Prefiero mi propia ciudad o los pueblos del territorio en el que vivo, lo que no resulta digno para la mente consumista

Pareciera que es una pregunta de rigor la que se hace entre familiares, amistades y compañeros de trabajo luego de concluida la Semana Santa: en qué sitio se pasaron las vacaciones.

El dólar caro o, más bien, el peso depreciado hacen que cambie el rumbo de las posibilidades de los turistas nacionales en esta temporada vacacional, sobre todo cuando son muchos los paseantes en una familia.

Hacer visitas culturales y de recreación en lugares dentro de la misma localidad en la que se reside, ¿ésas no son vacaciones? Claro que lo son porque se practican las visitas sin la presión de regresar al trabajo.

Hemos perdido la emoción de recorrer museos o espacios públicos como si fuera la primera vez que los conociéramos. Yo les aseguro que cada vez que visito un sitio cultural encuentro nuevas perspectivas de lo que se observa.

No es lo mismo la mirada de la juventud que la de la adultez cuando se visita un lugar local que muy bien se puede disfrutar. El problema para algunos se presenta cuando se sabe que llegará la consabida pregunta: ¿a dónde fuiste de vacaciones?

Entonces parece poco honroso decir con pena… ¡No fui a ningún lado! Porque no te trasladaste fuera de tu ciudad o de tu país.

Ahora que existen las redes sociales y particularmente instrumentos como el Facebook, el WhatsApp y hasta el Instagram –para la gente más presumida–, todos entramos a un mercado de vanidades, más aun quienes se toman selfies interminables.

Las personas posamos ante nuestro teléfono inteligente con nuestros mejores ángulos y ropa más cara en los lugares en los que nos encontramos, porque eso nos da un aparente empoderamiento sobre los demás.

Hay quienes le toman fotografías a los platillos que van a consumir como para decir: ¡oye!, yo sí puedo comer esto, en cambio tú estarás comiendo lo de siempre, ¡pobre de ti, qué pena me da tu caso!

Pero lo de siempre, es decir, lo cotidiano, puede ser superior al estrés que significa tener que preparar maletas, tolerar largas filas, el cansancio de bajarte de un automóvil para tomar algún otro medio de transporte, vaciar las maletas, desarrugar la ropa y estar dependiendo del verdugo que representan los viajes “todo incluido”, sobre todo cuando tienes que seguir al dedillo recorridos preorganizados sin la libertad de detenerte a pensar y a contemplar lo que quieres.

Así que ante la disyuntiva de viajes de sol y playa, o hacia destinos turísticos sofisticados, prefiero mi propia ciudad o los pueblos del territorio en el que vivo, lo que no resulta digno para la mente consumista de los paseantes en los días santos, que de santos no tienen nada y no porque aparezcan en el calendario bajo ese rubro, sino que en lugar del recogimiento espiritual que se espera en el mundo católico por recordar la muerte y resurrección de Jesucristo, los vacacionistas –mujeres y hombres– se dedican a beber alegremente sin ninguna práctica de reflexión, sólo preocupándose de que esté en buen estado lo que se ingiere y degusta.

En mi caso, como en muchos de los años anteriores, me reencontré con San Miguel de Bustamante, mi pueblo querido. Disfruté como siempre del sonido de las acequias, del despertar del sol contra las paredes de la sierra, del canto de las aves locales, de la belleza de las aves migratorias y de la gente buena que allí vive.

Como cada Viernes Santo, me integré a los participantes en la Procesión del Silencio que desde 1999 se volvió a desarrollar cuando, atendiendo a la crónica de adultos mayores y a la investigación del maestro Daniel Andrade, el padre Juan Martín Lugo y mi persona promovimos el rescate de una tradición de lo más interesante, cuyo origen es tlaxcalteca y que ahora ha adquirido nuevos bríos bajo la tutela del padre Juan Sánchez Hernández.