La falta de coordinación adecuada termina dejando a las familias en un estado de incertidumbre importante

Uno de los anuncios más esperados por millones de familias en México era el relativo al regreso a clases. Muchas decisiones relevantes de madres y padres de familia dependían del anuncio que las autoridades federales y estatales de todo el país realizaran al respecto.

Ayer finalmente se registró la decisión. O, más bien, el anuncio de la reactivación de actividades escolares con múltiples “peros” que no dejan claro lo que ocurrirá en el mediano plazo.

El problema sigue siendo el mismo que hemos visto a lo largo de toda la pandemia del coronavirus: la falta de coordinación precisa entre los órdenes federal y estatal de gobierno, lo cual implica dejar a las familias en el pantano de la incertidumbre.

El Gobierno Federal ha dicho que la reanudación de las actividades será a partir del 24 de agosto. El Gobierno del Estado coincide en la fecha. Pero allí se acaban las coincidencias, pues en Coahuila la administración estatal ha señalado que aquí se buscará “un modelo propio” para la reactivación escolar.

No está mal, en principio, que las autoridades locales planteen la necesidad de que las decisiones que afectan a quienes vivimos en Coahuila atiendan a las particularidades de la entidad, pero sería de esperarse una mayor coordinación, dado que el problema de fondo -la emergencia sanitaria- es un asunto que atañe a todo el país.

Por otro lado, sería de esperarse que el Gobierno de la República ofreciera mayores apoyos a las entidades del país toda vez que, aun cuando el sistema educativo ha sido teóricamente “federalizado”, en los hechos el presupuesto educativo sigue dependiendo de la Federación.

La falta de coordinación adecuada termina dejando a las familias en un estado de incertidumbre importante, porque al no estar viviendo en una “normalidad” total -ni en la “antigua”, ni en la “nueva”- los problemas que deben resolverse a nivel individual siguen siendo demasiados.

Por lo pronto, tenemos por delante otras tres semanas de inactividad escolar que teóricamente deberían servir para afinar la estrategia que servirá a todo mundo para, llegado el día 24, reanudar clases con plena certeza respecto del modelo para seguir afrontando la pandemia.

Sería de esperarse que, en esas tres semanas, tanto el Gobierno de la República como los estatales fueran capaces de coordinar mejor sus agendas y diseñar, al margen de diferencias ideológicas, una hoja de ruta que nos permita a todos adaptarnos a las exigencias de un ciclo escolar que no será, para nada, algo cercano a lo “normal”.

Y lo que está en juego, es importante señalarlo, no es si los alumnos de preescolar, primaria, secundaria o preparatoria podrán tomar clases y, eventualmente, obtener una calificación aprobatoria para avanzar al siguiente ciclo escolar. Lo que está en juego es la capacidad de las familias para desarrollar las actividades que les permiten obtener ingresos, al mismo tiempo que sus hijos atienden sus actividades escolares.

Esperemos que en las tres semanas que tenemos por delante seamos capaces de diseñar y poner en práctica un modelo que permita conciliar ambas esferas de la vida familiar.