La Pastorela de Coahuila en sus siete funciones del 8, 9 y 10 de enero fue, sin duda, un éxito en cuanto a asistencia se refiere, con cerca de 8 mil personas en total que acudieron al espectáculo y disfrutaron de la música y los bailes. 

Sin embargo, el producto adolece en muchos sentidos y no ha estado exento de críticas negativas por parte de la audiencia.

Si bien esta producción del Instituto Municipal de Cultura no es una obra de teatro, sino una pieza de teatro musical —o incluso un espectáculo musical sin mucho de teatro—, se encuentra repleta de contradicciones entre las intenciones que sus productores anunciaron que tenían para ella y lo que realmente se observó en escena.

Pues luego de que en reiteradas ocasiones se comentara cómo en ella se daría cabida a expresiones y elementos de las diversas culturas regionales, en su ejecución nos encontramos con que, o sólo fueron presentados como guiños en vestuario o escenografía o, en el peor de los casos, fueron sacados de sus contextos e introducidos por la fuerza en una narrativa sin pies ni cabeza.

A pesar de estar basado en la ya conocida historia de la Natividad, y de tener como base los textos de las pastorelas ejidales de Palma Gorda y El Jazminal, no logra darle cuerda a su propia historia.

El texto dedica el primer acto a establecer personajes y conflictos que se antojan interesantes pero que en la segunda mitad nunca vuelven a ser mencionados —los problemas maritales de los pastores protagonistas y las inseguridades de Luzbel entre otros aspectos de personajes secundarios— pues en ese punto se convierte en una pastorela como cualquier otra y se resuelve sólo el conflicto entre el bien y el mal de la manera habitual, con el añadido de la música regional.

Pero lo más criticable no son estos detalles argumentales, lo sobrecargado de actividad que se siente en ocasiones, las fallas técnicas en el audio que impidieron, al menos en la primera función, escuchar con claridad los diálogos, el mal trabajo de iluminación que encandilaba al público y opacaba a los artistas —cuyos solistas hicieron un trabajo impecable y merecen mención por su buen trabajo vocal y físico—, o lo desafinado del coro, sino la ligereza con que los productores tomaron prestados elementos de otras culturas y los convirtieron en un espectáculo.

Mencionaré en particular dos situaciones: la participación de un grupo de matlachines y la inclusión de versos originales de las pastorelas ejidales.

Estos danzantes, cuyo arte está dedicado a la veneración de un santo o virgen, fueron puestos sobre el escenario durante un segmento dedicado a la presentación de nada menos que el propio Luzbel e incluso posaron como guardias para su entrada.
Tal acción, proveniente del Instituto Municipal de Cultura y de Iván Márquez Morales, su director y uno de los principales promotores de esta tradición y quien incluso ya comenzó los trámites para convertirla en Patrimonio Cultural de la Humanidad es, por lo menos, contradictoria.

En una entrevista publicada el 25 de mayo del 2018, los investigadores Antonio Macgregor y Silvia Olvera, traídos por el propio IMCS para supervisar el proceso, comentaron la importancia de preservar la esencia sin intervenciones externas a aquellos que practican la expresión.

“Si, por ejemplo, al rato se arma el ‘show de los matlachines’ para las ferias comerciales y para esos shows ellos tienen que modificar la coreografía para hacerla más adecuada a esa feria, ahí ya se está corriendo un riesgo, porque no son los protagonistas bajo las lógicas tradicionales los que están orientando las transformaciones”, comentó en esa ocasión la dra. Olvera.

De manera similar, los versículos que llegaron a formar parte de la Pastorela, tomados de los textos originales que Miguel Sabido recolectó, cuya intención original es ser alabanzas, en esta ocasión se mezclaron con chistes de memes y hasta llegan a ser interrumpidos por un “¡ya siéntese señora!”

A todo esto se suma una descarada escena de propaganda para el ayuntamiento de Manolo Jiménez Salinas, sin mencionar la presencia de personajes cuyas personalidades estereotípicas, aunque se presentaron por los productores como “crítica social”, en realidad sólo son otras caricaturas más de machismo y homofobia.

Y a pesar de lo anterior, las miles de personas que acudieron lo disfrutaron e incluso los invitados del ejido Palma Gorda aseguraron en entrevista que están conscientes de que se trata de un espectáculo divertido, y sin duda lo es, pero ante la noticia de la intención de crear un consejo para darle perpetuidad a esta producción, más vale estar al pendiente de que los contenidos de futuras ediciones sepan equilibrar la difusión cultural con el entretenimiento de manera respetuosa.