La polarización y las redes sociales

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Opinión
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Todo lo que vemos en redes sociales pasa primero por un filtro. No es un filtro humano, sino un algoritmo: un programa que decide, en un instante, qué contenido mostrarnos y qué contenido ocultarnos. La regla es simple: cuanto más tiempo pases frente a la pantalla, mejor para la plataforma. Y la forma más efectiva de lograrlo es mostrarnos cosas que nos provoquen una reacción fuerte, ya sea enojo, indignación o sorpresa.

Por eso, la polémica sale ganando. El video calmado de alguien explicando un problema con datos raramente se comparte tanto como el video de alguien gritando una ofensa. El algoritmo lo sabe. Aprende de nuestros clics, nuestras pausas y nuestras discusiones, y nos entrega más de lo mismo. Con el tiempo, creamos una burbuja donde lo extremo parece normal y lo normal parece inexistente.

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El problema es que estos sistemas ya no son un pasatiempo para unas cuantas personas. Son la principal fuente de información y entretenimiento de millones. Su influencia sobre cómo entendemos el mundo crece cada día.

Veamos un ejemplo reciente. Hace poco, un personaje argentino de la televisión dijo que “odia con toda el alma a los mexicanos” y que “los mexicanos envidian todo de Argentina”. El asunto no surgió de la nada: antes, ya circulaban en redes comentarios similares de distintos personajes y tuiteros de ese país. En sentido contrario, usuarios mexicanos hicieron burlas sobre la guerra de las Malvinas (una guerra infame donde Inglaterra se quedó con una isla que hasta hoy contradice los esfuerzos mundiales de descolonización y cuya soberanía plena para Argentina respalda México desde siempre). También se burlaron de que existan trabajadores argentinos en nuestro país.

Estos incidentes, por graves que sean, representan a una minoría. Sin embargo, en las redes sociales se magnifican. El algoritmo los impulsa, los repite y les da una visibilidad que no tendrían en la vida real. Alguien que no conozca México ni Argentina e incluso nosotros mismos, podríamos terminar creyendo que nuestros pueblos viven en conflicto permanente. La realidad es otra: la gran mayoría de argentinos y mexicanos no piensa así. Pero la pantalla deforma.

Aquí vale la pregunta: si esto pasa con el futbol, un asunto emocional pero relativamente menor, ¿qué sucede con temas que tienen el potencial de cambiar la vida de millones? La política, la economía, la seguridad, los derechos de las mujeres. ¿No es razonable pensar que parte de la polarización que tanto se lamenta hoy tiene su origen en esta misma dinámica? Yo creo que sí. No es el único factor, pero es uno decisivo que solemos ignorar.

Piensa en esto: en tu vida diaria, cuando hablas con un vecino, un compañero de trabajo o el vendedor de la tienda, ¿no es más probable que la conversación termine en un acuerdo mutuo o, al menos, en un “quedamos en que no pensamos igual”? La gente común no sale a la calle buscando humillar al que piensa distinto. Pero en redes sociales, la lógica es otra. Allí se compite por likes, por capturas de pantalla, por “domar” al otro. El objetivo no es convencer, es exhibir al contrario.

Eso crea una experiencia, para usar un término dominguero, enajenante. Mientras en la calle la convivencia sigue siendo respetuosa, en la pantalla parece que vivimos en guerra civil. Y si uno pasa más tiempo mirando la pantalla que la calle, termina creyendo que la guerra es real.

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El tema es más grave aún si consideramos otro fenómeno: no todo lo que leemos en redes proviene de personas reales. Existen operaciones organizadas, contratadas, que usan miles de cuentas falsas, los bots, para simular opiniones masivas. Esas posturas no representan el pensamiento de nadie, sino la estrategia de quien pagó por la granja de bots. El algoritmo, por supuesto, no distingue entre una voz auténtica y una manufacturada. Solo ve interacción, y la multiplica.

La democracia requiere que la gente pueda discutir, discrepar y, eventualmente, acordar. Pero es imposible discutir con salud cuando el campo de batalla está sesgado: donde lo razonable queda sepultado y lo extremo recibe un micrófono gigante.

La realidad que muestra una red social no es la realidad completa, ni siquiera un pedazo de la realidad: es una imagen deformada. Ignorar esa distorsión nos está haciendo daño a todos.

“Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha”

Antonio Castro (1995) es licenciado en economía por la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC). Oriundo de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Pertenece activamente a la sociedad de pensamiento crítico de América Latina capitulo México (SEPLA-México). Desde el 2019 es responsable como enlace en Coahuila de la Red Estatal de Círculos de Estudio del Instituto Nacional de Formación Política del partido morena. Se distingue como un fiel opositor del sistema capitalista y como un febril militante del obradorismo. En pie de lucha desde el fraude del 2006 a la edad de 11 años. Militante fundador del partido Morena en el otoño de 2014. Se asume como promotor de la 4ta Trasformación en el barrio.

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