El 12 de diciembre inició el puente que la mayoría de mexicanos espera el resto del año. A esa licuadora mete el aguinaldo para pagar deudas y asumir otras. Agrega la Navidad, el Fin de Año y la fiesta de Reyes. Los más sofisticados suman el 2 de febrero, Día de la Candelaria. 

En este espacio nos sentimos Juan Diego resucitado, a pesar de nuestro racismo inveterado. De posada en tequila, imaginamos que México baila al ritmo de banda acumbiada o bachata salseada. E ignoramos nuestra falta de futuro: Porque vivimos a meses sin intereses, con salario mínimo elástico, trabajo inestable, canasta básica incompleta y crimen organizado en el tuétano de nuestra vida cotidiana.

En nuestro júbilo “lupereyiano”, le mentamos la madre a Enrique Peña Nieto; mientras cuetes chinos piratas estallan para enmarcar nuestro desahogo existencial ilimitado.

En ese período de tiempo, “la güeva nacional” sepulta con más indiferencia y desidia, las Casas Blanca y de Malinalco, los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, las matanzas de Tlataya, Tanhuato y Apatzingán, el trato racista a los migrantes, los desplantes de la clase gobernante, la caída del precio del petróleo, la enorme deuda federal y un Peso que se devalúa a madres. A ritmo de banda, cumbia, bachata o salsa, pensamos que las reformas estructurales son una pinche metáfora, y nada más. 

Esta batucada confirma que somos un “pueblo ritual”, con sus “colores violentos, agrios y puros y sus ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas”, que suceden del 12 de diciembre al 6 de enero del año siguiente. 

Durante esos días “silbamos, gritamos, cantamos, arrojamos petardos, descargamos nuestra pistola en el aire. Descargamos nuestra alma”. Y nuestro grito “sube hasta el cielo, estalla en una explosión verde, roja, azul y blanca y cae vertiginoso dejando una cauda de chispas doradas”.

Contrario a este carnaval “lupereyiano”, Riquelme, Guerrero y Jericó esperan el 2016 para desplegar con mayor fuerza sus respectivas estrategias para obtener la candidatura priísta a la Gubernatura; mientras Hilda, Enrique y Chema bailan “a la víbora de la mar” entre colaciones derramadas de las piñatas navideñas de cinco picos.

Después del jolgorio Lupe Reyes, regresamos a la inmisericorde realidad; mientras los políticos continúan construyendo la suya propia. ¿O no?