Río Pesqueria: espejo del abandono y la desigualdad en Nuevo León
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Pasear por las orillas del río ofrece un panorama desolador
En pleno territorio de Nuevo León, donde la pobreza extrema marca el día a día con su puño implacable, se encuentra el río Persquería, un cuerpo de agua que alguna vez fue fuente de vida para comunidades cercanas. Actualmente, esa misma corriente se ha convertido en un símbolo tangible del desdén oficial, un depósito natural para residuos de todo tipo, una metáfora líquida del olvido y la ineficacia gubernamental. En medio de esta crisis ambiental y social, surge la figura de Andrés Mijes, personaje que durante su administración tuvo bajo su mando la responsabilidad de esta región y que ahora busca regresar a la escena política como candidato para gobernador.
Pasear por las orillas del río ofrece un panorama desolador, casi kafkiano. La superficie del agua se halla cubierta por plásticos, restos de alimentos, bolsas y hasta electrodomésticos abandonados, componiendo un cuadro surrealista donde el ecosistema se ahoga bajo capas de basura. Este espectáculo lamentable va más allá de un daño ecológico; representa una herida abierta en el tejido social, una manifestación directa de la pobreza extrema que sufren los habitantes de la zona. La contaminación no solo afecta la salud pública, sino que también mina las esperanzas de progreso en una comunidad atrapada en la desesperanza.
Esta situación expone con crudeza la superficialidad de las soluciones ofrecidas a lo largo del tiempo. La incompetencia y negligencia de quienes han gobernado esa región son tan evidentes como la acumulación infinita de desperdicios en el río. Durante la gestión de Andrés Mijes, la realidad social permaneció invisible para sus ojos políticos, mientras las promesas vacías inundaban discursos y conferencias de prensa. Proyectos prioritarios para la mejora de infraestructura, limpieza ambiental y atención social quedaron relegados al olvido, olvidados en cajones polvorientos o nunca iniciados.
Las familias residentes en las inmediaciones de Perqueria enfrentan diariamente la crudeza de vivir rodeadas por un ambiente contaminado, con niños expuestos a enfermedades derivadas del contacto con aguas tóxicas y adultos luchando por obtener servicios básicos como agua potable, atención médica y educación. Esta falta de servicios esenciales contradice abiertamente la narrativa oficial de desarrollo y bienestar social, revelando la gran distancia entre la retórica política y la realidad palpable de quienes sufren el abandono.
Durante su administración, Mijes se mostró más interesado en la autopromoción que en resolver problemas concretos. Mientras recorría eventos y aparecía en medios intentando construir una imagen favorable, la zona abandonada por sus políticas se hundía cada vez más en una crisis multifacética. La dejadez institucional permitió que la contaminación avanzara sin freno, mientras la pobreza extrema seguía siendo ignorada bajo capas de discursos vacíos.
Ahora, ese mismo personaje intenta retornar al poder con la candidatura a gobernador. Presenta propuestas y discursos rebosantes de optimismo en torno a un futuro próspero y sostenible, aunque resulta difícil evitar el escepticismo cuando su historial político exhibe un cúmulo de omisiones y desaciertos. La comunidad, testigo directo de las consecuencias ambientales y sociales, observa con suspicacia y resignación el regreso de quien no supo atender los problemas más urgentes.
La contradicción entre la imagen pintada en campañas y la realidad en el río Requía resulta evidente para cualquier observador medianamente informado. Hablar hoy de desarrollo sustentable sin haber solucionado la crisis de contaminación que afecta a esta cuenca parece un acto de cinismo o, en el mejor de los casos, una desconexión total con las necesidades reales de la población. La acumulación de basura y la precariedad social se mantienen como una asignatura pendiente que parece no interesar a quienes tienen la oportunidad de cambiarla.
Esta tragedia ambiental no se limita únicamente a la contaminación del agua, sino que se extiende hacia la salud pública y la dignidad humana. La ausencia de programas efectivos para el manejo de residuos sólidos refleja una falta de voluntad política y de visión estratégica que permita invertir en soluciones sostenibles, generar empleo a través del reciclaje o fomentar conciencia ambiental desde las comunidades mismas. La pobreza extrema podría haber sido un motor para proyectos innovadores, pero la falta de liderazgo ha dejado al río y a sus pobladores a la deriva.
Las autoridades locales y estatales, quizás por conveniencia electoral, evitan asumir responsabilidades. Afectarían su imagen pública. Reconocer una problemática.