Ya sabemos lo que es, ya sabemos lo que provocó, a través de distintas entrevistas conocimos la intención de su autor y somos ahora testigos del fenómeno suscitado en respuesta a la indignación —desde artistas reinterpretando la composición hasta memes de la mejor calidad, además de debates interminables en redes sociales— pero ¿qué hay de la obra?

Fuera del debate alrededor de las implicaciones para los mexicanos, las inseguridades y machismos, la “denigración”, la pertinencia de la pieza en la exposición en Bellas Artes, las posturas de los involucrados y demás factores ¿cuál es el verdadero valor del trabajo de Fabián Cháirez?

El foco en las pasadas semanas ha estado en el mensaje y sus consecuencias y pocos se han detenido a analizar de manera crítica lo que la pintura “La Revolución” y el cuerpo de obra del chiapaneco tienen para ofrecer.

El trabajo pictórico

A primera vista el jinete sensual y entaconado parece ser otro ejemplo más de esa reciente escuela de pintura figurativa mexicana con personajes de pieles morenas y tersas, cuerpos esculturales, rostros agraciados, paletas de color llevadas hacia los ocres y trazos esfumados —una especie de barroco contemporáneo con inclinación al realismo fotográfico—; estilo en el cual contamos en Coahuila con representantes como Omar Campos y Omar Lezza, cada quien con sus particulares expresiones.

La composición es sencilla —una figura humana sobre un caballo— y el único “error” apreciable parece ser el cuello de cisne del equino, el cual, luego de una revisión de otros trabajos del mismo artista podría considerarse como una decisión estilística y no un fallo en el dibujo anatómico del animal, aunque no deja de parecer extraña la decisión de realizarlo así, pues si bien hay una estilización en las formas de cada figura ese cuello ya es más bien una hipérbole.

Sin embargo, esta elección no parece tener fundamento visible en la misma pieza, a menos que, para el pintor, el caballo solo sea un mueble sobre el cual coloca al protagonista de la obra, como también lo hizo en una ilustración que subió a su Instagram en agosto del 2015, donde la bestia queda deformada a tal grado que parece un mero taburete de cuatro patas sobre el que se agazapa el joven, centro de la pieza, y en la que otra vez aparece con un cuello tan largo que permite a ambas cabezas estar a la altura.

Aunado a esto, al continuar la comparación con otras piezas se puede notar la maduración en la pintura de Cháirez, pues mientras que en “La Revolución”, hecha en 2013 —el autor se graduó de artes tan solo un año antes—, se observan detalles en el tratamiento burdo de las sombras y del color en particular sobre el caballo, en trabajos más recientes demuestra un dominio claro de la técnica y ha adquirido ya ese realismo fotográfico de las tendencias actuales, con el ejemplo más claro en “La venida del Señor” (2018).

La composición

Otros debates también han abordado la simpleza de la propuesta, tan similar en planteamiento y tan lejana en ejecución a obras maestras del retrato ecuestre como el “Napoleón cruzando los Alpes” de Jacques-Louis David, pero es entendible que, dadas las intenciones del autor, no haya dotado a su pieza de mayor grandilocuencia —o esfuerzo—, aunque al mismo tiempo, en su aproximación kitsch, se quedó corto de lo que pudo haber mostrado, pues este estilo siempre invita a la exageración y la sobrecarga.

Nuevamente se comprueba que se trata de una obra temprana en la carrera del pintor —y puede que hasta de un ejercicio pictórico menor, pequeña incluso en sus dimensiones—, pues tan solo un año después creó la pintura “Pretty” (2014), en la que retrata a un hombre en transición a mujer, en medio de agujas y cortes de bisturí, mientras que desnuda y orgullosa se planta ante el espectador.

Asimismo, en este y más trabajos recientes, ha madurado su aproximación al kitsch, elección estilística nada sorprendente para un mexicano, pues nuestra cultura mestiza nació en el cenit del barroco y el rococó y se ha forjado entre expresiones derivadas.

El discurso

Facilista también ha sido considerada la propuesta en sus intenciones; “¿Poner a un macho amanerado para criticar los arquetipos machistas? ¡Vaya logro!”,  y, en efecto, no es la más original de las ideas, pero las reacciones posteriores a su utilización como publicidad para la exposición “Zapata después de Zapata” —pues si los organizadores hubieran elegido otra pieza para ilustrar la muestra estoy seguro que no habría figurado a este nivel— dejan en claro que aún es necesario plantear cosas así y no quitar el dedo del renglón.

Y recalco entonces que se trata del trabajo de un artista joven, en crecimiento. Hubo quienes compararon a Cháirez con Nahum Zenil o Julio Galán, como artistas que desde su homosexualidad plantearon cosas mucho más ¿artísticas? ¿De calidad? ¿Inteligentes? Pero al mismo tiempo olvidan la ocasión en que el verazcruzano se sodomizó a sí mismo nada menos que con el asta de la Bandera Nacional —obra que sí fue removida en su momento de una exposición— como la mamá que compara a su hijo descarrilado con el primito porque él “sí es buen niño” mientras ignora las pedas que este último se mete cada fin de semana.

Pero la inclusión en el debate de este artista en particular es apropiada, pues luchas sociales como la que se sigue librando por los derechos, visibilidad y respeto de la comunidad LGBT+ necesitan de un arte irreverente, que llame la atención; la solemnidad y el decoro pasan desapercibidas en estas circunstancias.

Sin embargo, en esta misma nota, debo hacer hincapié en lo que para mí es una contradicción en el discurso global del chiapaneco. En muchas entrevistas ha asegurado que su intención es romper con los arquetipos del macho mexicano, ese hombre rudo y viril, así como el que predomina en la población gay, del hombre atlético, varonil, alto y blanco. Pero al mismo tiempo concentra su producción en modelos igual de atléticos, delgados, lampiños y con rostros agraciados, aunque, eso sí, muy morenos, como si por oscurecerles la piel no estuviera excluyendo a los gordos, a los chaparros, a los velludos, a los feos. Mas su producción, reitero, es joven, y queda aún por ver qué otras propuestas lanzará.

Alerta de estancamiento

Esto último me lleva al asunto más delicado que la obra ha provocado; la proyección mediática vivida por Fabián Cháirez, quien ya está sacándole jugo a la fama de “La Revolución” a través de mercancía comercializada en sus redes sociales, cuando, como lo he planteado, no es de sus mejores trabajos —recordando que fue convocado a Bellas Artes como parte de la curaduría revisionista de la imagen y símbolo de Zapata— y en el afán de capitalizar el momento corre el riesgo de viciar su trayectoria y repetirse a sí mismo.

Porque hay potencial y calidad en la carrera de este pintor, en sus temas y en su técnica, solo espero que no pierda la perspectiva en medio de esta ola de memes y reinterpretaciones en apoyo a su causa, que han convertido a Zapata en un ícono LGBT en cuestión de días pero que podrían estancar su desarrollo como artista.

m_marines_9@hotmail.com