Las inestables negociaciones de Trump
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El mandatario estadounidense no está interesado en la ardua tarea de alcanzar un equilibrio duradero; quiere obligar a la parte más débil a aceptar un acuerdo rápido que pueda presentar como una victoria
Por Ana Palacio, Project Syndicate.
BRUSELAS- En los últimos meses, Estados Unidos ha participado en negociaciones sobre dos cuestiones geopolíticas distintas, pero ambas candentes: poner fin a la guerra de Rusia contra Ucrania y obtener garantías de que Irán nunca desarrollará armas nucleares. Aunque estas iniciativas no guardan relación entre sí, juntas ponen de relieve el profundo cambio que se está produciendo en la política exterior estadounidense bajo la presidencia de Donald Trump. En lugar de operar dentro de un marco basado en normas que tenga en cuenta las limitaciones, las dinámicas de poder y la estabilidad a largo plazo, Estados Unidos ha adoptado el transaccionalismo o, más precisamente, la negociación posicional.
Trump lleva mucho tiempo promocionando su experiencia empresarial y su capacidad para cerrar acuerdos como la clave para salir de los atolladeros y promover los intereses de Estados Unidos. Su administración aborda todas las disputas de la misma manera: con negociaciones bilaterales limitadas y un uso abundante de la influencia. El tono es siempre hostil, la suma es siempre cero y la única medida del éxito es si se llega a un acuerdo (y con qué rapidez).
Este enfoque puede funcionar para transacciones inmobiliarias, pero es inadecuado para retos diplomáticos complejos. Las negociaciones como las relativas a la guerra de Rusia contra Ucrania y a las presuntas (negadas por las autoridades) ambiciones nucleares de Irán no deben aspirar a establecer las condiciones de un intercambio puntual, sino a crear un marco capaz de configurar y gestionar los acontecimientos futuros; un marco que perdure más allá de sus artífices, sobreviva a los cambios políticos y limite las opciones de los gobiernos futuros. Esa durabilidad es imposible sin tener en cuenta la historia, las alianzas y las estructuras de poder.
Hay pocos motivos para creer que la persona designada por Trump para liderar negociaciones delicadas -el enviado especial Steve Witkoff, un multimillonario promotor inmobiliario, magnate de las criptomonedas y viejo amigo de Trump- sea capaz de idear un marco de este tipo. Pero eso a Trump no le importa; insiste en que solo alguien ajeno al sistema puede romper los estancamientos de larga data. Sin estar limitado por las mentalidades y los protocolos diplomáticos tradicionales, alguien como Witkoff u otro de los «enviados» favoritos de Trump, su yerno Jared Kushner, supuestamente puede idear soluciones novedosas y actuar con una agilidad sin precedentes.
La afirmación implícita es que la experiencia es una carga, las instituciones son una barrera y los conflictos sin resolver son simplemente acuerdos que esperan ser alcanzados. Pero la guerra en Ucrania no es una táctica limitada, y Rusia y Ucrania no son dos magnates que compiten por unos pocos dólares extra. Se trata de un choque de proyectos políticos: Rusia busca la gloria imperial y el dominio regional que cree que le corresponde, y Ucrania defiende su libertad, soberanía y democracia. Para las partes implicadas, lo que está en juego no podría ser más importante. Witkoff califica el conflicto de «silly».
Trump respalda a figuras como Witkoff en parte porque no puede imaginar un escenario en el que las consideraciones comerciales no sean primordiales. Pero también está enviando un mensaje: en esta nueva era, la autoridad no se deriva de las estructuras institucionales, sino de la proximidad a él. El poder personalizado es la clave del juego, y la influencia, la forma de ganarlo.
Trump no está interesado en la ardua tarea de alcanzar un equilibrio duradero; quiere obligar a la parte más débil a aceptar un acuerdo rápido que pueda presentar como una victoria. Esto es cierto en el caso de Irán, que ahora se enfrenta a una rápida acumulación de activos aéreos y navales estadounidenses cerca de sus fronteras. Y es cierto en el caso de Ucrania, donde Estados Unidos ha intentado repetidamente imponer unas condiciones de paz draconianas al país, aunque el 47º presidente se ha mostrado decepcionado por la negativa rusa a aceptar incluso un acuerdo que claramente le favorece.
En la mente de Trump, la presencia europea en estas negociaciones sólo puede ser un obstáculo, especialmente en Ucrania. No solo quiere evitar tener que compartir el mérito de cualquier acuerdo, sino que sabe que sus homólogos europeos no aceptarán un acuerdo que institucionalice graves desequilibrios, en lugar de ofrecer soluciones estables y a largo plazo. Por lo tanto, exigirían el tipo de garantías institucionales y una aplicación creíble de las que seguramente carecería cualquier acuerdo negociado por Witkoff/Kushner.
Este hecho, incluso más que las (muy reales) carencias de capacidad de Europa, explica por qué Estados Unidos ha tratado de excluir a la Unión Europea de las negociaciones sobre Ucrania, por no hablar de Irán. La Administración Trump se ha comprometido a controlar tanto el formato como el resultado. Pero cualquier acuerdo no será más que una expresión de dominio. Podría conducir a una pausa en las hostilidades, a un alivio de las sanciones o a un apretón de manos de alto nivel, pero no a una paz o estabilidad a largo plazo.
Las consecuencias se extenderán más allá de Ucrania e Irán. Cuando la potencia más importante del mundo adopta una postura negociadora en lugar de una diplomacia reflexiva, redefine los comportamientos y las expectativas en todo el sistema internacional. Los Estados poderosos traspasan los límites. Los Estados más débiles se apresuran a encontrar su propia ventaja. Los aliados se protegen. El cambio hacia una postura negociadora no provocará el colapso del sistema global, pero conducirá a una mayor volatilidad, ya que las normas, las relaciones y las instituciones tradicionales seguirán erosionándose.
Independientemente de lo que diga Witkoff, las guerras no son disputas “silly” que esperan a un intermediario ágil que actúe a instancias de un gobernante fuerte. De hecho, obligar a las partes más débiles a renunciar a sus intereses a largo plazo solo redistribuye el riesgo y pospone el ajuste de cuentas. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Ana Palacio fue ministra de asuntos exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.