Entre violencia y perdón

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Opinión
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El problema del perdón está en el aire y todavía quedan muchos a quienes pedírselo

Se ha hablado de la necesidad de que se ofrezca o pida perdón a pueblos que fueron objeto de graves ofensas, en algunos casos en tiempos fugaces, como fue el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre poblaciones civiles. Hay que decir que en un momento dado Barack Obama mencionó la posibilidad de pedir perdón a Japón; los militares se opusieron. Sabemos que el presidente Roosevelt se negó a lanzarla, pero Truman lo hizo. Al discutirse sobre lanzarla o no, los generales gritaron: “Vamos a acabar de una vez con esos monos amarillos” (quedó grabado); lo hicieron, y no creyeron que una bomba era suficiente: tiraron dos.

Alemania no sólo pidió perdón a los judíos, sino que les estuvo entregando millones de dólares como reparación por el Holocausto. Cuando uno visita Auschwitz, en Polonia, comprende el salvajismo de los alemanes más allá de cualquier idea. Juguetes de los niños, muñecas y carritos, maletas con el nombre y dirección del dueño (de Grecia a Ucrania, Checoslovaquia, Polonia, Francia y otros países), la máquina que confeccionaba tapetes con el cabello de las mujeres, lámparas con su piel, jabones y mucho más. Lo que expresó la guía polaca fue que jóvenes del mundo entero eran los que más asistían al campo. También hay que enterarse de que 16 mil polacos murieron ahí porque ocultaron judíos en sus hogares; entre éstos, creo recordar, 2 mil 700 sacerdotes católicos.

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Hace un mes, el día 6 de mayo, el papa León XIV pidió perdón porque la Iglesia había aprobado la esclavitud, tanto la de África como la de América y otros lugares. Él acababa de regresar de visitar varios países africanos, uno de ellos en guerra civil, cuyos combatientes firmaron una tregua mientras el Papa estaba ahí. Quiero aclarar que los indios nómadas del noreste fueron secuestrados y vendidos como esclavos en las Antillas. Y sí, hubo misioneros que se prestaron a ello: franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas. Aclaro que, cuando menos, dos obispos españoles condenaron duramente el hecho mientras estaba sucediendo.

El rey de Bélgica recientemente reprobó la brutalidad de la colonización del Congo llevada a cabo por su abuelo Leopoldo II, que fue, sin duda, el más perverso de los europeos. Cortaban manos o pies a los negros que cometieran cualquier “falta”, por ejemplo, ir al gran río y regresar sin una pepita de oro. Hay fotografías del pie que una muchacha perdió por ese motivo: se advierte la tristeza de su padre observando el miembro frente a sí. Los belgas se daban el placer de hacer fotografías.

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Un filósofo francés, Vladimir Jankelevitch, publicó dos libros sobre el perdón. El primero fue una revisión teórico-filosófica del significado del concepto. Una obra extraordinaria por su revisión histórica desde el pensamiento griego hasta nuestros días. Pero de lectura difícil por su densidad. Tras la derrota de Alemania, publicó otro libro sobre el tema, pero ahora totalmente distinto: “Lo imprescriptible. ¿Perdonar? Con honor y dignidad”. Pequeña obra de 103 páginas en donde alega que el pueblo alemán no deberá ser perdonado jamás porque no se puede culpar sólo a los nazis, puesto que todos sabían lo que estaba sucediendo. Libro que despertó polémicas en Europa. Jankelevitch, que era gran pianista y gran filósofo, decidió que los alemanes no estarían en su vida: no volvió a interpretar a Bach, Mozart o Haydn. Se brincó a Kant y los demás, incluido Marx. Su obra no perdió fuerza ni lectores. Escribió sobre ética, música, poesía, ironía, nostalgia, muerte, lo puro y lo impuro. Trabajó a los griegos sin citar las obras que los alemanes escribieron sobre ellos. ¿Sería exagerado? No, si sabemos que cultivos como la papa eran abonados con huesos triturados de judíos.

Total, el problema del perdón está en el aire y todavía quedan muchos a quienes pedírselo: ahí está Vietnam, que sin causa alguna Estados Unidos le asesinó tres millones de personas. ¿E Irak, los indios americanos, los migrantes y Argentina? Todo indica que la banalidad del mal, que repensó Hannah Arendt, es muy practicada. Ahora hemos sido testigos, día tras día, del genocidio de Gaza. Y el 78 por ciento de los israelitas está de acuerdo.

Columna: De habla y tiempo

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