Emprender II*

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Opinión
/ 19 diciembre 2021
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Tenemos varias décadas quejándonos amargamente de la falta de oportunidades y empleos para las nuevas generaciones. La economía del País no ha sido capaz de generar las oportunidades y empleos que cada año se requieren. Hay muchas teorías e hipótesis que tratan de explicar el porqué, pero no hemos podido ponernos de acuerdo en el diagnóstico y mucho menos en el remedio para esa debilidad de nuestro sistema económico. Generalmente los análisis no son suficientemente profundos como para llegar a conclusiones relevantes y que trasciendan la constante politización que se hace de cualquier asunto de interés nacional. Aquí estamos hablando no sólo de empleos u oportunidades de desarrollo individual y familiar, sino de cómo la falta de estas pone en riesgo la viabilidad de la economía entera en el largo plazo, generando una degradación constante del nivel de vida promedio y del tejido social. Aumento en la criminalidad, actividades ilícitas y un sistema de justicia que no se da abasto para combatir las consecuencias de la falta de oportunidades y empleos formales y bien remunerados.

Desgraciadamente la tendencia no ha mostrado cambios aparentes significativos que nos hagan pensar que hemos encontrado la raíz del problema y una posible solución. Definitivamente no hay una respuesta única ni tampoco una solución mágica. Por muchos años la teoría económica –y los economistas– han buscado las fórmulas correctas que permitan combinar eficiencia, productividad, crecimiento, desarrollo y sustentabilidad con creación de oportunidades para la población, ya sea a través de un empleo formal y digno o bien mediante condiciones que permitan e incentiven a los individuos para crear su propia empresa.

En México podemos encontrar muchas áreas de mejora en cuanto al manejo de la economía, y existen debates interminables acerca de cómo se deben manejar y combinar las políticas monetaria y fiscal para mejorar las variables macroeconómicas. Que si el tipo de cambio es artificialmente flotante y manejado a discreción del Banco de México con el único objetivo de controlar la inflación. Que si debemos escoger entre crecimiento o inflación, sin pensar que hay una combinación adecuada. Que si el gasto de gobierno debe ser mayor o menor. Que si los impuestos deben ser más altos para tener un mejor gobierno o que si deben ser menores para que la economía se haga más grande. Esa discusión no parece tener fin y podemos seguir debatiendo por muchos años sin que exista un verdadero golpe de timón, sobre variables específicas que permitan generar cambios que repercutan en el bienestar económico de las personas y las familias.

Si un gobierno quiere que la economía genere más y mejores empleos, entonces no debe enfocarse en crearlos, sino en celosamente propiciar y mantener las condiciones que ayuden a crear empleos. Es muy claro que los empleos que crea el gobierno, a través de plazas públicas o puestos en empresas de gobierno, difícilmente son eficientes para el resto de la economía, aunque pueden ser convenientes para los afortunados que los ocupan. Esto se debe a que el gobierno no genera empleos económicamente necesarios ni eficientes y el costo para el resto de los ciudadanos es muy alto. Es mejor que el gobierno se enfoque en alinear políticas y condiciones que incentiven la creación de empleos en empresas existentes y nuevas. Impuestos de todo tipo, leyes laborales agresivas y costosas, prestaciones sociales caras, trámites interminables, ausencia de incentivos, precios altos de servicios públicos, inseguridad, señales confusas desde el poder, no ayudan en nada a propiciar ese círculo virtuoso que cualquier economía busca.

Probablemente no nos hemos dado cuenta de que en México hace falta una política o conjunto de políticas que nos ayuden a perder el miedo a ser emprendedores. Si analizamos México en los últimos 30 o 40 años podemos darnos cuenta de que hay motivos suficientes para que los mexicanos, especialmente los que crecimos en estas últimas décadas, tengamos miedo –si no pavor– a emprender. Con tristeza hemos visto cómo aquellos que desafiaron el status quo han sido, una y otra vez, víctimas de crisis, devaluaciones y políticas encaminadas a acabar con ese espécimen raro llamado emprendedor. En realidad, es natural que muchos emprendedores fallen, pero pareciera ser que en México no sólo la “tasa de mortalidad” del emprendedor está por encima de niveles normales, sino que la “tasa de natalidad” de emprendedores también está por los suelos. Eso mismo ha generado que cada vez menos mexicanos se atrevan a emprender, con lo cual se presiona el mercado laboral y escasean más las oportunidades. Esta es otra de las áreas donde el Poder Ejecutivo no necesita al Legislativo para enfocar recursos y esfuerzos que ayuden a mejorar las oportunidades de cientos de miles de mexicanos y sus familias.

* Esta columna se publicó en este espacio el 23 de enero de 2005. Tristemente, el tema sigue igual que hace 16 años.

@josedenigris

josedenigris@yahoo.com

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