Son tiempos difíciles. Los dioses han abandonado a los hombres. Hace tiempo que Zeus no propicia a nadie con su rayo ni castiga con su trueno, y lejanos están los días en que Afrodita sonrió a Alejandro y dio la espalda a los argivos. ¡La humanidad necesita un héroe!...

Oscuro, por la solitaria noche, vaga un hombre. Cierto problema geométrico ocupa la cavidad de sus pensamientos. Con acompasados pasos representa las proporciones de la figura que pretende explicar. Se detiene un momento a contemplar las estrellas, suspira y continúa su andanza. Al doblar una esquina llegan a él lejanos y agitados murmullos. Avanza un poco más. Reconoce entre aquel tropel de sonidos el sonsonete de un modo frigio.

—¡Terrible melodía la del modo frigio; fomenta la euforia en los espíritus! —dice para sí. 

El ruido se intensifica, no cabe duda que proviene de la violencia y de la ira; ¡algo perturba la paz en Tauromenio! Nuestro hombre extrae de su escarcela una piedra de perfiles triangulares, cierra los ojos y exclama:

—¡Canta, voz del Universo! ¡Dime el quién, el dónde y cómo del quebranto de tu orden y llévame allí sobre tus ondas!

Terminada su demanda, la voz sublime responde:

—Timoteo, enemigo de Tauromenio, ofrece rutilante vino a los más briosos guerreros. Luego siembra discordia con sus palabras. Finalmente les hace escuchar un modo frigio con el propósito de enloquecerlos. Ahora los hombres arden en cólera y encienden antorchas para incendiar la ciudad.

—¡Potencia del número! —conjura nuestro hombre—, ¡otórgame la facultad armónica de las esferas!

Un acorde inexpresable resuena desde las alturas e inunda la atmósfera. ¡Zas!¡Crash! ¡Ya lo cubre áurea armadura! ¡Plin! En su diestra aparece una lira, en la siniestra un escudo grabado con el Tetraktys. ¡Zum! En un instante cubre la distancia que lo separa del altercado: es la misma que la del sonido la velocidad de nuestro héroe.

En el lugar, una multitud trata de contener a los guerreros enardecidos, pero sus fuerzas son superadas por la ira que el modo frigio insufló en sus espíritus. Patidifusos y anonadados quedan los hombres y las mujeres ante tal aparición.

—¡Orden, gente, no teman! ¡Soy el Doctor Tetraktys, procurador de la armonía universal!

Ya se precipitan los iracundos con ardientes espadas y brillantes antorchas, dispuestos a abatir al héroe. El Doctor Tetraktys acomoda su lira, pulsa sus cuerdas y dirige los sonidos de una delicada melodía espondáica hacia sus atacantes. Pero la turba continúa avanzando, rodeándolo, amenazantes. Impasible, el héroe se concentra:

—¡Canto poderoso, ven a mí!

Una dulce melodía comienza a brotar de su garganta, melodía que refuerza el modo espondáico del tañir de su lira. El Doctor Tetraktys gira suavemente, repeliendo a sus enemigos con la potencia de aquel apacible modo. La cólera comienza a abandonar sus rostros y a ralentizarles los pasos. Mientras los tímpanos de los eufóricos guerreros son percutidos con el espondáico, el furioso modo frigio abandona sus espíritus. El canto prosigue hasta convertir aquel furibundo torbellino en manso arroyuelo. Los que habían sido presos de la ira son ahora pacíficos camaradas. Timoteo, autor de las atrocidades, escapa. En medio de todos se encuentra el Dr. Tetraktys que, gallardo y sereno, regala a la multitud una galante sonrisa.

—¡Gracias, Doctor Tetraktys! —exclaman muchos. Todos quieren acercarse, pero, ¡puff!, nuestro héroe ha desaparecido.

En la atmósfera de la ciudad de Tauromenio flota un acorde inexpresable y una pregunta: ¿Cuál es la verdadera identidad del Doctor Tetraktys, procurador de la armonía universal?