Especial
En entrevista, la dramaturga coahuilense Nora Coss, que recién recibió el Premio Bellas Artes Juan Rulfo habla sobre su trayectoria y la novela galardonada

Conocí a Nora Coss en noviembre de 2017; estaba a dos días de estrenar su pieza teatral “El Club de los Diagnosticados”. Me citó en un Starbucks de la Colonia del Valle en la Ciudad de México. Me interesaba saber cuál había sido su experiencia durante la última emisión del PECDA Coahuila, que le concedió una beca en la categoría Creadores con Trayectoria. “Exceso de trámites, retraso en los pagos, desorganización e irresponsabilidad en los tutores revisores de proyectos”, me dijo. Pero yo desvié mi atención porque me interesó el hecho de tener frente a mí a una escritora que contaba con casi una decena de piezas teatrales escritas y montadas en la Ciudad de México y, sin embargo, era poco conocida en Coahuila. Nora es originaria de la diminuta ciudad de Sabinas. Quizás porque yo también soy norteña y la vida chilanga me abrazó durante más de una década, me provocó cierta fascinación su desparpajo al expresarse: esa campechana franqueza que caracteriza a quienes nacimos en el norte. 

Entre las piezas teatrales de esta escritora destacan “De Jueves a Martes”, “Sol de Invierno”,”Desarrollo Teórico Matemático de un Desamor”, y “Ali, El Falso Documental de una Falsa Lesbiana”. El juego, muchas veces irónico e imaginativo que transmuta la rutinaria cotidianidad en un absurdo es, acaso, uno de los motivos más relevantes de su trabajo. Estudió Mercadotecnia en el ITESM Monterrey, y se formó en espacios como el Teatro La Capilla, La Casa del Cine y en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Es fundadora de la compañía Taratuga Teatro, con la que montó “El Club de los Diagnosticados” y “Forever Young, Never Alone” en 2017 y 2018. 

En julio del año pasado la Secretaría de Cultura dio a conocer a los ganadores de los Premios Bellas Artes de Literatura 2018. El nombre de Nora Coss figuraba en la categoría “Juan Rulfo para Primera Novela”. “Nubecita” era la obra premiada. A mediados de octubre la escritora coahuilense viajó a Tlaxcala para recibir el reconocimiento. En las fotos de prensa se le veía austera, como siempre: vestía una blusa blanca cruzada al frente y la rodeaban tres funcionarios de Cultura. Durante la ceremonia manifestó que el premio significaba el inicio de su carrera como narradora.

Tiempo después la busqué para conversar sobre su trayectoria y la novela galardonada, que en días pasados salió a la luz bajo el sello de Nieve de Chamoy .

-Nora, eres originaria de una pequeña ciudad al norte del país, ¿cómo te iniciaste en la literatura? ¿En tu familia hay lectores, hay creadores?- “Vengo de una familia de comerciantes. En mi casa había más libros de cómo hacer dinero que de literatura. No es cierto, también había un Atlas y una colección bastante decente de las publicaciones especiales de Selecciones Readers Digest. Mi hermana era una ávida lectora de los libros de Agatha Christie. Yo no leía eso. Lo que sí encontré en la biblioteca familiar fue un libro de Obras Completas de Oscar Wilde, y fue así que me formé como lectora. En Sabinas no hay ni siquiera una tienda de libros. Había una biblioteca, pero como a mis hermanos no le gustaba mucho salir de la casa, ni íbamos; y es que teníamos un subibaja, unos columpios en el patio y una alberca. Pos no, no teníamos a qué chingados salir a la calle.

“Nunca tuve ninguna referencia artística en mi familia o amigos de mi familia. Se hablaba siempre de dinero, de viajes, de negocios, de chismes, pero nunca de arte o literatura. Así crecí, el Videocentro era lo más parecido a un centro cultural. Luego llegó el divorcio de mis padres. Yo tenía once años, creo, o doce. No recuerdo bien. Y fue esta separación la que me llevó a escribir lo que pensaba, porque parecía que nadie me escuchaba o entendía lo que me pasaba por la cabeza. Empecé con pequeños aforismos -claro, en su momento no sabía que lo eran. Simplemente escribía lo que sentía, lo que quería decirle al mundo o a mi padre que me había abandonado, a los niños que me gustaban y que nunca me pelaron, a mis amigas, ‘amigas’, y demás personas. Algunos de estos textos eran cartas, otros eran ficciones autobiográficas, otros eran una especie de diario. Lo que viví en Sabinas y en Monterrey algunas veces lo llevo a mis ficciones. Pero no en todas. No estoy obsesionada con mi pasado”.

 -¿En qué momento descubriste que la literatura, y especialmente el teatro, era tu lenguaje?- “Mi primer aforismo fue mi primer texto, y eso fue a las once, doce años de edad. A esa edad supe que eso es lo que tenía que desahogar mi visión del mundo en palabras. No tengo otra forma de conectar con mi dolor y mi humor... Cómo llegué al teatro es una bonita anécdota. Desde niña a mí me gustaba recitar. ‘Declamar’. Ese era otro libro que había en la casa, uno de poemas. Me sabía el poema ‘A gloria’ de Salvador Díaz Mirón al derecho y al revés. Recuerdo que me gustaba pegar mi boca al micrófono y escuchar cómo mi voz se amplificaba tanto hasta desconocerla. Eso fue lo que me atrapó: escucharme como alguien más. Luego vino un concurso en la secundaria, uno de recitación. Gané el segundo lugar. La razón: dijeron que yo no había recitado, que yo había actuado el poema que recité.

“En la preparatoria montaron una versión de ‘Rojo amanecer’ para teatro, audicioné, y no quedé. Fue en la universidad que pasó lo que tenía que pasar. Yo sabía que me quería inscribir a un club de creación literaria. Fui a inscribirme y ya estaba lleno. Pero, tocaba la bella casualidad que estaban por abrir un taller de teatro- Patricia Villegas, la coordinadora de Difusión Cultural me extendió un folleto, ‘el pase a mi destino’, así lo quiero llamar, y me dijo: ¿por qué no le echas un vistazo? Estuve en ese taller los cuatro años y medio que estudié mi carrera. Incluyendo veranos. Ahí descubrí una vocación por actuar, dirigir, y finalmente, escribir para el teatro”. 

-Pienso que tu profesión como mercadóloga te ha permitido realizar una lectura muy personal de la locura cotidiana, de los deseos y el imaginario que emanan de nuestra realidad hiper moderna. El amor y el trabajo son temas que reinciden en tu escritura. Coincide que son de interés para el mundo de la mercadotecnia. ¿Qué relación hay entre tu carrera y tu literatura?- “Lo que más amé de mi carrera era lo relacionado a la psicología del consumidor. También me gustaba mucho las matemáticas, llevé las clases de matemáticas y estadística con los profesores más perros de todo el plantel, y los busqué así, odiaba a los maestros barcos. Era súper ñoña. Como mercadóloga he ejercido en el campo de estudios de mercado, tanto en el área cualitativa y cuantitativa, y en ese rubro, se habla de ‘entender al consumidor’, de realmente ponerse en la piel del cliente y saber por qué compra lo que compra, cómo decide, cómo duda cuando compra, por qué duda, etc. Y esto es básicamente ‘conoce a tu personaje’, en clase I de Dramaturgia”.

 -Tu dramaturgia es un juego, una experimentación constante con las tragedias cotidianas, con la lógica que rige el destino o la mecanicidad casi industrial con la que todo sigue su curso sin que reparemos en su carácter alienante. Pienso que tu manera de concebir el diálogo en el teatro tiene que ver con esto, con el absurdo-  “La única manera de ganarle al absurdo es ganarle en el absurdo. Si de por sí considero que hay ciertas normas sociales, costumbres que me resultan fuera de mi entendimiento, no me queda más que inventar un juego, un divertimento de lo que tanto rechazo, un sistema lúdico más absurdo que el real. Busco desenmascarar lo ridículo y sin sentido del mundo, y si en el inter me puedo divertir y sacar unas cuantas risas, pues qué mejor”.

  -Hablemos de ‘Nubecita’, tu novela premiada en la emisión del 2018 de los Premios Bellas Artes de Literatura, y que recientemente publicó Nieve de Chamoy. ¿Cómo surgió y se desarrolló este proyecto? ¿Por qué decidiste mandarlo a concurso?-  “La idea surgió en el 2012 y la terminé en el 2016, y la estuve puliendo durante un año más, entonces, para mí, en tiempo real, me tomó alrededor de 5 años para llegar a la versión final. A veces me da pena decir que me tardé tanto tiempo en terminarla, pero así son mis procesos. Otros pueden escribir novelas en una noche. A mí me toma 5 años. En textos para Teatro me pasa igual. Hay textos que he escrito en 4 años, ¡miserables 50 cuartillas me costaron 4 años de mi vida! Otras las he escrito en 3 meses, otras en 8 meses. Llevo una obra que tengo cerca de 9 años escribiéndola y aún no llego a la versión definitiva, a la que debe ser”.

 -¿Qué sigue Nora? ¿Qué otros proyectos tienes en puerta?- “Escribir, hacer Teatro, beber y escribir un poco más. Básicamente esos son mis planes”.