El pulso de la ciudad
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El Saltillo del siglo XX fue escenario de un importante desarrollo industrial. La maestra Esperanza Dávila menciona que: “hace unos 100 años nuestra ciudad era un pueblo pequeño y tranquilo. Tenía alrededor de 90 mil habitantes y durante varias décadas su población mantuvo un crecimiento moderado y sostenido”. Esa realidad ha cambiado drásticamente con el paso del tiempo. Saltillo no es, en sentido estricto, una ciudad turística; sin embargo, en años recientes se han implementado diversas estrategias para “atraer” visitantes, como la denominación del barrio del Ojo de Agua en “barrio mágico” y otras iniciativas orientadas a incentivar el consumo y la captación de capital nacional y extranjero.
Al día de hoy, 12 de abril, fecha en que escribo esta entrega, faltan exactamente 60 días para que dé inicio en nuestro país uno de los eventos deportivos más importantes a nivel mundial en materia de futbol. Se estima que México recibirá alrededor de 4.2 millones de personas, distribuidas en las tres sedes: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. No obstante, el impacto de esta justa no se limitará a los estadios, sino que se extenderá más allá de ellos. Como señala Sports Illustrated México: “México plantea una experiencia abierta, masiva y urbana, que amplía la base de consumo”. En este contexto, Saltillo fungirá como subsede y se calcula una afluencia de entre 350 mil y 600 mil personas, lo que equivale, de manera ilustrativa, a llenar el Estadio Francisco I. Madero 35 veces o el estacionamiento de Costco 250 veces, considerando una ocupación promedio de cuatro personas por vehículo.
Este panorama traerá consigo una derrama económica significativa y mayor visibilidad para la ciudad en el ámbito nacional e internacional. Sin embargo, también implica riesgos para la población local, así como para la infraestructura urbana. Sin una adecuada planeación y regulación, los costos de productos, servicios, rentas y hospedajes pueden incrementarse de manera desproporcionada, dando lugar a un fenómeno que, en otras ciudades del mundo con vocación turística, se conoce como “turistificación”.
La turistificación se refiere a procesos de transformación urbana que conllevan cambios socioeconómicos en los barrios, convirtiéndolos en zonas de ocio masivo orientadas al visitante. En este proceso, el turista es priorizado sobre el residente, lo que suele traducirse en el aumento de rentas, la proliferación de alojamientos temporales, la desaparición del comercio local y, en consecuencia, la pérdida de identidad cultural. A diferencia de la gentrificación, este fenómeno se enfoca en la población flotante, es decir, en quienes visitan la ciudad de manera temporal.
No se trata de afirmar que Saltillo experimentará necesariamente un proceso de turistificación permanente; sin embargo, la preocupación radica en lo que pueda ocurrir durante y después del evento: ¿Está nuestra ciudad preparada para recibir tal cantidad de personas sin afectar a sus habitantes? ¿Existen planes de regulación en los costos de alquiler y consumo? ¿Se encuentran nuestras vialidades en condiciones adecuadas? ¿El transporte público ofrece calidad y capacidad suficientes? ¿Contamos con la infraestructura tecnológica necesaria para garantizar una movilidad y servicios ordenados? ¿Se beneficiará de manera equitativa el comercio local o se concentrarán las ganancias en ciertos sectores?
Gentrificar implica despojar a una comunidad de su territorio para reutilizarlo conforme a las lógicas del mercado; turistificar, por su parte, supone priorizar al visitante sobre el habitante con fines económicos.
El reto no es únicamente capitalizar un evento como este, sino hacerlo sin comprometer el equilibrio social y urbano de la ciudad. Este momento exige planeación, regulación y una visión a largo plazo que priorice tanto al visitante como al habitante. La clave estará en evitar que el crecimiento inmediato derive en desigualdad, desplazamiento o pérdida de identidad. Recibir visitas implica también limpiar la casa, pero sobre todo, mirarnos críticamente: reconocer nuestras capacidades, pero también nuestras limitaciones. Solo así será posible que este episodio no sea una transformación impuesta, sino una evolución consciente, donde el beneficio colectivo prevalezca sobre la ganancia inmediata.