NosotrAs: en el 8M de Saltillo, marcharon las que sí tenían permiso... y nosotras
Ver a las nuestras protegiendo al brazo opresor fue la traición más amarga de la jornada en Saltillo
La tarde del 8M en Saltillo se partió en dos, como un cristal golpeado justo en el centro. Por un lado, vimos el despliegue de la “institucionalidad violeta”: un contingente que marchó con el permiso bajo el brazo y la policía violeta de escolta. A ellas, las que encajaban en el molde, las fueron a cuidar, les abrieron paso y les pusieron el escenario listo para la pose.
Y mientras tanto, nosotras.
Fue increíble que, en un día que debió ser para creernos entre nosotras, para sostenernos sin cuestionar de dónde venimos, la prioridad fue levantar muros de uniformes. La atención este 8 de marzo tenía que estar en un solo lugar: con las madres buscadoras, con las muertas, con las desaparecidas. Ellas fueron el corazón roto de esta ciudad, las que caminaron con la foto en el pecho y el alma en la mano, buscando respuestas que el Estado les niega. Ese era el centro, el foco, la urgencia.
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Para algunas, la prioridad pareció ser otra. Mientras se gritaban consignas, una fila de oficiales separaba a compañeras del resto del contingente y decidía quién era “lo suficientemente mujer” para estar en su bloque. El protagonismo de unas terminó imponiéndose sobre la posibilidad de marchar juntas.
El cuestionamiento es para la organización detrás del lema “No pudieron apagarnos”. Resultó absurdo ver que hasta su bloque negro estuvo ahí, usando todo su poder no para acuerpar la rabia, sino para cuidar a la policía. Pobrecita la policía, ¿verdad? Como si no supiéramos que, en cualquier momento, esas mismas patrullas que iban atrás nos pudieron violentar a todas y subirnos por la fuerza. Ver a las nuestras protegiendo al brazo opresor del Estado fue la traición más amarga de la jornada.
Porque, al final, el feminismo no nació para ser un accesorio ni una estadística de orden público. Nació de la rabia digna de las que no volvieron, del cansancio de las que buscan en la tierra lo que el Estado les arrebató, y de la urgencia de construir un mundo donde nuestra existencia no dependa de “un buen hombre”.
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Marchamos porque la violencia que sufrimos a diario —esa que nos acecha en la calle, que nos persigue en casa y que, este 8 de marzo, se disfrazó de uniforme violeta para segregarnos— es la que nos obliga a no soltarnos la mano. Marchamos porque la libertad no es un privilegio que se nos concede, es un derecho que hemos estado arrebatando; y mientras una sola de nosotras sea silenciada o ignorada en su propio grito, la lucha seguirá siendo una deuda pendiente.
Nosotras no necesitamos permiso para ser fuego, porque el fuego no se pide, se enciende. Si el sistema nos quiso divididas por un uniforme, la calle nos encontró unidas –tristemente, otra vez– por la herida.