¿Por qué se divorcian los casados? La principal razón, creo yo, es porque se casan. Decir eso no es perogrullada: si la gente no se casara tampoco se divorciaría. He ahí una de las pocas ventajas del amor libre, que es (dicho sea entre paréntesis) el menos libre de todos los amores.

Antiguamente se creía que la causa mayor de los divorcios son los problemas de la cama. Esa incorrecta idea derivó de las tesis pansexualistas del doctor Freud. Este señor todo lo hacía residir en la región de la entrepierna: Napoleón se lanzó a conquistar Europa porque la tenía muy chica (la región); San Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús porque una bala de cañón le voló las verijas, y así.

Tal criterio es muy elemental, lo mismo que casi todos los criterios, menos el de Balmes. El Reporte Kinsey, fruto de una paciente investigación realizada en la Universidad de Indiana -de la cual soy exalumno-, puso de manifiesto que el motivo más frecuente de ruptura entre los casados es el dinero. (La falta de él, para decirlo con mayor exactitud). Las dificultades económicas originan más divorcios que los problemas relacionados con el sexo. Marx le atinó; Freud no.

Claro, hay excepciones a este principio general. Una señorita de muy buenas familias de Saltillo se casó con el hijo de un prominente empresario de la Capital. Al regreso del viaje de bodas se divorció porque en plena luna de miel lo halló en la cama con un botones del hotel. ¡Qué manera de encanallarse! Si al menos se hubiera tratado del gerente...

Conozco la historia de una pareja de ancianitos -95 años él; 90 ella- que acudieron ante un juez de lo familiar a pedir la disolución del vínculo matrimonial que los había unido durante 70 años.

-70 años de casados -exclamó boquiabierto el juzgador- ¿y ahora se quieren divorciar?

Explicó la viejecita, humilde:

-Es que estábamos esperando a que los muchachos se murieran.

La Iglesia Católica no admite el divorcio. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Admite sólo la anulación del matrimonio. Entonces sí, lo que Dios ha unido el hombre lo puede separar. Entiendo que la única diferencia entre divorcio y anulación religiosa es el precio: la anulación sale un poco más cara. Pero los efectos son los mismos. Me dicen -no me consta- que a una cierta señora de sociedad le acaban de anular su matrimonio. Estuvo casada más de 30 años; tuvo cinco o seis hijos con su esposo... De pronto, sin embargo, se acordó de algo que tenía por ahí olvidado en el desván de la memoria, y la Santa Madre Iglesia -al fin madre- le otorgó la anhelada anulación. Bendito sea el Señor, que nunca desampara a sus criaturas.

En Italia, por influencia de la religión católica, estuvo prohibido el divorcio durante muchos años. Los italianos, que son tan ingeniosos -escribieron la Divina Comedia; pintaron la Capilla Sixtina; se les ocurrió la telegrafía sin hilos, la pizza, el helado napolitano, etcétera-, inventaron lo que se llamó “divorcio a la italiana”, que consistía en asesinar al cónyuge. Hay una película muy simpática de Marcello Mastroianni que así se llama: “Divorcio a la italiana”. La exhibieron en el Cinema Palacio allá por el año 63 del pasado siglo. Ya hace rato. (Seguirá).


ARMANDO FUENTES AGUIRRE
‘Catón’ Cronista de la Ciudad
PRESENTE LO TENGO YO