Los marginados permanentes de la IA
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Los países que no consigan hacerse un lugar en la emergente economía de la inteligencia artificial corren el riesgo de quedar en el lado perdedor de la transformación económica más trascendental de este siglo
Por Kenneth Rogoff, Project Syndicate.
SAN FRANCISCO- La inteligencia artificial ha creado tal frenesí en la región de la bahía de San Francisco que la fiebre del oro de mediados del siglo XIX en California parece en comparación una búsqueda del tesoro. Los mejores programadores y desarrolladores reciben ofertas de cientos de millones de dólares para cambiar de empresa, mientras jóvenes ingenieros que han tenido la suerte de entrar temprano a las principales startups de IA contemplan la posibilidad de retirarse antes de los 35 años.
Subiendo por la autopista costera desde el aeropuerto internacional de San Francisco en dirección a la ciudad, se ven grandes anuncios ultraespecíficos acerca de abstrusas aplicaciones de IA que parecen dirigidas a nichos absurdamente acotados. ¿Cómo puede ser rentable algo así? La respuesta es que en una ciudad repleta de startups, presentar el producto de software correcto al fundador de una empresa que pronto quizá valga miles de millones de dólares es mucho más lucrativo que usar el espacio de una valla publicitaria para vender hamburguesas o detergente de ropa.
Sin embargo, bajo el frenesí acecha una ansiedad palpable, ya que los miembros de esta joven superélite temen que en la lotería de la IA, sus startups no sean las ganadoras. Y el fracaso implica a sus ojos quedarse atrás mientras la IA automatiza amplias franjas del trabajo de oficina (sobre todo en programación, que hasta ahora ha sido una auténtica licencia para imprimir dinero) y caer en las filas de los pobres permanentes.
Aunque los economistas todavía debaten si la IA destruirá o creará empleo, el estado de ánimo predominante en Silicon Valley es mucho más pesimista. La opinión general es que si tu startup no triunfa en un plazo de cinco a diez años, más te vale ponerte a rezar para que el gobierno suministre un ingreso básico universal generoso.
A pesar de los esfuerzos del presidente Donald Trump por atraer Silicon Valley a la órbita del movimiento MAGA, la región de la bahía sigue dominada por el progresismo al estilo estadounidense. La mayoría de los jóvenes aspirantes a triunfar en la industria de la tecnología en California se siguen viendo como progresistas a ultranza que defienden con fervor los impuestos a los ricos (al menos hasta enriquecerse ellos mismos).
Pero por más ostentación de virtud que hagan, las élites de Silicon Valley se muestran extrañamente ajenas al hecho de que la gran mayoría de las personas que quedarán marginadas por el ascenso de la IA no vivirán en Estados Unidos. Ni en países que se han asegurado un lugar en la cadena de suministro de la IA, como Corea del Sur, Japón y Taiwán.
Mientras la insaciable demanda de chips de memoria avanzados para IA convirtió empresas surcoreanas como Samsung y SK Hynix en gigantes billonarios, Europa tiene muy pocos ejemplos exitosos que mostrar; la empresa holandesa ASML, dueña de un cuasimonopolio de las máquinas de litografía de alta gama con que se fabrican los semiconductores más avanzados del mundo, es una rara excepción. El panorama es todavía peor en África y América Latina, que todavía no generaron nada ni remotamente comparable.
Los países que no consigan hacerse un lugar en la emergente economía de la IA corren el riesgo de quedar en el lado perdedor de la transformación económica más trascendental de este siglo. Sin beneficios extraordinarios que redistribuir y sin un aumento de la recaudación tributaria que les permita financiar un ingreso básico universal, tal vez no tengan cómo amortiguar el impacto de la pérdida masiva de empleos.
No es una mera cuestión de incompetencia política o falta de ambición. ¿Cómo pueden competir las empresas africanas cuando cientos de millones de personas en todo el continente siguen sin acceso a electricidad, el requisito más básico para una infraestructura de IA? ¿Cómo pueden los países latinoamericanos financiar inversiones masivas en centros de datos cuando sus tasas de ahorro todavía son bajas y un historial de crisis de deuda recurrentes desalienta la inversión extranjera?
Es verdad que algunos países africanos y latinoamericanos pueden obtener enormes beneficios del apetito insaciable de la IA por minerales como el cobre, las tierras raras, el litio, el níquel, el cobalto, el galio y el germanio. Chile, Perú y México son candidatos obvios, pero incluso la República Democrática del Congo, rica en cobalto, podría obtener grandes beneficios si acaso amainara su brutal guerra civil.
Sin embargo, muchas veces la riqueza en recursos naturales ha demostrado tener tanto de maldición como de bendición. Los países ricos en minerales pueden verse colmados de ingresos por la IA y sin instituciones políticas y económicas que les permitan distribuir los beneficios a toda la sociedad.
La India, por su parte, enfrenta riesgos muy diferentes. La IA está devorando trabajadores de oficina de nivel medio como plancton, y puede que la vasta industria india de subcontratación de servicios resulte muy afectada. Por sus enormes reservas de talento creativo y técnico, la India todavía puede terminar siendo uno de los grandes ganadores de esta carrera tecnológica, junto con Estados Unidos y China. Pero le ha costado aprovechar ese potencial en casa, y es así que muchas de sus mentes más brillantes han emigrado a California. Puede que la campaña de Trump contra la inmigración frene la fuga de cerebros, pero que en última instancia eso sea un beneficio para la India todavía es una pregunta sin respuesta.
China, en tanto, ya es una potencia en IA. Pero incluso allí, el gobierno apenas comienza a hacer frente a las consecuencias del desplazamiento de trabajadores impulsado por esta tecnología. Aunque el país gane la carrera de la IA, puede resultarle difícil mantener la estabilidad social si no amplía su red de seguridad social.
Tal vez Estados Unidos sea más dinámico, pero no está mejor preparado para el impacto probable de la IA en los mercados laborales. Para evitar una profundización de fracturas sociales, tendrá que hallar modos de distribuir con más amplitud los beneficios de la IA, en vez de permitir que sigan concentrados en manos de un pequeño grupo de adelantados y multimillonarios tecnológicos.
Pero el peligro no se detiene en las fronteras nacionales. La IA amenaza con ampliar el abismo entre los ganadores y los perdedores de la tecnología, permitiendo a los países ricos cosechar los beneficios y condenando a miles de millones de personas en todo el mundo en desarrollo a una marginación creciente. Nadie sabe cómo sería semejante mundo, y mucho menos cómo evitar que termine desintegrándose. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Kenneth Rogoff, ex economista principal del Fondo Monetario Internacional, es profesor de Economía y Políticas Públicas en Harvard, ganador del Premio 2011 del Deutsche Bank en Economía Financiera, coautor (con Carmen M. Reinhart) de This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) y autor de Our Dollar, Your Problem (Yale University Press, 2025).