Al “Regiomontano” también le decían “El Rápido”. Hacía su ruta Monterrey-México en una vía rápida y sólo paraba en San Luis Potosí. Lo cierto es que a veces paraba en cuanta estación había en el camino y también en medio de la nada. Abordarlo era como entrar a un mundo rodante muy ajeno al real. Salía de la Ciudad de México a las seis de la tarde, y a la mañana siguiente pasaba por Saltillo muy temprano, donde desenganchaba el carro destinado a esta ciudad. Alrededor de las ocho de la noche regresaba de Monterrey, lo enganchaba nuevamente y emprendía el viaje para llegar a la capital entre las nueve y las diez de la mañana siguiente. Conocí a más de un viajero que cansado de esperar el tren de Monterrey se encerró en su camarín.  A la mañana siguiente abrió la cortina de la ventanilla, miró el Cerro del Pueblo y advirtió que había dormido en el andén de la estación.

El mundo interior de “El Regiomontano” era un efervescente centro de actividad política. Allí se ganaban o se perdían los “huesos”, es decir, los puestos políticos. Los que andaban tras ellos sólo tenían que estar bien enterados de los pasajeros y sus horarios, y sentarse “casualmente” en el comedor unos minutos antes de que el Gobernador o el secretario llegaran a cenar. Los asuntos de interés estatal y nacional solían discutirse y arreglarse en el bar, un lujoso y panorámico carro, el último del convoy.

En una ocasión yo debía viajar a la Ciudad de México, y como el tren procedente de Monterrey se tardaba en llegar, me subí al vagón de Saltillo. Mientras mis pequeños hijos dormían, yo leía el “Confabulario”, de Juan José Arreola. Después de un buen tiempo engancharon el carro y partimos. Durante la noche, nos detuvimos muchas veces. En la mañana vimos cómo se detenía el tren cada cierto tramo y los garroteros, que iban en un armón adelante del convoy, se bajaban y arreglaban las vías. Para poder hacer eso, la máquina iba a 10 kilómetros por hora. Un conocido viajero se bajaba por la puerta de un lado del vagón, corría en la misma dirección del tren, cruzaba las vías frente a la máquina, y regresando en sentido contrario, subía por la puerta del otro lado. Yo me preguntaba, recordando la lectura de “El Guardagujas”, de Arreola, en qué momento se terminaría aquel camino de acero y tendríamos que quedarnos a fundar un nuevo pueblo en pleno monte, o si el conductor, que de pronto venía hacia nosotros, nos ordenaría bajarnos, desarmar el tren, cargar las piezas y caminar hasta llegar a nuestro destino, como sucedía en el cuento cuando las vías desaparecían al llegar a un abismo. En tal caso los pasajeros desarmaban el tren, bajaban la hondonada cargando las piezas y subían el lado opuesto para armarlo nuevamente y continuar el viaje. En un tren mexicano, el viaje tenía una salida conocida, no así su fin y su destino. El conductor nos dijo que ya no había agua ni comida y que los viajeros podrían bajar en Huehuetoca, la próxima estación, y tomar un autobús a la Ciudad de México que pasaban cada hora por la carretera cercana. Puras mentiras. La carretera estaba lejos y el último autobús ya había pasado. Solamente bajamos tres conocidos saltillenses y yo con mis dos hijos. Conseguimos un viejo taxi que nos llevó a la estación de Buenavista, en la que mi hermano llevaba más de 16 horas esperando por nosotros, pues cada vez que preguntaba a qué hora llegaría “El Regiomontano”, le contestaban: “En media hora, señor”.

Así fue el servicio de pasajeros del Sistema Ferroviario Mexicano. Aun y cuando no podía saberse con certeza la hora de llegada a su destino, el tren le dio a México, y a Saltillo en particular, la oportunidad de viajar cómodamente en un coche-dormitorio, y a los políticos coahuilenses un mágico escenario, tan barroco como la política misma, para arreglar sus asuntos durante el trayecto nocturno de la capital a esta ciudad.