El miedo a lo desconocido siempre ha sido uno de los peores enemigos de la sociedad humana. Enfrentarnos a una amenaza cuyo origen y consecuencias no sabemos explicar -porque nos los podemos comprender- genera un sentimiento de angustia difícil de combatir.

La mecánica del fenómeno es sencilla: basta con poner a circular una historia -falsa o verdadera, en realidad eso no importa- que implique la existencia de un riesgo -de preferencia un riesgo difícil de identificar- que puede provocarle daño a cualquier persona, para generar psicosis colectiva.

El ejemplo más cercano que todos conocemos es el de las múltiples profecías sobre el fin del mundo. No importa cuántas veces resulten erradas, la siguiente versión del cataclismo siempre tiene éxito y es “comprada” por un número importante de personas.

Y es que frente al riesgo potencial todo mundo -o casi- experimenta una sublimación del instinto de supervivencia y se siente impulsado a tomar todas las medidas a su alcance para protegerse, aún cuando el riesgo real a que se encuentre sometido sea cero, o muy cercano a ese valor.

El comentario viene al caso a apropósito de la auténtica psicosis que ha provocado la publicación de algunos casos de personas mordidas por ejemplares de “araña violinista”, circunstancia que ha generado una reacción como si sufriéramos una invasión de tales arácnidos y la víctimas de sus ataques se contaran por miles.

La referida especie no es un mito, eso debe decirse con toda claridad. La peligrosidad de su mordedura tampoco y, mucho menos, la necesidad de reaccionar de forma inmediata si se corre con la mala suerte de ser atacado por un ejemplar de estos.

Pero la incidencia de casos en Saltillo -y en México en general- es muy baja. Existen otras causas de riesgo para la salud y la vida que provocan muchas más muertes al año alrededor de nosotros, a las cuales no prestamos importancia y que, por supuesto, no generan la psicosis que ha provocado la aparición de los más recientes casos de mordeduras de araña.

No se trata, por supuesto, de minimizar el riesgo que implica el ser mordido por uno de estos insectos, ni de convocar a despreciar las medidas preventivas que es posible adoptar para disminuir la posibilidad de un ataque.

De lo que se trata sí, es de llamar la atención respecto de un hecho puntual: si decidimos ocuparnos de todas las amenazas -reales o no- que existen para nuestra salud e integridad, terminaremos seriamente afectados de nuestra salud mental pues algo existe a nuestro alrededor son peligros potenciales capaces de sacarnos violentamente de nuestra zona de confort.

Es necesario tomar precauciones, desde luego, y adoptar un estilo de vida que no nos lleve a tentar el peligro de forma permanente. Pero tampoco es sano refugiarse en el extremo opuesto y vivir en un esfuerzo permanente por conjurar las amenazas a nuestra integridad.