Hablemos de la soledad...

Opinión
/ 23 noviembre 2022
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Hace años, cuando estudiaba en la Universidad de Berkeley, me sorprendía mirar que las librerías tuviesen, y ampliasen en poco tiempo, sus secciones de libros de autoayuda.

Recuerdo tres títulos de los libros en los estantes: “Consejos para ser una persona interesante ante los demás”. “¿Cómo iniciar una conversación con un extraño?”. “¿Qué temas abordar después de hacer el amor?”. Leía los títulos e imaginaba a Erich Fromm, Carl Rogers y a Viktor Frankl lagrimear por el lamentable estado de la condición humana.

Mi profesor Robert Bellah, empero, tenía una explicación puntual para la causa del desasosiego: el individuo norteamericano promedio se ha desprendido de su sentido de comunidad, de tal manera que ha desarrollado un individualismo feroz con fuertes tendencias narcisistas. Por ello, este individuo tiende a existir como un fin en sí mismo, alejado de su comunidad, familia, vecinos, religión, política, etcétera.

En ese sentido, no es casualidad la pérdida de su capacidad para presentarse ante los demás de manera espontánea y sin pretensiones, de conversar con el otro de manera indistinta o de cultivar una intimidad compartida con una persona significativa. Encerrado el individuo en sí mismo ha perdido su capacidad para relacionarse con los demás y consigo mismo, decía mi profesor Bellah, por eso, para recuperar esa capacidad busca las respuestas a su vida en los libros de autoayuda desde su soledad personal.

Un dato reciente comprueba cómo ese individualismo genera, en el sentido más amplio, una preocupación excesiva por la longevidad personal vía el ejercicio físico, la cirugía estética y los suplementos medicinales; una baja tasa de matrimonios contrastada con un alta de divorcios; menos hijos por familia pero más animales en casa, un alejamiento de la familia, sobre todo de los padres y los abuelos, y más personas que viven solas.

Por ello, no es casual que en Estados Unidos “ya el 13 por ciento de la población total, unos 42.6 millones de adultos de más de 45 años, sufren de soledad crónica. Y una cuarta parte de los adultos estadounidenses de 65 años o más están socialmente aislados. Más de la cuarta parte de la población vive sin compañía, más de la mitad no está casada y tanto el matrimonio como la cantidad de hijos muestran cifras en declive”, de acuerdo a la profesora en psicología Julianne Holt-Lunstad, de la Universidad Brigham Young.

Detrás de esa profunda soledad está un individualismo narcisista divorciado de la comunidad; sin contacto con ella, ¿podría sobrevivir ese individuo?

No. “El aislamiento social y la soledad están asociados a un aumento del 30 por ciento en el riesgo de sufrir un infarto de miocardio o cerebrovascular, o de morir por cualquiera de ellos. Ambos están asociados a mayores tasas de depresión, ansiedad y suicidio” (Journal of the American Heart Association: 2022).

Por ello la soledad, por alcanzar rangos epidémicos y generalizados de jóvenes a adultos mayores, tiene un impacto negativo en el sistema de salud y, por ende, en las economías de las sociedades avanzadas.

No en balde, en 2019, el World Economic Forum, precisó que “la soledad mundial es una de las tres grandes amenazas para la economía en 2019 (los otros dos son el clima extremo y las vulnerabilidades económicas globales)”. Esa puntualización fue realizada antes de la pandemia del COVID-19 para reforzar la amenaza que representa la soledad, de manera multiplicada el día de hoy.

¿Cómo afecta esa tendencia individualista de corte narcisista, aunque tropicalizada, nuestras relaciones con nosotros mismos y con nuestra comunidad y en particular con las personas adultas o adultas mayores? ¿Cómo vivimos esa soledad que como tendencia global también asfixia nuestro país? ¿Qué impacto tiene nuestra soledad en las enfermedades cardíacas o cerebrovasculares, en el estrés, la ansiedad y el suicidio, en particular, de nuestros jóvenes? ¿Alguien está preocupado por ello?

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