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Francisco I y su prestigio

Politicón
/ 19 febrero 2017

    ¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves si no amas a tu prójimo a quien ves?’, dijo el Papa

    En un congreso de historia en El Colegio de México participó un sacerdote argentino que ha publicado no pocos libros del mejor nivel sobre historia de la Iglesia en Sudamérica. En las conversaciones que tuve con él le pregunté su opinión sobre el Papa jesuita y argentino creyendo que en Buenos Aires todos lo querían y mucho más los jesuitas. “Te equivocas”, me dijo, “los jesuitas lo han rechazado durante años”. Me dijo que Mario Bergoglio siempre había sido “muy suyo” y que no confundía las cosas. Algo que me gustó es que cuando obispo, había formado bien a sus seminaristas diocesanos. Por ejemplo, les había llevado no pocas veces a grandes escritores. Borges les dio conferencias, igual que Sábato y algunos filósofos de izquierda. Pero los jesuitas lo criticaron siempre.

    Una vez elegido Papa, la Compañía de Jesús, de Buenos Aires (porteños entre los porteños), se lanzaron a recuperarlo como propiedad suya. Esto no es importante, lo que quiero decir es que ese señor tuvo desde siempre una actitud y actividades muy personales a las que imprimió su personalidad. Muy tranquilo, en apariencia, y muy terminante en los hechos es lo que ha mostrado en su papado. Los obispos y cardenales mexicanos todavía están adoloridos por su mensaje hacia ellos: ¡dejen de ser príncipes; conviértanse en pastores! Y luego su homilía en Ciudad Juárez, dirigida hacia el muro fronterizo y sus conversaciones con las presas de la cárcel: otra cosa.

    Ahora se acaba de deshacer de un enemigo, el cardenal Burke, poniéndolo contra las cuerdas: enfrentar a un obispo al que acusan de pederastia (de hace 45 años, hay que decirlo). Este Cardenal ha intentado apelar a la teología dogmática para hacer una especie de juicio moral contra el Papa porque ha propuesto el acercamiento de los divorciados a la vida sacramental. Parece que para no pocos obispos, muy en especial mexicanos, el mundo sigue estando en la Edad Media. Si abrimos los ojos, el día de hoy las personas divorciadas son casi tantas como las casadas. El Papa simplemente ha abierto los ojos para constatar que sus ovejas son así y no de otra manera.

    Recordemos que, por ejemplo, en la Iglesia Ortodoxa Griega, tan católica como la Romana, siempre han existido dos posibilidades: sacerdotes casados y divorcio. O sea que no hay que hacer tanto escándalo, sólo adaptarse.

    El Papa está viejo y él lo sabe; no es de los que se hacen locos. No debe confiar tanto en el Espíritu Santo como para aferrarse a la silla.

    De hecho ha roto con no pocas de las tradiciones: tener un trono, una corona de oro, etcétera. Dicen los que lo vieron que intentó rechazar el traje rojo porque evoca a los senadores romanos, que en buena parte eran unos degenerados. También se sabe que ha llegado a pequeños restaurantes a comer, él solo, y ha buscado la cartera para pagar aunque le quieran regalar el platillo. Nada de boato, nada de creerse el Cristo en la tierra. Es uno más.

    Al ganar el cómputo electoral escogió el nombre Francisco, nunca antes usado. Se creyó que la referencia era al jesuita San Francisco Javier, pero aclaró que era el de Asís, “el poverello”.

    ¿Cuánto irá a durar? No mucho. Debe profundizar en los cambios antes de su fin. La Iglesia no parece muy dispuesta a transformarse y su guía debe aprovechar el estatus que guarda para penetrar las mentes de los católicos tan cerrados al significado fundamental de la buena nueva, el amor a los demás, sobre todo a los más fregados. “¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves si no amas a tu prójimo a quien ves?”, contundente.  

    Tal vez la cristiandad no tenga remedio. Donald Trump juró fidelidad a su nación con la mano sobre la Biblia. Cada uno de sus secretarios hizo lo propio. ¿Qué es ese libro para que sea el testigo de un compromiso que al día siguiente rompieron? Sus acciones nada tienen qué ver con el Nuevo Testamento, los profetas o los libros sapienciales. Al parecer han leído, si acaso, las partes en que se justifica la violencia: Éxodo, Paralipómenos, Reyes...

    Mientras tanto Francisco debe y está obligado a renovar esa Iglesia comodina, sacramentalista, ritualista, que premia la injusticia. No olvidemos que Peña Nieto pidió que Dios nos bendiga. ¡Qué desplante!

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