Se vale ser parcial, pero valdría la pena ser honestos para reconocer las posiciones que se defienden y no que se manosee la Doctrina Estrada

El actual Gobierno de México ha reiterado, en múltiples ocasiones, que en materia de política exterior se ciñe a los principios de la “Doctrina Estrada” según los cuales se rechaza cualquier injerencia en la política interna de las demás naciones del mundo.

La Doctrina Estrada -vigente en México desde 1930- parece a primera vista una posición válida porque reconoce el derecho de todas las sociedades del mundo a decidir libremente su propio destino. Sin embargo, en los hechos, ésta fue largamente una de las coartadas que el régimen priísta utilizó para rechazar los señalamientos provenientes del exterior en relación con la ausencia de democracia en el país.

Con el advenimiento de la normalidad democrática y la consolidación de la alternancia en el poder presidencial de distintas fuerzas políticas, pareciera sensato recuperar los principios de no intervención y libre auto determinación de los pueblos como eje rector de la política exterior del país.

Sin embargo, pareciera que la administración de Andrés Manuel López Obrador ha decidió más bien recuperar la Doctrina Estrada como un instrumento para asumir posición, de forma selectiva, respecto de lo que ocurre en otros países de la región.

Lo ocurrido en Bolivia, con la renuncia de Evo Morales a la Presidencia de la República, parece un buen ejemplo de esta posición. Y es que, aún cuando la administración López Obrador sostiene discursivamente que su posición es “de neutralidad”, sus actos revelan que toma partido.

Resulta muy difícil entender como un acto de neutralidad el hecho de calificar de “golpe militar” lo ocurrido en Bolivia y aún más el hecho de utilizar los recursos de los contribuyente para “rescatar” a Evo Morales de su propio país enviándole un avión de la Fuerza Aérea para traerlo a México.

El canciller Marcelo Ebrard ha dicho que Morales “respondió a nuestra invitación y solicitó verbal y formalmente asilo político en nuestro país”, con lo cual reconoció la existencia de un posición proactiva de México en el caso. En otras palabras, Evo Morales llega a México porque “lo invitamos a venir”, no porque él hubiera llegado a una de nuestras embajadas y, menos aún, a cualquiera de nuestras fronteras.

Y no sólo eso: como el expresidente boliviano “aceptó” nuestra invitación, nosotros le enviamos de inmediato un avión -que no usa ni siquiera nuestro propio Presidente- y le solicitamos a los gobiernos de diversas naciones permiso para sobrevolar su espacio aéreo, a fin de que el líder cocalero pudiera llegar cómoda y rápidamente a México.

Eso no es neutralidad sino parcialidad. Y se vale ser parcial, pero valdría la pena ser honestos para reconocer las posiciones que se defienden y no que se manosee la Doctrina Estrada para, cuando así conviene a la ideología del Gobierno de la República, evitar pronunciarse respecto de la existencia de gobiernos dictatoriales en América Latina, pero apresurarse en ir al rescate de socios ideológicos cuando es necesario.

Por lo demás, actos como este sólo contribuyen a la polarización del país que ya se encuentra suficientemente dividido por la agenda doméstica como para sumarle elementos del exterior.