En la próxima Legislatura, la LXI, habrá tres diputados representando a la Unidad Democrática de Coahuila (UDC), dos más a Morena y uno al emblema del PRD. Seis que, sumados a las nueve curules que ocupará el PAN, integrarían un dique de contención contra el PRI.

Desarrollando esa hipótesis, se da por descontado que los 15 legisladores de oposición funcionarían como contrapeso del Poder Ejecutivo, que Miguel Riquelme no podrá entonces hacer su voluntad como los mandatarios que han gobernado la entidad en el pasado, que le amargarán la existencia y que deseará no haber sido impuesto como Gobernador.

Reitero: en la opinión pública esa versión se asume como dogma de fe. Pero ¿será realmente así?

Le tengo noticias: materializarlo es más difícil de lo que se cree.

Para empezar, nada garantiza que los seis congresistas de tres diferentes fracciones parlamentarias vayan a decantarse por el PAN, ni que repetirán alianza UDC y blanquiazules como lo hicieron en el proceso electoral estatal 2016-2017, ni que la unión de hecho materializada en el “Frente por México” (PAN-PRD-Movimiento Ciudadano) se concretará en Coahuila.

Eso sí, UDC, Morena y PRD inclinarán la balanza entre PRI (10 representantes) y PAN. Las posiciones irreconciliables de los partidos mayoritarios que votan como grupo encontrarán en ellos un veto player del debate parlamentario. Irónicamente, pese a ser minoría, sus votos valdrán más por significar el desempate y la victoria.

Y ahí nos acercamos al quid de la cuestión: ¿qué incentivos tendrían para irse con melón o con sandía?, ¿qué intereses los motivarían?, ¿qué estímulos?

Acostumbrados a comprar la disidencia, al autoritarismo, a pasar el rodillo e imponer, ¿qué otra cosa les ofrecería el PRI sino una tajada de los 47 mil 701 millones de pesos de presupuesto a ejercer en el Estado el próximo año? Si bien el ejercicio fiscal 2018 ha sido etiquetado para rubros específicos, existe un margen de maniobra para la discrecionalidad del gasto, espacio donde aplica la realpolitik.

O visto del otro lado del cristal: ¿qué otra cosa pedirían los partidos minoritarios, sino una rebanada del pastel? A quién le amarga un dulce. ¿Resistirían los cañonazos?

Por el contrario, también puede ocurrir que Miguel Riquelme no vea la necesidad de legislar y, a diferencia de su antecesor, pasemos del sexenio más productivo al más improductivo en ese tema, con una finalidad: desahuciar al Congreso por estrategia, minimizarlo y relegarlo de la agenda pública.

Al 15 de noviembre, una quincena antes de concluir su mandato, Rubén Moreira sumaba 230 iniciativas enviadas al Legislativo durante su administración. Un récord que será complicado superar, pues difícilmente se repetirán a futuro las circunstancias de su mandato (mayoría aplastante, sumisión absoluta).

Mucho, sin embargo, no es sinónimo de positivo. Cabría preguntarse, por ejemplo, qué impacto tuvo en la vida cotidiana de los coahuilenses ese ánimo reformista que lo llevó a plantear incluso una nueva Constitución, proyecto finalmente fracasado; o qué cambios hubo en Coahuila gracias a las 230 iniciativas presentadas por el exgobernador y, si acaso los hubo, si estos fueron trascendentales y determinantes.

Por lo demás, ¿en la práctica es indispensable cooptar al Legislativo para gobernar desde el Ejecutivo?, ¿qué pasaría en la entidad si Riquelme no promueve nuevas leyes ni modifica las existentes?, ¿estancamiento?, ¿recesión?

Cortita y al pie

Como nunca antes en la historia contemporánea, los resultados electorales del 4 de junio pusieron a los partidos políticos de Coahuila en posición de celebrar asambleas plenarias y elaborar agendas legislativas en serio. Por primera vez están obligados a cabildear si pretenden que avancen y se materialicen sus iniciativas, una por una, en cada votación particular. Tendrán que contrastarlas, consensarlas, hacerlas coincidir y negociar. Lo jamás visto. Y seamos realistas: nada nos asegura que así lo harán. Disueltas las ideologías y el espectro político de otros tiempos, queda sólo el pragmatismo y la mezquindad.

La última y nos vamos

Por todo lo antes expuesto, el bloque que batea todo lo proveniente del Ejecutivo a ciegas, y aprueba todo lo que huele a oposición en automático, es una utopía postelectoral. Ni las matemáticas de Pitágoras ni la teoría política de Montesquieu lo sustentan.

Que no haya ilusos para que no haya desilusionados: a partir del 1 de enero toparemos con la realidad.

@luiscarlosplata