La Revolución desde la ventana
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En el libro “La novela de la Revolución Mexicana”, antología literaria compilada por Antonio Castro Leal, aparece un solo nombre femenino: Nellie Campobello. Es común encontrar el mismo dato en otras fuentes (artículos, ensayos, crítica). Aunque no hay un pronunciamiento explícito, una pensaría que es escasa la presencia de escritoras en este periodo histórico. Argumento que, desde luego, es falso. En su libro “Éramos muchas: Mujeres que narraron la Revolución Mexicana”, Mariana Libertad Suárez documenta la participación femenina en el movimiento y nos ofrece más nombres: Celia Herrera, Magdalena Mondragón, Consuelo Delgado, María Luisa Ocampo, Carmen Báez, Rosa de Castaño. Todas se encuentran fuera del canon y la omisión de sus obras muestra el sesgo terrible en el estudio de esta generación.
Castro Leal define la “Novela de la Revolución” como “el conjunto de obras narrativas de una extensión mayor que el simple cuento largo, inspiradas en las acciones militares y populares, así como en los cambios políticos y sociales que trajeron consigo los diversos movimientos (pacíficos y violentos) de la Revolución, que principia con la rebelión maderista el 20 de noviembre de 1910, y cuya etapa militar puede considerarse que termina con la caída y muerte de Venustiano Carranza, el 21 de mayo de 1920”. Libros como “Los de abajo”, de Mariano Azuela, y “La sombra del caudillo”, de Martín Luis Guzmán, son de los más representativos del grupo. “Cartucho”, de Nellie Campobello, es un trabajo que también se ha estudiado en los últimos años. Aunque no es propiamente una novela. La autora presenta una serie de estampas líricas que retratan escenas de la Revolución, todas narradas desde la perspectiva de una niña. La obra se basa en las propias experiencias de Campobello, al vivir una infancia violenta marcada por la guerra. A diferencia de sus compañeros, Nellie nos ofrece una mirada desde el interior de la casa y nos dice cómo vivieron la Revolución las madres de los hombres fusilados o qué hicieron los niños que conocieron de cerca las balaceras y los raptos.
Carmen Báez fue otra escritora que también mostró este rostro de la Revolución. En un curso con Liliana Pedroza analizamos el cuento “El hijo de la tiznada” de Báez a la par del texto “Desde una ventana” de Campobello. En ambas historias hay una niña que observa la violencia de la calle desde la ventana. En el primer relato, la niña escapa y se topa con un grupo de gente que mata a un buey. La pequeña se conmueve por el animal y llora. Después ve que asesinan a un hombre, pero eso no le provoca lágrimas. En la estampa de Campobello, la niña observa un cadáver tirado en la calle durante varios días. “Me gustaba verlo porque me parecía que tenía mucho miedo”, dijo. Agrega: “Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa”. No hay niñas temerosas en estas historias. La muerte parece algo tan natural como todo lo demás.
“La Cilindra” es otro cuento de Carmen Báez protagonizado por una mujer. El texto inicia con la frase “Ella no tenía dueño”. “Flaca”, “encanijada” y aguerrida, esta revolucionaria era respetada y querida por “todo mundo”. En cuestión de armas “tomó parte tan activa como los hombres, como las mujeres”. El relato aparece en el libro “La robapájaros” y junto con las obras de las narradoras de la Revolución ofrece rutas distintas desde dónde explorar la experiencia de este periodo histórico, tanto en las obras de creación como en los textos periodísticos o autobiográficos. La línea común en el discurso femenino es la presencia de mujeres fuertes y valientes, así fueran niñas o adultas, que tuvieron un papel fundamental, al igual que los hombres. Con ello se rompe el estereotipo de la mujer asustadiza, necesitada de “protección” y dependiente; de la mujer como personaje secundario o elemento de ambientación, para dar paso a una lectura abierta, profunda y justa del México revolucionario.