Ilustración: Vanguardia/Liliana Pérez

Por: Martha Santos de León

Penacho:

Mijo, no sabes el alivio que sentí cuando me enteré de que estás vivo. Fueron siete años sin saber de ti. Yo ya te había dado por muerto. Cuánto le agradezco a tu amigo Pepe Gallo que me haya traído noticias tuyas. Me dijo que él estuvo en la misma cárcel que tú, pero se aclaró que no tuvo nada que ver con el asunto ése de la casa de juegos que reventó la policía en la frontera y que por eso lo dejaron libre después de tantos años. Que nomás le dijeron “usté disculpe”, como si con eso le devolvieran el tiempo que pasó lejos de su mujer.

El chamaquito que dejó casi recién nacido ya sabe ler y escrebir y hasta hace cuentas. Es retelisto el muchachito. Lo malo fue que a ella la encontró arrejuntada con otro que le hizo dos bodoques más. La ñora también pensaba que Pepe Gallo se había muerto, y nada, que lo encerraron nomás porque te fue a buscar al garito unos minutos antes de que los cuicos armaran su relajo.

 Me contó que fueron ellos los que empezaron la balacera y se echaron a varios cristianos que estaban allí, y que luego los culparon a él y a ti quesque porque eran gente de un tal Stéfano.

Desde que te fuiste, me arrepentí de las veces que maldije la hora en que te encontré solo entre aquél montón de basura, llorando de hambre y de frío. Eras un cachorrito que no podías ni caminar, nomás chillabas. Los remordimientos me atormentaban cuando me convencí de que te habías petatia’o.

Hace mucho que yo había entendido que no eras malo, sino que te faltaba una mamá, pero cada vez que me matabas una gallina por pura diversión, o la cuando le quebraste la pata al “Sultán” nomás porque te mordió un zapato, yo pensaba que te habían abandonado porque desde que naciste enseñaste que no ibas a ser bueno.

Si me vieras ahora. Estoy hecho un viejo inútil. Todavía hago juguetes con la basura que salgo a pepenar, y no falta quién me los compre, pero cada vez se batalla más. Las riumas me han puesto las coyunturas de los dedos duras como nueces y ya casi no veo. Para levantarme de la silla, con estos pies hinchados como sapos es un problema hasta caminar a la cocina para hacerme un café, cuantimenos podré pensar en ir tan lejos a visitarte en el bote donde estás.

Yo creo que ya no tardo en morirme, Penacho, pero mientras eso pasa, yo le rezaré a la estrella de la mañana pa’ que estés bien, de perdida de salud, porque de ánimo ha de estar cabrón viviendo ahí encerrado y sin poder comprobar que no asesinaste a nadie. Habría sido bueno que tu vida diera buen fruto y no se pudriera como pasó. Habría sido bueno que yo te diera buen ejemplo y no me vieras perdido entre alcohol del barato, y que lo poco que gané lo ocupara en nuestro provecho.

Me dijo Pepe Gallo que como ya no tiene nada que hacer aquí, regresará a la frontera y se ofreció a entregarte esta carta. Espero que pronto pasen los 30 años que te dieron de cárcel, aunque yo ya no vuelva a verte.

     Después de todo este tiempo de creer que la muerte te había llevado de mí, aprendí que no te tengo miedo sino lástima y te pido perdón por no haber sido el padre que necesitabas. Ahora estoy muy seguro de que quiero que seas mijo de verdad.

Ruperto

 

Papá:

Hace como seis meses que Pepe Gallo me dio tu carta. La leo y la leo y ya casi se le borraron las letras, pero aquí la tengo conmigo.

Cada día que pasé en esa celda que me tragó como si fuera una ballena, he pensado que el peor castigo lo tuve afuera, al lado tuyo y que no tenías razón cada vez que me decías que soy un pendejo bueno para nada. Todavía no sé qué hice para no merecer una palabra de cariño del que veía como mi padre. Ya entendí que me bastó haber nacido para recibir insultos y chingadazos desde antes de hablar y caminar.

Lo único mejor que hiciste por mí fue darme un nombre chido, pero nunca me dijiste José Ignacio, sino Penacho, sabiendo que ese pinche apodo culero me cae en los güevos. Ahora pienso que es una maldición. Por no poder comprobar que no maté a nadie, me voy a pasar un buen rato aquí en el penacho de Ciudad Juárez.

Cuando me cortaron la pierna el día que me dieron un escopetazo en la trifulca que se armó en la cárcel, decidí que estás equivocado, que no soy un inútil y que no me pienso arrastrar. Yo solo me hice una pata de palo que se me hunde en la carne a cada paso que doy, pero no me la pienso quitar, pa’ que no se me olvide todo lo que me cuesta ir pa’ delante, porque no me da la gana quedarme atorado entre la mierda, como estás tú.

Sí cometí un delito, pero no fue matar. Cuando quemamos las celdas y se armó el desmadre con el humo y la lumbre, yo y los compas que se unieron a mí, nos aseguramos de no chingarnos a ningún preso. Los policías no son gente, por eso no creo que sea crimen haber borrado del mapa a dos y hasta gusto me da. Así pude salir del tambo sin esperar los 30 años que dura mi sentencia.

La verdad, no me quedaba paciencia para esperar a que Magda Azul, la abogada que está haciendo sus prácticas en el penal, presentara pruebas de que yo no me eché a los muertos que me achacan, así que me la jugué y ya estoy afuera por mis propios medios. Lo que sí me duele es que ya no la voy a ver, porque parece que así, cojo y narizón, sí le andaba yo gustando, pero no tengo corazón para hacerle daño. Qué gano con enamorarla si pienso cobrarte cada putazo que me diste, Ruperto.

Puedes estar seguro de que no te estoy diciendo mentiras, aunque si me crees o no, es tu pedo. Siempre piensas que te estoy engañando. Mentiroso, me decías cuando te conté que a “Sultán” lo atropelló un camión de la basura, pero tú crees que yo le quebré la pata.

El día que salió de la cárcel, le dije a Pepe Gallo que ya no me buscara más, que yo no soy una buena compañía y menos para él, que siempre ha sido un bato de buen corazón. Me aconsejaba para no meterme en problemas, pero ya ves, Ruperto, nunca le hice caso. Por eso me metieron a la cárcel, por ir a ese congal nomás pa’ hacerlo enojar y me salió pior, porque me llevé entre las patas al único buen camarada que he tenido.

Cuando tengas esta carta en tus manos engarrotadas y enfrente de tus ojos cegatones, yo estaré queriendo ver tu cara. Has de tener el mismo miedo con que yo recibía cada uno de los chicotazos que me acomodabas, el mismo terror con que miraba tus ojos rojos y saltones viéndome mientras me estrellabas el cinto en el cuerpo, porque ya sé que ahora viejo, solo y enfermo, necesitas un hijo de verdad que apoye tus pasos débiles.

Yo nomás quería que me protegieras, aunque no me quisieras, para saber qué se sentiría que me respetaras de perdida un poco.

Alégrate, papá, porque ya no vas a estar solo. Mi odio y tu culpa te acompañarán de ahora en adelante. Y también el miedo que dices que no me tienes, porque no te imaginas en qué momento llegaré a cobrarte los madrazos con que me enchuecaste la vida.

José Ignacio

 

 

Martha Santos de León

PERIODISTA (Monterrey, 23 de febrero de 1966) Psicóloga. Dedicada al periodismo desde hace 36 años. Premio Estatal de Periodismo 1999. Primer lugar en Concurso de Cuento Naturaleza convocado por la Secretaría del Medio Ambiente de Coahuila. Actualmente es editora general en El Pionero de Ramos Arizpe. Forma parte del diplomado “El Cuento. Su teoría y ejercicio” impartido por Alejandro Pérez Cervantes en la Universidad Iberoamericana campus Saltillo.