Foto: Archivo
En la madrugada del 25 de Diciembre, la policía de la ciudad brilló por su ausencia. Al intentar hacer una crónica, sobre la experiencia de ser arrestado, nuestro reportero hizo realmente un retrato sobre la poca presencia de las autoridades en las primeras horas de la Navidad.

Durante la cena de Nochebuena les contaba a mis amigos el plan: conducir por las calles de la ciudad e ir a parar a los separos de la Policía Municipal, con la intención de realizar una crónica que narrara lo que es pasar la Navidad dentro de las celdas preventivas.

Como habrán notado al inicio del texto, esto jamás sucedió.
Sin embargo, antes de que me diera cuenta de que las autoridades prácticamente desaparecerían durante la madrugada me mantenía optimista al respecto, especialmente durante los últimos minutos del domingo.

Pensaba entonces que seguramente alguna unidad policial que formara parte de los operativos que se despliegan en estas fechas me detendría por mera precaución en alguna de las calles de Saltillo. Y luego, los oficiales, al ver mi cara abotagada medirían mi nivel de alcohol y, dado que no pensaba ni por casualidad andar conduciendo sobrio, sería irremediablemente detenido.

Parecía algo sencillo. Después de todo, en estas fechas en las que abundan los conductores alcoholizados, las autoridades ponen especial atención a este tipo de delitos. Lo anuncian con gran orgullo y prometen hacer un gran despliegue de acciones preventivas. Con eso en mente, sólo tenía que asegurarme de beber lo suficiente como para no pasar la famosa prueba del aliento o el alcoholímetro. 

En 36 años jamás he sido detenido. No es presunción, yo le llamo suerte. Durante mi época en la universidad seguramente pude haber ido a parar a los separos al menos un par de veces, pero siempre la libraba. “Tal vez tu suerte es que nunca te detengan”, me decía uno de mis amigos durante la cena luego de preguntarme qué iba a pasar si no me detenían. No estaba errado.

 

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No obstante, les pedí todo tipo de recomendaciones. Ellos, caso contrario al mío, ya conocían bien lo que era ser detenido por las autoridades municipales por cualquier tipo de razones, desde las más justas hasta las más arbitrarias. 

Tres copas de tinto, cuatro tequilas y dos sotoles después mi compañera llegó por mí, con niveles anormales de sobriedad para la fecha. Así debía ser, necesitaba un copiloto bueno y sano que se hiciera cargo del carro cuando los guardianes del orden me llevaran a mí, imprudente e irresponsable ciudadano, tras las rejas junto con otros infractores de la misma calaña.

Todavía no era la una de la mañana y decidimos improvisar y seguir nuestro instinto sin trazar una ruta predeterminada. Así que, luego de recorrer las calles principales del Centro, nos enfilamos hacia el norte por Emilio Carranza, en donde vimos la primera patrulla de nuestra noche, yendo en sentido contrario al nuestro. No nos preocupamos, pensamos que abundarían en nuestro recorrido. Error.

Ni patrullas, ni oficiales, ni operativos antialcohol. Las autoridades habían desaparecido. Era como Un día sin mexicanos protagonizado por policías en lugar de paisanos. O bien, como si se tratara de una extraña película navideña en la que algún borracho le pide a Santa Claus que se deshaga de cualquier obstáculo que le impida recorrer las calles impunemente a bordo de su vehículo.

Una hora y media después le habíamos dado la vuelta a las principales calles de la ciudad y nos disponíamos a comenzar una segunda ronda. Nuestro optimismo que en un inicio era animado por tres nutridas carpetas de música que iban de los Smiths a Juan Gabriel, pasando por The War on Drugs, comenzó a transformarse en cansancio, frustración y, en mi caso, también cruda. 
Apenas vimos cinco unidades de las autoridades locales en todo ese tiempo. Incluso rebasé a un par de ellas a más de 100, pero los resultados fueron nulos. Era el infractor invisible.

Perdí la cuenta del número de semáforos en rojo que pasé, así como de las veces en las que superé el límite de velocidad más allá de lo recomendable. Tampoco fue recomendable que vaciara mi vejiga a un costado del bulevar Fundadores, justo a la entrada al fraccionamiento Zaragoza, pero como la finalidad era hacerme notar, lo considere algo más que obligatorio. Aun así, nada. La nada de nuevo.

Me lamenté por la cantidad de mascotas aplastadas que vi en mis idas y vueltas, y medio traté de devolver a un lugar seguro un par de perros confundidos que vagaban por las calles, probablemente fugados de sus hogares a causa de la pirotecnia.

¿Qué me quedaba finalmente? Jamás sabría si la mítica cena navideña con la que, dicen, agasajan a los detenidos es verdad o sólo se trata de una leyenda urbana. Por el contrario, mi recompensa fueron unos cuantos puñados a un Paketaxo y una sensación agridulce de victoria. Fui afortunado, en una noche en la que otros no lo son. O, quién sabe… Quizás el espíritu de la Navidad fue benévolo con todos los borrachos y, al igual que yo, nadie cayó en los separos esa noche.

¿Y dónde está el policía?
La Navidad estaba a punto de cumplir cinco horas. Había recorrido Saltillo en todas las direcciones posibles y por enésima vez me dirigía al centro. Un par de cuadras antes de cruzar Abasolo, una camioneta pasa de sur a norte… “Ahí va una patrulla”, me dice mi compañera. Salí de mi modorra acumulada tras haber conducido toda la madrugada y aceleré para alcanzar las luces de la torreta mientras pensaba qué haría para que me detuviera la Policía. ¿Tendría que rebasarlos a alta velocidad? ¿Bastaría con que me pusiera a zigzaguear cerca de ellos? ¿O de plano tendría que asomarme por la ventana y mentarles la madre? Di vuelta a la derecha con esto en mente, pero lo que había frente era una calle vacía. Ni policías, ni vehículos, ni siquiera un perro… Nada. Como si se tratara de un milagro navideño, la última de las seis unidades policiacas que vi durante toda la madrugada había desaparecido.