Encabezada por la ONU, la comunidad internacional hace del 27 de enero el Día de Conmemoración del Holocausto.

Una de las más grandes lecciones que se pueden extraer del crimen cometido contra el pueblo judío es que el discurso de odio lleva a los más atroces actos y puede propiciar la destrucción —primero social y después física— de personas y pueblos enteros. El primer paso hacia la cámara de gas fue estimular el antisemitismo a través de la palabra excluyente, sembradora de odio y de violencia.

Si con ella se abrió la puerta al exterminio de seis millones de personas (poco menos de la población judía en Israel), tiene sentido que como una respuesta jurídica, social y humanitaria, muchos países, sobre todo europeos, hayan establecido marcos jurídicos para combatir el discurso de odio y los crímenes que alienta.

Sin embargo, hay señales claras de que algo está fallando.

Durante los diez días posteriores a la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, se registraron al menos 867 incidentes de acoso e intimidación, según cifras de Southern Poverty Law Center, presumiblemente inspirados en el ambiente de discriminación y racismo generado por la campaña y aumentado por la victoria.

Ya antes de Trump, en 2015 los ataques contra musulmanes se habían incrementado en 67 por ciento.

De acuerdo con un reporte de la Agencia Europea de los Derechos Fundamentales, en 14 países se han identificado “serios y generalizados incidentes de violencia, acoso, amenazas y discurso de odio contra migrantes y solicitantes de asilo, así como contra sus hijos”.

Incluso naciones que han trabajado de manera ardua y deliberada para crear una sociedad libre de discriminación han padecido severos retrocesos. Ahí está el ejemplo de Alemania, que de 203 incidentes en 2014 saltó a mil 31 en 2015. Algo similar pasó en Inglaterra: tras el Brexit, los crímenes de odio se incrementaron en 41 por ciento.

Y estamos hablando de las sociedades con más recursos económicos y mayores índices de instrucción escolar.

Tenemos que ser capaces de contrarrestar y desterrar el discurso de odio y sus consecuentes crímenes. Guardar silencio ante las diatribas, el insulto, la discriminación, es ceder el paso a un ambiente envenenado, propicio para el linchamiento y la violencia.

Tras sobrevivir a un campo de exterminio, el escritor Elie Wiesel hizo el compromiso de “nunca guardar silencio cuando cualquier ser humano en cualquier lugar enfrente sufrimiento y humillación. Debemos tomar partido. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. El silencio motiva a quien atormenta, no a quien es atormentado”.

El Holocausto debe ser siempre memoria para que nunca se repita, y no debe ser amenaza, porque ello supondría que damos por sentado que es posible. Infortunadamente hoy preside al país más poderoso del mundo un hombre que se distingue por su racismo y xenofobia, cuya forma de ejercer el liderazgo es llamar a sus seguidores en contra de ciertos grupos ya sea por su origen, su nacionalidad o su condición migratoria.

Hay que tener presente que esa es la vía más directa hacia la persecución y la destrucción del otro. Para ser injusto y para ser tragedia no es requisito que las víctimas se cuenten por millones. Bastan los primeros asomos de odio para que encendamos las alertas.