Especial
Ese último kilómetro me demostró que la fuerza de voluntad es la base para salir avante de lo que sea que venga, es como si me hubieran gritado en voz alta que cuando tienes la determinación suficiente, vas a llegar hasta donde tú decidas

Mi grupo y yo nos dirigimos caminando desde la cabaña en Los Lirios, Arteaga, hacia el campamento donde nos entregarán el kit de la competencia. El clima es nublado y lluvioso, hay truenos de repente. Cielo cerrado. El verdor del camino es solemne. Levantar la cabeza es sentir la mirada poblada de una vida verde, como de bosque, a donde sea que veas habrá montañas. Me siento como en los Alpes Suizos aunque todavía no haya estado ahí. ¿De verdad existe todo esto a sólo tres horas de Torreón? Me parece inimaginable que el desierto termine ahí, en medio de esos cerros gigantescos que me observan deambular por sus faldas. El camino es lodoso.

Al recoger mi kit volteo a ver La Viga: altísima, majestuosa. Y yo: pequeña, apenas un grano de tierra en su tapiz. Me pregunto si realmente seré capaz de alcanzar su cima en menos de 3:30 horas (el tiempo límite para corte). Siento un poco de miedo, pero a la vez estoy emocionada por estar ahí. Es la primera vez que piso Arteaga. A la emoción se le suma una especie de nerviosismo, es que de verdad ver esas montañas de frente es una invitación a apreciar lo insignificantes que somos: una prueba de humildad.

Ahí está esa montaña, en sus árboles danza un misterio que te seduce para ir a conocerlo y te espanta a la vez. ¿Alguna vez han sentido una cosa así?

Domingo 8 de septiembre, 6:00 a.m.

Estoy lista. Me pongo de pie y despertamos con la noticia de que se vació el agua del tinaco. No tenemos agua, salvo un garrafón. Nadie se podrá bañar, primer golpe a mi ego. Ni modo, me pongo la ropa, los tenis, el número y el impermeable que mi amigo Josa me prestó. No me puedo peinar, quienes me conocen saben que mi cabello es un lío de por sí, me hago una coleta exprés y me voy a comer algo: un plátano, un pan con nutella, jugo de mango. Lleno mi mochila con el chocolate, los frutos secos, la barra de cereal, ¿será suficiente o tendré hambre?

Me echo un audífono a la bolsa, los bastones, el portacel en el brazo, ¿de verdad voy a aguantar llegar hasta allá cargando todo eso?

Salimos a las 7:00 para encaminarnos hacia la salida de la carrera. El camino sigue muy enlodado, hay charcos grandes en algunas áreas, patinamos. En mi grupo va Cornelia, una perrita amigable que se deja acariciar y que también subirá La Viga por primera vez, lleva su mochila de hidratación y todo el rollo. Es nuestra guía.

Al llegar veo a los demás e inspecciono si soy la única que lleva tanta cosa encima. La mayoría usará bastones e impermeable. Me quito una chamarra que llevaba pensando en el frío de la cima y decido abandonarla con tal de no llevar tanto peso. Me recuerdo que tendré que cargar todo eso a 3,700 metros sobre el nivel del mar (msnm) porque según Wikipedia, La Viga es el punto más alto de Coahuila y el segundo punto más alto de la Sierra Madre Oriental y del norte de México. Nuevamente cuestiono si realmente estoy preparada para esto, pero es tarde, estamos a menos de cinco minutos de iniciar el ascenso. ¿Qué ocurrirá?

Nos formamos y se oye el disparo de salida. Trotamos lento por la carretera encaminándonos hacia las faldas del cerro.

 

Al kilómetro y algo ya empieza la cosa: piedras, lodo fresco aún, una subida que poco a poco irá haciéndose más pronunciada. Conforme avanzamos por las entrañas de la sierra, los colores van haciéndose más oscuros, veremos arbustos de diversos tamaños, miles de raíces de árboles que me han advertido que no pise porque me voy a resbalar. Hongos extraños que nunca he visto, si acaso en libros, sonidos que van convirtiéndose en silencio poco a poco.

La gente está entusiasmada, van vigorosos ayudándose con sus bastones para ascender, yo me muevo con un poco de reserva, no me quiero agotar antes de llegar siquiera a la mitad, aun así jadeo. Mi equipo ya está adelante, trato de no ir a un paso cómodo porque no quiero que llegue la hora de cierre sin que yo haya alcanzado la cumbre. Las zancadas son largas en algunos tramos, en otros hay que ser más cuidadosos, de verdad estamos concentrados en ver dónde ponemos los pies porque cualquier error se paga con resbalones que terminan en caídas.

Voy atenta, a los pocos minutos de haber comenzado el ascenso siento que ya me cansé y que mi respiración está agitada. Pero no me quiero detener todavía. Conforme subimos volteo de vez en cuando hacia abajo y voy viendo todo lo que dejé atrás, el poco avance que he logrado. ¿Seré capaz de llegar? Sigo preguntándome. Estoy muy atenta a mis sensaciones, no quiero que me dé el tramafafa, como dirían mis tías. Estoy bien, respiro hondo la mayor parte del tiempo, una aspiración y dos exhalaciones alguien me recomendó, lo pongo en práctica.

Fotografía de Pepe Cruz.

Mentiría si dijera que fue fácil. Un señor atrás de mí dice: esta es la parte más sencilla. Me pongo fría al escucharlo, ¿qué nos espera? Seguimos ascendiendo, después de los primeros treinta minutos me detengo para tomar Electrolit de la mochila, sigo sintiéndome fuerte. He rebasado a algunos pocos, en general llevo un ritmo más o menos similar respecto de los que van a mi lado.

Siento que jadeo como perro y aún no pasa la primera hora, trato de tomar descansos breves de apenas unos segundos cada vez que me noto demasiado cansada. Miro a mi alrededor cada que puedo, quiero fotografiar mentalmente todo: las piedras, las hojas cubriendo el suelo, el color de la tierra (un café más claro de lo habitual y rojo en otras partes), la frondosidad de los árboles, la textura de los troncos. Todo me maravilla y aunque el cansancio está acumulándose, me siento feliz de estar ahí.

Conforme ascendemos el frío va sintiéndose más, respiro por la boca a veces y exhalo vapor. El impermeable me da calor, por supuesto que mi playera está ya remojada de sudor, juro que podría exprimirla. Tomo unos tragos de electrolitos y sigo. Me da energía sentirme fuerte y ver que avanzo o que, de repente, dejo atrás a quien me antecede. A veces un corredor me echa porras, me dice: venga, vamos hasta la cima. O me sonríe y yo correspondo a su gesto. Cuando alguien resbala los de atrás voltean para preguntar si está bien, cuando encontramos a alguien sentado le preguntamos si necesita algo.

No te imaginas el humanismo de un deportista hasta que vives cosas así. Todos estamos ahí con un mismo objetivo: alcanzar la cima. Pero todos somos conscientes de que podemos sentirnos mal en algún momento por las condiciones. Estar al pendiente de los otros es un acto de mucha amabilidad y amor.

Me siento protegida, sé que aunque mi grupo ya está muy arriba no estoy sola si algo llegara a pasarme. Un amigo me dice que lleva pastillas por si me duele la cabeza, se lo agradezco. Constantemente nos preguntaremos durante el camino cómo vamos, cómo nos sentimos, si estamos cansados. Esas preguntas me van infundiendo confianza para pensar que sí voy a lograrlo.

Llegamos al primer abastecimiento de agua en un espacio que parece ser un pequeño respiro: terreno plano. Hay plátanos, electrolitos y agua. Tomo suero y decido seguir sin quedarme mucho. Nos dicen que ahí es el km 2.5, pero al final me quedo con la idea de que no es así, que en realidad era el 1.5 o 2 a lo mucho. Pero en ese momento, ingenua, decido que sí. ¡Qué alegría que ya vamos a la mitad y ha pasado apenas una hora y media!

Sigo subiendo. Me imagino qué alivio sentiré al pisar la cima, mi emoción al ver qué hay arriba de todo esto. Conforme avanzo siento que todo ese esfuerzo se verá recompensado con la vista. De repente encuentro a un corredor que yo conozco y que va bajando, él no está compitiendo sólo fue a entrenar, le pregunto si falta mucho y me dice que sí, que vamos como en el km 1.7, me digo: no puede ser, si en el abastecimiento nos dijeron que era el 2.5. Dice que no, que casi llegamos al dos pero aún falta, sudo frío, algo se estremece dentro de mí.

Ahí es el momento en el que me digo: Diana, ya subiste casi dos, faltan tres, sí puedes. Ya no me pregunto si seré capaz de llegar arriba, tengo que empezar a decir que sí llegaré o mis dudas me dejarán estaqueada en medio de una sierra que se eleva infinitamente. Sé que podré hacerlo, me lo repito mentalmente y de vez en cuando me digo en voz alta: ¡vamos champ!

Alrededor del kilómetro tres me siento un poco mareada, estoy respirando mucho por la boca, lo noto y corrijo. Me detengo unos segundos, le muerdo a mi barrita de cereal que ya casi se termina, tomo electrolitos, respiro hondo y trato de no ver hacia arriba, entre más veas lo que falta más desesperante o estresante puede resultar. Más bien intento concentrarme en dónde pondré los pies, he tropezado varias veces, me he resbalado pero todavía no me caigo.

Sigo subiendo, es inevitable ver arriba en algunos momentos, y entonces contemplo lo frágiles que somos. Estoy ahí, expuesta, en medio de una montaña que me ve anclarme en su suelo con gran esfuerzo, llena de dudas. Pero de repente creo que debo cambiar esos pensamientos pesimistas por otros que me llenen de fuerza.

Estoy sola, hay más corredores cerca de mí, pero esencialmente estoy sola con esta encomienda. Nadie me va a cargar para ayudarme a llegar a la cima, nadie va a echar una liana para que yo la tome y todo resulte fácil y acogedor. Aquí viene uno de esos pensamientos que te separan del momento: tengo que hacer esto sola y tengo que hacerlo lo mejor posible. Siempre que se trata de cosas importantes estamos solos, piensen en cada cosa que han logrado o cada momento decisivo que han vivido: uno tiene que pensar y elegir solo, incluso ejecutar a solas. Quizá haya un equipo para apoyarnos en algunos casos, pero la mayoría de las batallas se fraguan con nosotros mismos.

¡Vamos campeona!, me repito cada vez que puedo o cada que me queda aire, no llevo más corredores cerca por lo que me siento en libertad de hablar conmigo misma en voz alta: lo vas a lograr, vas a ver la cima, creo en ti, tienes todo para lograrlo. Sabes que lo vas a lograr, no te intimides. Sigue adelante. Creo en ti. Me repito esas palabras como si de un rezo se tratara. No debo negar que a veces sentía miedo de que las fuerzas no me alcanzaran para subir siquiera y pensar en la bajada me daba una especie de vértigo por el tiempo y energía que implicaría, pero tenía que ser positiva.

Después del kilómetro 3.5 o 4 mi confianza aumentó en gran medida. Sentía que ya había avanzado mucho, sonreía y me alentaba con ideas que me ayudaran a sentirme fuerte. Pensaba en los motivos por los cuales deseaba llegar arriba: para verlo todo desde allá. Cada zancada estaba siendo una lección de humildad: somos tan pequeños y frágiles, tan fáciles de arrebatar a la tierra. Pero al mismo tiempo somos tan fuertes, tan voluntariosos, tan tercos y obstinados en lograr nuestros cometidos.

Somos una energía incontrolable cuando decidimos algo. No tenemos límites más que los que nosotros mismos fabricamos. Puede que mis músculos estuvieran adoloridos y que mi energía fuera menguando un poco, puede que mi espalda y brazos se sintieran cada vez más pesados, pero a pesar de todo eso, mi mente decía cada vez más alto: vas a lograrlo, lo vamos a hacer. Tú eres capaz de esto y de mucho más, recuerda todas las ocasiones en las que pensaste que no podrías hacer algo y lo lograste. Recuerda cada vez que sentías que no tenías ni una pizca más de fuerza para seguir intentando o empujando, pero decidiste continuar y llegaste más lejos.

Los pensamientos van abriendo paso a la creación de esa realidad. Estoy ascendiendo, ya no puedo detenerme a descansar, han pasado más de dos horas y media desde que empezamos, son las 11 de la mañana, el sol ya se siente un poco en la cara pero en general el clima de arriba es bastante frío. Sé que me quedan sólo 30 minutos para llegar arriba. Empiezo a ver corredores que bajan y pasan a mi lado, ven mi semblante de cansancio y sudor, sonríen amables porque ellos mismos han pasado por eso y me dicen que continúe, que siga adelante, que ya casi llego. Me alegro mucho cuando me alientan de esa manera, no nos conocemos desde luego, pero ellos ya pasaron por esa parte del camino y creen que lo lograré también.

Esa sensación de gratitud llena cada uno de mis huesos, se esparce por todos los huecos de mi cuerpo y me hace sentir que todos lo lograremos porque venimos aquí decididos. Digo “gracias” cada vez que alguien me impulsa con sus palabras. Un corredor me dice: ánimo, ya casi estás ahí, esto es lo más duro pero cuando llegues a la cima verás que valió mucho la pena.

Siento que esa promesa me colma y es suficiente para darlo todo, para seguir empujando lo más fuerte que pueda, sé que me veo cansada, sé que mis piernas pesan cada paso un poco más, me siento despeinada, escurriendo de sudor por la cara y el cuerpo, me siento agotada, esperanzada, abrigo la gratitud que fui acumulando a cada paso, estoy llena de emoción porque sé que me acerco desaforadamente a la meta, estoy apresurada porque no quiero sentir que se acabó el tiempo y me faltaron unos metros.

La cuesta del último kilómetro es brutal. Las piernas duelen, el alma está regocijante porque todo está a unos pocos minutos de terminar, el cuerpo está pesado, los movimientos son torpes y lentos por más que uno deseé que las extremidades respondan más rápido. Cerca de mí una mujer me dice: no se vale rajarse. Y sonrío y le digo que no, que no me voy a rajar. El sufrimiento físico que nos está costando se nota en nuestras expresiones faciales. Tampoco es que uno sienta que se va muriendo, pero sí llega un momento en que duele avanzar. Crecer duele, me dijo una vez una psicóloga. Y ahora yo pienso: avanzar duele también algunas veces.

El último kilómetro es como una prueba de voluntad. Es la oportunidad perfecta para que uno se dé cuenta de que lo que te ayudará a salir adelante de las situaciones difíciles de la vida no son tus habilidades, ni tu carisma, sino el corazón que echas por delante, esa fe que pones en tus actos, en tus pensamientos, en las palabras que dices y que te permites pensar. El último kilómetro me demostraría que si quiero lograr cosas que valgan la pena, cosas que después quiera contar a otros, tendré que poner todo lo que tenga de mí, dar hasta el último recurso disponible para lograrlo.

Ese último kilómetro me demostró que la fuerza de voluntad es la base para salir avante de lo que sea que venga, es como si me hubieran gritado en voz alta que cuando tienes la determinación suficiente, vas a llegar hasta donde tú decidas.

Y llegó el momento…, mientras pensaba esta y otras cosas, me dijeron que quedaban 100 metros, sentí que se me humedecieron un poco los ojos, pero no al grado de querer llorar. Di una bocanada de aire y exhalé mientras me empeñaba en subir a mi máxima velocidad. Sé que si alguien me veía de soslayo vería una velocidad lenta y torpe, pero mentalmente yo sentía que avanzaba con furia entre las últimas piedras empinadas.

Casi 20 metros antes de que terminara la subida me encontré a un amigo, al primero que me dijo que sí lograría subir, al que me invitó a viajar con ese grupo. Me dijo: ¡Dianita, ya llegaste! Le sonreí como pude y grité: ¡a huevo! Seguí subiendo, me acompañó en los últimos metros y me animó para cruzar la meta corriendo. Hay un espacio de alrededor de 200 metros planos antes de cruzar la meta. Yo sentía que ya no podía trotar, pero él me dijo que llegara corriendo para que todos aplaudieran, me reí porque no me importaba que nadie aplaudiera si en mi cabeza escucharía una fiesta entera al pisar la meta.

Corrí como pude, más bien troté feo, con los pies desgastados, me sentía como un pato corriendo y, finalmente ¡crucé la meta! Levanté los brazos y grité: ¡sí se pudo, por fin lo logré! Ya no me acuerdo qué otras frases dije. Luego aventé el impermeable, la mochila de hidratación y el portacelular y me dediqué a observar todo.

La cima es pomposa, exuberante, hermosa, es el sitio añorado: la tierra prometida. Es perfecta, vibrante. Mi dosis de endorfinas se dejó caer y no podía dejar de sentirme la mujer más feliz del mundo entero por haber sido tan osada para llegar hasta ahí. Tomé muchas fotos de mí arriba de las nubes, arriba de mi límite mental recién cruzado, arriba de mi orgullo hinchado tras la victoria. Todo me sabía riquísimo: el chocolate, el Electrolit, los abrazos y las felicitaciones de quienes estaban ahí.

-¿Cómo te llamas? -Diana Nápoles. Posición general: 113, posición rama: 37, tiempo oficial de ascenso 3:05:20 horas, posición categoría: 7. Edad: 29.

Tras una pausa decidí llevármela calmado en el descenso, sabía que sería inevitable darme uno que otro sentonazo: fueron tres para ser precisos; uno doloroso, dos más o menos. De regreso iba muy concentrada viendo dónde ponía cada pie, hablaba poco, veía todo el tiempo al piso para ver dónde podía encajar los bastones. Me sentía agradecida y confiada, además de que iba en una especie de fila india con varios corredores más.

Íbamos siguiendo el caminito de tierra por donde se veía pisado, pero al no levantar la vista mucho, torcimos el camino quién sabe en qué momento y nos perdimos. Notamos que ya no era el camino del ascenso porque desconocimos algunos tramos, nos dimos cuenta de que no había listones colgados de las ramas de los árboles que marcaban la ruta de la carrera, pero tratamos de seguir ese camino, al fin y al cabo íbamos bajando.

De repente quedamos sólo cuatro personas porque algunos se atrasaron. No teníamos idea si estábamos abriendo la brecha y eso nos costaría un kilómetro extra, deseábamos volver a la senda correcta pero no sabíamos nada: ni dónde estábamos ni por dónde debíamos continuar. No había otros caminos “pisados” así que seguimos por ese.

Empezamos a gritar y a lo lejos alguien nos contestaba, fuimos siguiendo más o menos el camino pisado y la voz hasta que llegamos al primer abastecimiento de agua donde nos detuvimos en el ascenso, notando que habíamos llegado por otro lado que no era el “oficial”. En ese momento me sentí aliviada porque el cielo estaba empezando a tronar y las nubes amenazaban con dejar caer un chubasco sobre nosotros.

Bajamos lo más rápido posible como pudimos, teniendo más de un resbalón extra y muchos frenones con los tobillos y rodillas para no caer. Poco a poco la montaña nos fue expulsando de su intimidad y los árboles empezaron a escasear para dar entrada a sus faldas llenas de rocas. Al fin pisamos tierra firme y corrí lo más fuerte que pude para llegar a la meta, poca gente estaba ahí, la mayoría ya había bajado.

Al fin exhalé lento, llegué trotando al sitio donde me pusieron la medalla y dije: ¡gracias! Tomé un plátano de una caja y me lo comí aceleradamente, aún sin poder comprender del todo lo que acababa de pasar.

¡Lo hice!, pensé. Me duele todo, estoy entera, ¡no me morí! Wow, me encantó estar arriba de las nubes, ya quiero sentarme a contárselo a mis amigos y a mis papás. Qué locura, seguro algún día mis nietos sabrán que su abuela subió la montaña más alta de Coahuila nada más para ver de qué era capaz. Fin.