Lentamente creció nuestra ciudad en los primeros años de su existencia. La hicieron adelantar sus dos razas de pobladores. Los tlaxcaltecas no eran indios comunes y corrientes, sino señores principales. Los europeos no tenían a desdoro emparentar con ellos, y muchos hasta cambiaron el lugar de su morada, mudándose de la villa española al pueblo tlaxcalteca para acogerse al beneficio de que gozaban los llegados de Tlaxcala -ya quisiera yo para mí tal beneficio-, que consistía en no pagar impuestos.

Extendieron sus posesiones los tlaxcaltecas. Las tierras que hoy son de Arteaga les pertenecieron, pero las viudas de sus primeros propietarios las vendieron luego a españoles, uno de ellos con el aventurero nombre de Tenorio, y desde entonces no hubo población de tlaxcaltecas al oriente de Saltillo, y sólo en el poniente se quedaron. Es al oesste de la ciudad, a partir de la calle de Allende, donde hay calles con nombres como Xicoténcatl, Cuitláhuac, Moctezuma, Ahuizotl, que con esos nombres siguen todavía. La plaza que ahora la gente llama “del mercado”, o de Manuel Acuña, por encontrarse ahí la bellísima efigie que en mármol talló Jesús Contreras del infortunado poeta saltillense, se llamó  originalmente Plaza Tlaxcala, antes de que se le impusiera su nombre oficial, que no conoce nadie, que es el muy sonoro nombre de Plaza de los Hombres Ilustres.

Al poniente también se advierten todavía los últimos restos de las añosas huertas de los tlaxcaltecas que plantaron con sus manos y que desaparecieron con la agresión violenta de los tiempos, que llevaron concreto armado y asfalto no siempre bien armado a los sitios donde antes había sólo frondas umbrosas de árboles frutales. Y está en el poniente de la ciudad la panadería de los Mena, benemérita institución que cotidianamente hace el milagro de preservar para nuestro paladar y nuestro corazón el pan de pulque, herencia preciadísima en que se fundieron el trigo de los españoles y el jugo del maguey tlaxcalteca. Supongo que el pan de pulque de Saltillo es el manjar oficial del Cielo, si es que en el Cielo comen, y si no pues qué lástima y pésame mucho.

De buena masa eran también los hombres blancos que poblaron Saltillo. Había entre ellos, claro, aventureros desaforados que traían la vida en el filo de la espada. Pero no nos llegó aquella caterva de forajidos que hicieron otras poblaciones, carne de horca, gentuza de mala ralea reclutada entre lo peor de lo peor. Casi todos los que aquí llegaron: Juan de Erbáez, Baldo Cortés, Cristóbal de Sagastiberri, eran hombres que no tenían a mal encallecer las manos con la azada ni doblar las espaldas sobre el arado para lograr los frutos de la tierra. No había minas aquí, pero hallaron aquellos hombres el oro de las mieses y la plata de linfas cristalinas para regar sus sementeras. Se desmintió aquí la frase tan tristemente cínica, aplicada a las exploraciones y fundaciones en la Nueva España, que afirmaba que donde no había plata no entraba el Evangelio. Aquí entró, pues lo trajeron aquellos santos varones que se llamaron Lorenzo de Gavira, fray Juan Larios y otros de igual fortaleza y santidad. No podemos decir que son nuestros antepasados, pues por razón de su celibato no dejaron descendencia, pero de cualquier modo les debemos recuerdo y gratitud.