua, lo mismo aquí que en Sonora, en Texas que en Nuevo México. 

La marca Saltillo Tile, creada por don Jesús para identificar los mosaicos de barro, está en muchos pisos del continente Americano y Europa. Empresario, hotelero, locutor de radio, promotor turístico y conocedor de la música, principalmente de los boleros, su programa Desvelo de amor lo llevó a cabo como una misión de voluntariado romántico, en la estación de don Armando Fuentes Aguirre, Radio Concierto. Fue asimismo, uno de los más escuchados por su amabilidad, humor y conocimiento de la historia, la vida y el tema de cada canción.

Fue el principal impulsor de valores locales de la música, sin tener un cargo público y en la mayoría de los casos invirtió de su propio peculio, con la finalidad de fomentar el desarrollo turístico de la tierra donde creció y vivió. En los últimos días de su existencia, don Jesús Garza Arocha se dio tiempo para poner en orden sus asuntos terrenales, para partir así sin ningún pendiente. Vaya pues, podría decirse que tuvo la fortuna de disponer de las dos monedas para el barquero.

La partida temprana de su hijo Fernando, de 44 años, arde en el alma de sus cercanos, como hace seis años me calcinó a mí la ida definitiva de mi hermano, Emilio. Hoy como ayer sé acerca de  finales que se sienten como una patada de mula.

@Jesus_CarranzaO


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