Las novelas eróticas

Opinión
/ 29 junio 2022
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Durante la lectura de “Historia de O”, firmada con el misterioso seudónimo de Pauline Reage, llegaron a mi mente muchas preguntas. Esto sucede siempre que leo una novela erótica. Me parecen inquietantes y difíciles. ¿Es erotismo, pornografía o amor? ¿Dónde empieza uno y termina el otro? ¿Hay tramas y filosofías subterráneas o todo acontece según lo narrado? Estos libros navegan, a veces, entre lo sublime y lo grotesco, según las intenciones de quien escribe. También está la actitud de los lectores. ¿Reciben la obra con curiosidad, morbo o razón? No hay una línea única, eso es evidente. Pero el tema, pese a sus claroscuros y controversias, provoca todo menos una mirada indiferente.

La primera novela con la etiqueta de “erótica” que leí fue “Los 120 días de Sodoma” del Marqués de Sade. Una experiencia horrible. Era imposible leer de corrido las páginas con los listados de las perversiones. A mis 16 años, y sin otro contexto más que la recomendación de mis amigos adolescentes, resultó demasiado. Tiempo después comprendí que había, entre otras cosas, una crítica feroz hacia sectores muy específicos de la sociedad de la época: el clero, el poder, la aristocracia y el dinero. “Historia de O”, publicada en 1954, recupera los elementos típicos de Sade. Hay un castillo y mujeres sometidas. Les siguen látigos, palos, cadenas, pelucas, escotes y castigos. La obra se firmó con el nombre de Pauline Reage. Cuatro décadas más tarde, la escritora Dominique Aury, a sus 86 años, confesó ser la verdadera autora. Se supone que el libro estaba dedicado a su amante Jean Paulhan. El rumor de que éste fue quien la escribió aún sigue vigente. Alejandro Jiménez, en sus ensayos sobre erotismo, recuerda que Susan Sontag calificó de “parodia” a la novela. ¿Era de verdad una parodia o intentaba ser una continuación de Sade? De nuevo la pregunta: ¿Cómo leer esta literatura?

“Los once mil falos” de Guillaume Apollinaire es otra historia que se une a la discusión. Los editores de la versión mexicana del sello Los brazos de Lucas explican que “Si el Marqués de Sade, por medio de excesos y horrores estableció la búsqueda de un nuevo espacio moral antes de la Revolución Francesa, Apollinaire antes de la Primera Guerra Mundial, bajo la revelación que parte del vínculo moral, utiliza la pornografía y crea un libro de pasajes y anécdotas costumbristas que delinea el camino del exceso como forma de llegar a la comunión de la libertad”. ¿Qué tan difícil es asimilar esta lectura ante una serie de escenas pornográficas enlazadas entre nombres excéntricos en un ambiente de tensión política?

Definir el erotismo es una de las hazañas más complejas para la literatura y la filosofía. George Bataille, en su alucinante libro “Las lágrimas de eros”, expone que lo erótico difiere de la sexualidad animal por la conciencia humana de la muerte. Sus aspectos son “contradictorios e innumerables: su fondo es religioso, horrible, trágico e incluso inconfesable, ya que es divino...”. Silvia Adela Kohan menciona cuatro hilos de construcción para una obra erótica. Son la libido como energía impulsora, el amor, el sexo y una historia bien tramada. También hay otros elementos importantes, como el tabú y la prohibición. Para ella, el erotismo “mantiene el misterio”, mientras que la pornografía “está cargada de obviedad”. La autora asegura que esta última corre el riesgo, ante la industria, de banalizarse. Pienso en libros como “Cincuenta sombras de Grey” de E.L. James, que se queda en una trama superficial y algo boba donde la sexualidad no transgrede o se discute.

El erotismo en la literatura es una llave hacia múltiples reflexiones. Unas pueden ser muy complejas, como en los libros de Robert Musil o Juan García Ponce; otras deambulan en el morbo y aspiran al triunfo de ventas, como las novelas eróticas de Sasha Grey. Las verdaderas obras plantean, desde los misterios del cuerpo, un rechazo la represión, una crítica a la violencia social. Se distinguen, quizá, por sus aspiraciones y deseos profundos de libertad.

Periodista cultural y poeta. Cursó la licenciatura en Letras Españolas y la maestría en Ciencias de la Educación en la Universidad Autónoma de Coahuila. Colaboró como periodista cultural en los diarios Vanguardia y Zócalo Saltillo. En 2016 publicó el libro de poesía Plegaria de la Aurora, editado por el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. Ha sido incluida en las antologías Cartografía a dos voces y Mínima, de poesía y microficción respectivamente. Ha publicado, también, en revistas culturales como Letras Explícitas, Gazeta de Saltillo, La Casa de Viena, Siempre!, entre otras. Colabora en la revista El Grito y en el programa “Invítame a leer”, transmitido por Radio Universidad. Entre sus reconocimientos se encuentra el Premio de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre”, que obtuvo en tres ocasiones.

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