Valdrá la pena que quien ofreció transformar la vida pública del país realice un recuento sobrio de lo hecho y decida, por el bien de todos, rectificar.

El presidente Andrés Manuel López Obrador inicia hoy su tercer año de gobierno y lo hace en medio de la turbulencia que ha sido característica de su mandato. Fiel a su estilo, rendirá hoy un “informe” en el que seguramente celebrará los avances logrados durante lo que él llama “la cuarta transformación” en la historia de México.

¿Qué balance puede -y debe- hacerse del paso por el poder público del líder más carismático que ha tenido la izquierda en nuestro país? La respuesta depende mucho de cuál es la percepción personal que cada mexicano tiene de quien hoy ocupa la posición más importante en la pirámide del poder en nuestro país.

Poseedor de una personalidad polarizante -por destino o por elección- López Obrador es un político que no provoca indiferencia, pero al mismo tiempo no concita posiciones reflexivas: o se le ama o se le odia. Difícilmente es posible que cualquier ciudadano formule un análisis sosegado sobre lo hecho por el titular del Poder Ejecutivo Federal.

Nadie puede regatearle que tiene un diagnóstico preciso -y cierto- sobre la realidad nacional: la de México es una sociedad marcada por la desigualdad que, con matices a lo largo de nuestra historia, no ha sido corregida de fondo por ningún gobierno del pasado. Al menos del pasado reciente.

También acierta el Presidente cuando señala que la corrupción -pública y privada- constituye uno de los peores lastres colectivos. También acierta al plantear la necesidad de combatirla sin concesiones, pues de otra forma estaríamos condenándonos a padecerla eternamente.

El problema está en la ruta, en la fórmula escogida por el mandatario para enfrentar el mal y renovar la vida pública de México: una ruta que consiste en estigmatizar a quienes ha identificado como sus “enemigos” pero obviando el llevarles ante la justicia siguiendo el camino del Derecho.

Muchos escándalos de corrupción se habían desarrollado en México antes de este gobierno y los ciudadanos teníamos suficientes elementos para tener claro que la clase gobernante ha abusado históricamente de su posición para enriquecerse y pervertir las instituciones.

Pero a dos años del gobierno de López Orador lo único real que ha ocurrido en este apartado es la acumulación de más escándalos, carentes de resultados tangibles que nos lleven a concluir que algo ha cambiado de fondo y una nueva realidad social puede emerger durante la presente administración.

Y mientras eso pasa, la violencia que ha marcado nuestra historia reciente no cede, la desigualdad sigue siendo la característica fundamental de la sociedad mexicana y los efectos sanitarios y económicos de una pandemia inesperada no permiten documentar la esperanza en un futuro mejor.

Restan cuatro años más de un mandato que si algo concitó en la sociedad mexicana fue justamente la esperanza de dejar atrás la historia de oprobio que todos hemos padecido. Valdrá la pena por ello, que quien ofreció transformar la vida pública del país realice un recuento sobrio de lo hecho hasta ahora y decida, por el bien de todos, rectificar en aquello que se ha equivocado.