A la amiga y actriz 
Lety Villalobos
In Memoriam

El hecho es que las circunstancias nos enfrentan de manera abrupta frente a uno de los actos más enigmáticos y angustiosos de la conciencia humana: la muerte. Ante ella, todo proyecto, todo objetivo, todo anhelo individual queda definitivamente cancelado o interrumpido.

¿Es así? ¿La muerte es una interrupción, una cancelación de la vida? No tengo la menor idea. Me remonto a ciegas al más antiguo Oriente, a lo que se sabe o cree saberse de las culturas más remotas del mundo, a lo muy poco que he llegado a intuir sobre el “conocimiento hermético”, tratando de hacer a un lado la hojarasca de la charlatanería. Pero no consigo poner nada en claro.

Más allá del melodrama y la cursilería, quisiera adoptar una actitud de “distanciamiento” o de “extrañamiento” ante el fenómeno del morir. Las condiciones que hoy vivimos han levantado un espeso muro ante nosotros, un muro cuya presencia es inevitable advertir. 

Ahí está, obstruyendo la “normalidad” –si así puede llamarse al caos geopolítico- bajo cuyo amparo habíamos venido viviendo hasta hace unos meses. 

El contagio es real, muy real. Todo esto, por desgracia, no es una novela de Albert Camus, H. G. Wells o Philip K. Dick. Y el desenlace de ese contagio puede ser la muerte. Punto. Es así de simple y amargo. Frente a una amenaza tan contundente, muchos, especialmente los viejos, debemos preocuparnos por poner ciertas cosas en orden.

Porque el péndulo oscila y desciende quién sabe a qué velocidad sobre todos nosotros y eso ejerce un efecto un tanto paralizante. Lo extraño es que necesitamos movilizarnos antes de que nos alcance el final, un final que, en este momento, parece más inminente que nunca. ¿Por qué digo “extraño”? Porque en circunstancias como éstas nos enfrentamos también a algo que podría llamar “petrificación reflexiva”, “inmovilidad cavilosa” o algo así.

La perplejidad y el miedo nos hunden lo mismo en la necesidad de resolver asuntos familiares, domésticos, legales y otros, pero también nos ensimisman, nos abisman en el agujero negro por excelencia de la conciencia humana: “¿Me moriré? ¿Éste es el final? ¿Qué fue de todo lo que hice? ¿Sirvió de algo? ¡Cuánto tiempo perdí en futilidades! Jamás pensé que terminaría de esta manera”.
Supongo que cualquiera que tenga un poco de conciencia se preguntará cosas como éstas, a menos que de verdad sea un sabio, un virtuoso o
 un pedante (con sus femeninos incluidos, sí, sí). No es necesario ser un filósofo profesional para pensar.  

Pero no podemos permitirnos el lujo de la inmovilidad. No soy químico ni médico ni un experto en virología: soy, simplemente, un profesor de Literatura y un escribidor. Y hoy, más que nunca, me pregunto si esto tiene algún sentido. ¿Lo tiene? La respuesta es sí, por supuesto que lo tiene. Pero esa respuesta no se origina ni en la egolatría ni en la vanidad, su fantástica hermanastra.

La gente suele despreciar las artes, las humanidades, la poesía, la filosofía y entronizar las ciencias, la tecnología -y el dinero, claro- como los grandes dioses de la civilización. Y aunque admiro profundamente los hallazgos de éstas, desde la invención de la agricultura y la rueda, no termino de concebir el mundo sin la presencia del arte y de otras expresiones del espíritu. No todo en la humanidad se reduce al “método científico”, eso está clarísimo. Tampoco al dinero, a pesar de que el tenerlo nos brinde cierta comodidad y una ilusoria tranquilidad.

Y aunque el dolor, la incertidumbre, la angustia, el pavor de saberse “echado en el mundo” difícilmente puedan expresarse con un instrumental tan precario como el lenguaje, el hecho solo de intentarlo ya es un acto de heroísmo, uno similar al de Ícaro o al de Faetón, mitos a los que con frecuencia alude Sor Juana: sí, me refiero al sublime fracaso.

Decir esto en estos momentos suena inoportuno y estrafalario. Porque ¿de qué nos sirven ahora los diálogos de Platón, la Odisea de Homero, la Comedia de Dante, El Quijote de Cervantes, la poesía de Garcilaso, Blake o Wislawa Szymborska? ¿Qué utilidad tienen las reflexiones de Pascal, Nietzsche, Heidegger, Adorno, Benjamin o María Zambrano?

Entresaco apenas unos cuantos nombres de la inmensa cultura acumulada a lo largo de milenios. Pero lo que hoy necesitamos es un antídoto contra el veneno del virus letal, no versos ni sistemas filosóficos; lo urgente ahora es ese antídoto, no Tiziano, no Vermeer, no Matisse, no Bach, no Shostakovich, ¿no Los Cadetes de Linares?

Sin embargo, ¿por qué acudimos a la Intangibilidad de lo sagrado? La semana anterior hablé un poco de esto de modo tangencial. Ayer mismo alguien me envió un video en el que se ve cómo una niña pequeña pide a Diosito que por favor detenga esta pandemia, que ya la detenga, porque ella quiere ir a la escuela como antes, ver a su maestra y a sus amiguitos, abrazar a sus abuelos y convivir con sus padres como hasta hace unos meses


La pequeñita no tiene más de seis años. Y no necesito decir la conmoción que sus palabras y su llanto irrefrenable provocaron en mí. Al principio no escuché bien de qué hablaba porque sus lágrimas y su vocecita entrecortada se lo impedían, pero al revisar de nuevo el video, comprendí que aquello era la plegaria de una niñita que no podía más con esto.

Dirigía sus palabras a la Divinidad, a lo Sagrado Intangible: aprendida o no, esta disposición parece inherente a casi todos los seres humanos. Los nombres directos o indirectos de ese Ser son múltiples y pueden mencionarse en cualquier latitud. La pequeñita decía Diosito: ésa fue su manera de nombrarlo. Y de hecho, cuando estamos en apuros, muchos cristianos así lo llamamos.

Por el momento no se requiere –o no tengo el ánimo- de acudir a la historia de las religiones, a los grandes sistemas filosóficos o antropológicos: todos mis supuestos se derrumban en los corredores de la memoria. La “vacuidad” parece ahora el único refugio, la única noción que puede ofrecer un poco de serenidad.

La semiótica, la hermenéutica y la estética de la recepción quedan tiradas en el desván, lo mismo que cualquier sofisticada red de teorías y corrientes intelectuales. Al fin y al cabo, no sé si todo eso tiene verdadera relevancia ante el dolor de una pequeñita que ruega porque esto termine.

EPÍGRAFE
Javier Treviño Castro