Haga usted un esfuerzo de memoria. ¿Cuántas veces ha escuchado al presidente Andrés Manuel López Obrador señalar, como un signo diferenciador entre su gobierno y los del pasado, el hecho de haber convertido en “delito grave” la corrupción? Seguramente le resultará, como a cualquiera de nosotros, muy difícil llevar la cuenta.

Pero como el Iluminado de Macuspana repite su mantra sin cesar pues la gradería, cuyos integrantes no tienen –ni quieren tener– fuentes alternas de información, lo da por hecho y lo repite a su vez.

Pero hoy le ha llegado el día de la prueba de fuego a esa afirmación. Y esa prueba es el “Caso Lozoya”, un “emblemático” caso de corrupción, según lo ha repetido hasta el cansancio en los últimos días nuestro Perseo de Pantano, el “Domador del Coronavirus”.

¿Cómo es eso? Muy simple: si el caso de Emilio Lozoya es uno sobre corrupción, entonces habríamos de juzgar lo ocurrido en los últimos días, del 17 de julio para acá, a partir de los ofrecimientos y afirmaciones de mister Yo Siempre Tengo Otros Datos.

Primero: Lozoya llegó al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en medio de una enorme expectativa. Lo esperaba una nube de reporteros a la salida del hangar de la Fiscalía General de la República (FGR). Cuando finalmente “salió”, los periodistas “persiguieron”, literalmente, el convoy en el cual presuntamente viajaba el exdirector de Pemex.

Al llegar al Reclusorio Norte, miles de flashazos acribillaron la unidad donde un individuo fingía ser Lozoya. Todo había sido un ardid para distraer a la prensa y llevarse “al gran corruptor de Pemex”, a escondidas, a un hospital privado porque su estado de salud era “terrible”.

Segundo: cuando finalmente se dijo la verdad se “explicó” la razón del “no arresto” del extraditado: los médicos le diagnosticaron, apenas pisar suelo azteca, un gravísimo problema en el esófago y una todavía más grave anemia… su cuerpo no habría resistido ni un minuto en prisión.

Tercero: poco más de una semana después de haber sido instalado en una confortable suite del hospital Ángeles del Pedregal, Lozoya fue finalmente “molestado” por sus captores para presentarle ante un juez. Pero como sigue estando “grave” de salud no se le podía trasladar a un juzgado… pues se decidió hacerle comparecer por videoconferencia.

Pero los morbosos nos quedamos otra vez con las ganas de ver cómo luce Emilio Lozoya… aunque sea en bata de hospital. Los muy garantistas integrantes del Poder Judicial Federal decidieron no darnos acceso a la audiencia, no fuéramos a hacer “mal uso” de las imágenes. Y entonces nos “informaron” vía WhatsApp.

Cuarto: durante dos días, en maratónicas jornadas de 10 horas (cómo aguantan los individuos “gravemente enfermos” y “severamente anémicos” si se les interna en un buen hospital), a Lozoya se le leyeron los detalles de sus tropelías como director de Pemex y se le permitió argumentar en su defensa.

Quinto: aunque “la corrupción es delito grave”, es decir, no se puede enfrentar el juicio en libertad, la Fiscalía General de la República no solicitó al juez la prisión preventiva para Lozoya, sino solamente la colocación de un brazalete electrónico, así como el retiro de su pasaporte y visas.

Sexto: el juez de la causa concedió seis meses al Ministerio Público para concluir su investigación y así pasar a la siguiente etapa del proceso. En esos seis meses no pasará absolutamente nada en este caso. Bueno, sí pasará algo: el señor Lozoya podrá desayunarse cómodamente en cualquier restaurante de Polanco o en la terraza de una suite en cualquier playa del País.

Es imposible no hacerse preguntas ante tales hechos. Por ejemplo, las siguientes:

¿Cuál es la razón por la cual Emilio Lozoya, uno de los epítomes de la corrupción del sexenio de Peña Nieto, no ha pisado la cárcel ni un segundo en México? (porque en España, by the way, sí estuvo arrestado).

¿Cómo se explica la contradicción entre las afirmaciones reiteradas del Mesías Tropical sobre la clasificación de la corrupción como “delito grave” y la conducta de la FGR cuyo titular decidió no acusar de nada “grave” a Emilio Lozoya?

Aun cuando los delitos por los cuales se acusa a Lozoya no son graves, ¿cómo se justifica el ni siquiera haber pedido la prisión preventiva al juez? Ya si el juez se las negaba era otra cosa… ¡Pero ni siquiera lo solicitaron!

Los hechos por los cuales se señala a Lozoya, ¿son actos de corrupción o no? Y si son actos de corrupción, ¿cómo esos actos no son “delito grave”? Y si no lo son, ¿cuál es la razón para repetirlo todos los días en la mañanera?

Todo es muy raro con esta transformación de cuarta. Solamente renunciando al uso de las neuronas y a la capacidad de pensar es posible asumir como cierto el discurso esquizofrénico de un gobierno cuya estrategia de combate a la corrupción encuadra exactamente en la definición de corrupción.

Seguiremos en el tema…

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.