Cartas a un joven poeta

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Opinión
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Pocas cosas tan maleducadas como abrir una carta que no nos pertenece. Incluso hoy que las formas han cambiado y que sobreviven pocas en circulación, o menos que eso, los mensajes siguen llegando de muchas maneras, casi todas ellas electrónicas. Atrás se quedó el correo aéreo y ordinario, ahora que las agencias postales pasaron a ser paqueterías.

Esa suerte de decir las cosas sobrevive bajo la custodia de fervientes románticos que pasan de mano en mano, o con la complicidad de un alcahuete, el texto de puño y letra en donde se plasma el arrebato narrativo de comunicar de forma escrita y, sobre todo, de liberarse de un sentimiento.

Así pues, la carta va más allá del estilo literario como ocurre con otros textos, ésta apuesta todo a la elocuencia de sus palabras y a la inteligencia de su destinatario que sabrá descifrar, incluso, los silencios y los mensajes encriptados. Por ello, cuando muere una relación, perece también un lenguaje.

En razón de eso va la primera línea de este texto, ya que la conversación es inseparable de su carácter íntimo. Cada charla tiene su público acotado, algunas son entre dos, casi en contubernio, otras se comparten en grupo, y lo que se vuelva del dominio público va por su propia cuenta. Así, escribir cartas requiere valor para desnudar el alma, más aún cuando estas son publicadas y puestas a disposición del escrutinio social.

Era 1902 y Franz Xavier Kappus estudiaba en una academia militar vienesa cuando ocurrió la magia de la conversación. En medio de una profunda insatisfacción personal por dedicarse a una actividad que distaba de sus convicciones, se enteró que Rainer Maria Rilke, poeta de fuste, había transitado por las mismas aulas que él y, tal vez, cercado por inquietudes similares.

Conocer aquello cambió para siempre su mundo, motivado por la circunstancia o el espejismo del azar, decidió escribir al vate a sabiendas que la respuesta podría nunca llegar. Erró.

Entre 1903 y 1908 mantuvo un profundo dialogo epistolar recogido bajo el elocuente título de “Cartas a un joven poeta”, el cual es una oportunidad de conocer la intimidad del pensamiento del poeta a través de diez misivas en las que habla sobre los grandes temas de la vida.

El miedo, la belleza, la incertidumbre, la ironía, el remanso de la soledad, la sexualidad y su rol en la concepción de un mundo mejor, la libertad y su precio a pagar.

Haciendo gala de la contundencia de las palabras que aconsejan sin aleccionar, pues provienen de la sinceridad de quien se enfrenta a la hoja en blanco con la intimidad de una correspondencia entre amigos.

Con todas estas cuestiones consustanciales del oficio de quien vive y piensa, o de quien vive y duda, desacraliza el oficio del escritor que, en sus propias palabras, concibe su obra como el producto de una soledad infinita. Sino ¿de qué otro modo podría nacer el arte?

Algo parecido ocurrió con Astor Piazzolla, astro del tango, quien compuso su obra insignia “Adiós Nonino” en medio de una de las soledades más profundas que alguien puede experimentar, la orfandad.

El músico se encontraba de gira por Puerto Rico cuando recibió el telegrama que pulverizó su infancia, su padre había fallecido en Mar del Plata. Luego vino el encierro y con el silencio, el llanto y una pluma que sangraba cuando las manos exprimían el bandoneón.

Rilke, como Piazzolla, crearon una belleza artística que proviene del que sabe escribir, y sobre todo describir, donde eso implica convertir un momento en una imagen con las palabras y la soledad adecuada.

Lector y economista por accidente

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