Fotos: Especial
El Apolo 10 despegó el 18 de mayo (de 1969), guiado por una tripulación de veteranos experimentados: el comandante Thomas Stafford, el piloto del módulo de mando, John Young, y el piloto del módulo lunar, Gene Cernan

Por: OMNIA

Por: Rafael Clemente

En mayo de 1969, la carrera de EU hacia la Luna estaba prácticamente decidida, mientras que la Unión Soviética estaba teniendo serios problemas con dos piezas vitales de su programa: el gran cohete N-1 —equivalente al Saturno 5 americano— y el pequeño módulo de alunizaje. Los rusos habían planeado un vuelo circunlunar antes que los americanos, pero el éxito de la misión del Apolo 8 en Navidad había dado al traste con esos planes.

La NASA sabía de los esfuerzos que estaba llevando a cabo la URSS para poner a punto su cohete lunar, que ya había volado, sin éxito, una vez. En el siguiente verano probablemente realizarían un nuevo intento. El programa Apolo llevaba la delantera, pero cualquier retraso imprevisto podía darle una opción a los rusos.

Todo estaba ensayado

Todas los componentes del Apolo se habían ensayado en vuelo de una u otra forma. Por ejemplo, un módulo de mando con tres astronautas a bordo había orbitado ya en torno a la Luna; el vehículo lunar se había ensayado también una vez en órbita terrestre; la red de estaciones de seguimiento estaba a punto. Pero faltaba, encajar todo ese conjunto en un vuelo real a nuestro satélite.

Ese trabajo le correspondería al Apolo 10, un ensayo general que implicaría el segundo vuelo americano hacia la Luna. Se probaría todo, excepto la maniobra de aterrizaje en sí.

Si algo no iba bien, todavía quedaría tiempo para un segundo ensayo con la misión número 11 antes de que expirase el plazo impuesto por Kennedy. Así que muchos apostaban que sería Charles Conrad, comandante del Apolo 12, el primer hombre en pisar la Luna.

El genio detrás del gigante

El director del Centro Marshall de vuelos espaciales, la sede original de la NASA, era en aquel entonces el profesor Wernher Von Braun, un ex científico nazi y el cerebro detrás del cohete Saturno 5, conocido por fijarse en los detalles y por su cuidadoso enfoque científico.

El Saturno 5 se basaba en la tecnología que Von Braun había desarrollado para el programa de cohete V-2 de Adolfo Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.

Más tarde, como ciudadano estadounidense, Von Braun se convirtió en parte de un equipo de físicos e ingenieros del Tercer Reich que trabajaron para la NASA.

Algunos críticos decían que era demasiado cauto y lo culpaban de que los soviéticos hubieran llevado primero un hombre al espacio. Pero Von Braun sabía que el Programa Apolo, con sus cohetes Saturno podía cambiarlo todo.

Un grupo experimentado

Finalmente, el Apolo 10 despegó el 18 de mayo (de 1969), guiado por una tripulación de veteranos experimentados. El comandante era Thomas Stafford, el piloto del módulo de mando, John Young y el piloto del módulo lunar, Gene Cernan.

Todos habían volado antes, en el marco del programa Gemini; y todos volverían a hacerlo. Stafford, seis años después, en la primera misión conjunta con los rusos. Y tanto Young como Cernan llegarían a pisar la Luna dirigiendo los dos últimos vuelos del Programa Apolo.

Los astronautas del Apolo 10 intuían que en los libros de historia su vuelo quedaría oculto por el brillo del vuelo siguiente, cuando quizás se consiguiese, por fin la Luna.

 Así que sus preocupaciones fueron esencialmente técnicas, lejos de consideraciones protocolarias.

Eligieron para sus naves dos nombres poco heroicos: ‘Charlie Brown’ para el módulo de mando y ‘Snoopy’ para el módulo lunar. Y ni siquiera se preocuparon de esbozar un emblema que pudiera pasar a la posteridad; el escudo del Apolo 10 era uno de los más feos y peor diseñados de todo el programa Apolo.

Una vez en órbita lunar, Stafford y Cernan ocuparían sus puestos a bordo del módulo Snoopy para bajar a solo 15 kilómetros de altura sobre la Luna.

A esa altura era donde debía iniciarse la maniobra de aterrizaje (alunizaje) propiamente dicha, pero no para ellos. Su computadora de a bordo carecía de los programas para atreverse a un intento de alunizaje. Y los depósitos de combustible no iban a tope.

El temor de la NASA

Se llegó a decir que esas dos medidas habían sido una salvaguarda que la NASA quiso aplicar para impedir que los astronautas cayesen en la tentación de aterrizar y adelantarse a los acontecimientos.

En realidad, la razón era otra: Snoopy todavía era muy pesado. Los ingenieros de Grumman seguían arañando gramo a gramo para quitarle peso al siguiente modelo (el que quizás sí bajaría a la Luna (en su obsesión por reducir el peso alguien llegó a sugerir eliminar la escalerilla frontal y sustituirla por una cuerda con nudos tipo Tarzán).

Las operaciones de descenso simulado se desarrollaron sin dificultades. Las dos cápsulas se separaron, mantuvieron un corto vuelo en formación y después Snoopy empezó a perder altura para pasar zumbando a solo 15 mil metros sobre el desolado paisaje de cráteres lunares. Nadie había estado nunca tan cerca de la Luna.

Lo que nadie quería

Ahora quedaba por probar una última maniobra crítica: simular una cancelación de emergencia en pleno vuelo. La cabina con los dos tripulantes encendería su motor de elevación, se separaría de la sección de aterrizaje y trataría de alcanzar una órbita estable, para volver a elevarse de camino a reunirse con el módulo de mando.

 Todos esperaban que nunca fuera necesario ejecutar esa prueba, ya qu podía suponer la diferencia entre la vida o la muerte de la tripulación.

La operación exigía ajustar una serie de mandos en el panel de control. Y, en especial, activar el AGS (Abort Guidance System), una segunda computadora de a bordo especializada en calcular la trayectoria de escape óptima. Para este ensayo bastaría con indicarle que se limitase a mantener estable la cabina, no que ejecutase toda la operación en modo automático.

Error inesperado

Los astronautas llevaban unas especies de chuletas adheridas con velcro en las mangas de sus trajes o sobre el propio panel de mandos. En ellas se indicaban paso a paso las operaciones a realizar. Siguiendo esas instrucciones, Stafford pulsó el correspondiente al modo ‘Mantener’. Un segundo después, al intentar corregir una pequeña desviación, Cernan también lo accionó, colocándolo erróneamente en ‘Auto’.

Obediente a ese ajuste, el sistema de guiado empezó a disparar los propulsores de orientación mientras el radar buscaba a la nave nodriza para ir a su encuentro. La cabina, mucho más ligera al haberse desprendido ya del tren de aterrizaje, se puso a girar alocadamente.

Stafford murmuró un “Maldita sea” mientras intentaba hacerse con el control de la nave. Cernan fue más explícito y se le escapó un “hijo de p...” que llegó a toda la audiencia que seguía la operación en directo (y por la cual tuvo que pedir más tarde una disculpa pública).

Por suerte —y también como consecuencia de las incontables horas pasadas en los simuladores— Stafford logró estabilizar la cabina de la nave y fue ganando altura para evitar un impacto lunar.

El resto de la operación continuó sin más incidentes.

El pasado 18 de mayo se cumplieron 50 años del ensayo general que hizo posible el aterrizaje definitivo en nuestro satélite lunar. Termina mañana.

DATOS

1969  fue el año  en que despegó  el  Apolo 10

Cohete Saturno diseñado para los viajes lunares por el profesor Wernher von Braun, un ex científico nazi

Pero días después, al llegar a Tierra, Cernan se encontró con una desagradable sorpresa: un tal Larry Poland, pastor de una comunidad de estudios bíblicos en Florida, había enviado indignadas cartas tanto a la agencia espacial como a la Casa Blanca protestando por la utilización de un lenguaje tan poco apropiado, nada menos que en una ocasión histórica.

La iniciativa fue respaldada por suficiente público como para que la NASA pidiese a Cernan una disculpa pública por su exabrupto. No así a Stafford, cuyas maldiciones se habían quedado entre dientes.

Es curioso que solo esa exclamación, escapada en un momento de grave crisis, provocase tantas protestas. Las transcripciones oficiales del vuelo muestran que la misma palabra aparece por lo menos 46 veces en uno u otro momento del vuelo.

Aunque no se supo de inmediato, el fallo pudo tener consecuencias catastróficas.

En menos de diez segundos, los pilotos vieron pasar el horizonte lunar no menos de ocho veces por sus ventanillas.

De haberse desviado hacia el suelo lunar, hubiese impactado en menos de siete segundos.

El director del Centro Marshall de vuelos espaciales, la sede original de la NASA, era en aquel entonces el profesor Wernher Von Braun, un ex científico nazi y el cerebro detrás del cohete Saturno V, conocido por detenerse en los detalles y por su cuidadoso enfoque científico.

(Rafael Clemente, autor de este artículo, es también autor del libro ‘Un pequeño paso para el hombre’. Donde se detallan estos y otros episodios de los vuelos a la Luna).