La arquitectura de la apariencia

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Opinión
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“La vida humana es una combinación de tragedia y comedia; las formas y los diseños que nos rodean son la música de acompañamiento”, Alvar Aalto.

La palabra apariencia proviene del latín tardío apparientia y alude a la cualidad de mostrarse, de hacerse visible ante los sentidos. En su significado más elemental es la forma en que algo o alguien se presenta ante nuestros ojos. Sin embargo, desde la filosofía, la apariencia no se agota en la realidad, esta muestra apenas una parte de la esencia, aquello que se deja ver, pero no necesariamente aquello que verdaderamente es. En otras palabras, no todo es lo que parece, o como diría el francés Antoine de Saint-Exupéry: “lo esencial, es invisible a los ojos”.

Esta distinción resulta pertinente cuando reflexionamos acerca de nuestras ciudades. En este sentido, el arquitecto alemán Rem Koolhaas desarrolla un concepto denominado “ciudad genérica” para describir un modelo urbano que prescinde de su historia, que aparentemente no necesita mantenimiento porque tampoco requiere memoria y cuya superficialidad termina sustituyendo a su identidad. En este espacio hemos reflexionado reiterativamente sobre la importancia de conservar los edificios históricos, no únicamente por su valor arquitectónico, sino porque constituyen el soporte material de la memoria de los habitantes, su identidad, de los vínculos simbólicos que les unen y que se establecen como comunidad respecto al entorno construido.

Por eso, llamó mi atención un breve diálogo de La Odisea, la reciente adaptación cinematográfica de Christopher Nolan; más allá de las inevitables discusiones sobre la fidelidad al texto clásico, hay una frase que relaciono y me parece muy clara para diferenciar la apariencia de la esencia. En la película, al dirigirse a Telémaco, Penélope observa la casa que habitan y le dice: “Mira esta hermosa casa, piedras tan viejas como el saber (...) su estructura no es nada si no se respeta su significado”. La afirmación trasciende porque como hemos explicado, el valor de un edificio histórico va más allá de su materialidad, el verdadero sentido reside en aquello que representa para quienes la habitan, la recuerdan y la reconocen como parte de su historia.

Así pues, lo mismo ocurre con nuestro patrimonio construido. Proteger un inmueble histórico no significa únicamente conservar sus muros, sus techumbres o su fachada, implica resguardar el significado cultural que le da sentido. La esencia del patrimonio está formada por su materia, pero también por la memoria, la identidad y los afectos que envuelve. Cuando esta dimensión simbólica se ignora, la protección termina reducida a mera apariencia. Sin embargo, cuando la divulgación de la belleza de nuestros edificios, la cual encuentra sustento en la Ley de Cultura del Estado, puede ser objeto de sanciones administrativas, mientras que la destrucción o alteración de inmuebles protegidos a un nivel incluso federal, en algunos casos, transcurre sin consecuencias visibles resulta contradictorio.

No se trata en absoluto de justificar intervenciones sin autorización o sin su gestión correspondiente, ni de minimizar o pasar por alto la importancia de cumplir la ley o respetar los bienes ajenos. Se trata precisamente, de exigir la misma congruencia con la que se invoca la protección del patrimonio: si realmente creemos que estos bienes representan nuestra historia y nuestra identidad, entonces la defensa de su esencia no puede quedarse en el terreno de las apariencias. Por eso, instituciones y ciudadanía somos los encargados de proteger no solamente la apariencia del patrimonio o de la cultura, sino también su significado, porque de otro modo corremos el riesgo de conservar los muros mientras se nos escapa la memoria.

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Argelia Isabel Dávila del Bosque es doctora en Arquitectura y Urbanismo por la UAdeC, grado que obtuvo con Mención Honorífica en 2024 y con el Premio a la Mejor Tesis Doctoral en 2025. Desde 2020 es profesora investigadora con perfil PRODEP en la Facultad de Artes Plásticas Prof. Rubén Herrera, donde fundó y coordinó el programa de posgrado acreditado ante el Sistema Nacional de Posgrados de SECIHTI.

Su trabajo enlaza investigación académica y creación artística. Fue becaria del PECDA Coahuila en 2012 en el área de patrimonio y, en 2021, en la categoría de creadora con trayectoria. Coordinó Umbrales. El centro de Saltillo. Visiones desde la transdisciplina, libro que obtuvo el primer lugar nacional en publicación editorial en 2023. En 2025 publicó Hybris Vernacular, obra que también recibió el primer lugar nacional de diseño en la categoría de publicaciones. Como periodista cultural, ganó el Premio Armando Fuentes Aguirre “Catón” en su 23ª emisión, categoría Prensa. Además coordina la plataforma In Signia, dedicada al estudio, promoción y preservación del patrimonio y los símbolos que conforman la identidad de Saltillo. Colaboradora en revistas de divulgación nacionales y regionales, es evaluadora de artículos científicos, proyectos artísticos y programas de posgrado. También se desempeña como analista, gestora y asesora en reglamentación urbana. Sus líneas de investigación se centran en el patrimonio, los imaginarios urbanos y los emblemas simbólicos, así como en la concepción, circulación y consumo de la imagen y su papel en la construcción de la cultura.

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