América Latina y la disputa por la soberanía
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El pasado domingo ocurrieron dos hechos que, vistos por separado, pertenecen a la dinámica interna de cada país. Vistos juntos, revelan algo más profundo.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, pronunció un mensaje firme a la nación: los asuntos de México corresponden exclusivamente a los mexicanos, y ningún gobierno extranjero debe influir en la vida política nacional. Que esa declaración se produjera precisamente el día en que millones de colombianos acudían a las urnas para participar en la primera vuelta de su elección presidencial no fue un detalle menor. En un mismo domingo, dos de las democracias más importantes de América Latina enviaron señales sobre el tipo de región que quieren construir.
La elección colombiana despertó una enorme atención dentro y fuera de sus fronteras. Los resultados preliminares colocaron en primer lugar al candidato de la derecha y dejaron abierta una segunda vuelta que promete ser una de las más competidas de la historia reciente del país. Desde el momento en que se conocieron los resultados, comenzaron los análisis, las interpretaciones y las controversias. Diversos sectores han cuestionado el papel de los grandes medios durante la campaña y la presencia de narrativas construidas desde el exterior que presentan al candidato de izquierda como un riesgo para la estabilidad del país. Las redes sociales amplificaron esos mensajes con una velocidad y un alcance que ningún medio tradicional hubiera podido igualar, moldeando percepciones antes de que los ciudadanos llegaran a las urnas.
Lo cierto es que Colombia enfrenta una decisión trascendental entre dos proyectos de nación. Iván Cepeda desarrolló una campaña centrada en la defensa de los derechos sociales, la inclusión de grupos históricamente marginados y el fortalecimiento de la participación ciudadana. Su rival de la derecha plantea políticas de seguridad más agresivas y una mayor cooperación con los Estados Unidos para combatir las organizaciones criminales. Sus simpatizantes consideran que esa es la única vía para recuperar el control territorial; sus detractores advierten el riesgo de una dependencia creciente respecto a intereses externos. La propuesta de bombardear zonas de la selva amazónica para destruir cultivos ilícitos resume con crudeza esa lógica: combatir el narco a cualquier costo, incluso a expensas de arrasar uno de los pulmones más importantes del planeta. La segunda vuelta no definirá únicamente quién ocupa la presidencia: determinará cuál de estas dos visiones prevalece.
Las declaraciones de Sheinbaum, mientras tanto, adquieren una relevancia que trasciende las fronteras nacionales. Al insistir en la no intervención, recordó una tradición diplomática que ha acompañado a México durante gran parte de su historia moderna. La importancia de ese mensaje radica en el contexto: el mundo atraviesa una etapa de profundas tensiones geopolíticas, y las disputas económicas, comerciales y militares entre las grandes potencias han incrementado las presiones sobre la región.
Las recientes intervenciones del secretario de Estado Marco Rubio en asuntos latinoamericanos son una muestra elocuente de esa tendencia. No es nueva: Cuba, Venezuela, Irán, entre muchos otros, han padecido en carne propia lo que significa que una potencia extranjera decida interferir en sus asuntos internos. La amenaza no siempre viene de afuera: en México, voces de la derecha, como las de Lilly Téllez, Eduardo Verástegui y otros, han llegado a solicitar abiertamente la intervención de Washington en asuntos nacionales, lo que hace aún más significativa la postura de Sheinbaum.
México, que comparte frontera con la más influyente de ellas, conoce mejor que nadie ese peso. Que su presidenta elija ese momento para reafirmar la autodeterminación no es un gesto retórico: es un posicionamiento con consecuencias reales para la diplomacia regional.
Pero el panorama latinoamericano no se agota en México ni en Colombia. Brasil se ha convertido en el tercer gran escenario en el que se libra esta disputa. La nación más grande de la región se prepara para una nueva contienda presidencial, y todo indica que la polarización continuará marcando su vida política. El bolsonarismo conserva una importante capacidad de movilización y mantiene vínculos con sectores conservadores internacionales. Para muchos observadores, la disputa brasileña forma parte de una confrontación más amplia que involucra no solo a actores nacionales, sino también a intereses externos que buscan incidir en el resultado.
Lo que ocurre en México, Colombia y Brasil, debe analizarse, por tanto, como parte de un mismo fenómeno. Tres países que representan una porción fundamental de la población, la economía y la capacidad productiva del continente. Lo que suceda en ellos influirá inevitablemente en el destino de toda la región.
Más allá de ideologías, partidos o líderes, la pregunta que hoy recorre América Latina es simple pero profunda: ¿serán sus pueblos capaces de decidir libremente su futuro, o permitirán que otros lo decidan por ellos?
La soberanía ha regresado al centro del debate continental. Defenderla es, ante todo, una responsabilidad democrática que se ejerce votando, deliberando y exigiendo que quienes gobiernan respondan primero a su pueblo. Lo que ocurra en las urnas, en las cancillerías y en las calles de América Latina en los próximos meses dirá si ese regreso es definitivo.