Esperemos que, tal como lo han hecho hasta ahora, los negociadores mexicanos tengan el talento para que ese 10 por ciento –o menos– que falta por negociar, no se convierta al final en un obstáculo insalvable

Nuevas exigencias planteadas por el Gobierno de Estados Unidos parecen haber devuelto la tensión al proceso de negociación del T-MEC, acuerdo que en caso de ser aprobado sustituirá al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Y la tensión se percibe aun cuando el canciller Marcelo Ebrard aseguró ayer que “el 90 por ciento del tratado, quizá más, no está sujeto a discusión o a revisión” y lo que ocurrirá en todo caso, a propósito de las modificaciones solicitadas por nuestros vecinos del norte, es que se acordará “un adendum”.

De acuerdo con la información conocida, los aspectos que se busca negociar nuevamente tienen que ver con el establecimiento de paneles de solución de controversias, la flexibilización en los tiempos de protección de patentes de fármacos y productos biológicos, así como las reglas de origen para el acero y el aluminio.

Respecto de estas últimas, Ebrard afirmó que se trata de reglas cuya entrada en vigor no puede aceptarse a menos que se establezca un plazo superior a los cinco años, pues en el caso de la producción de aluminio “México no tiene el recurso primordial... que es la bauxita”, una roca sedimentaria que es la principal fuente de aluminio en el mundo.

Diversas voces –del sector privado y del público– han advertido en México que las modificaciones exigidas por Estados Unidos –aparentemente por presiones de la industria siderúrgica norteamericana– no son factibles porque dejarían en desventaja a nuestro País.

En especial, la exigencia de que la manufactura del acero y el aluminio sean 100 por ciento realizadas en la región de América del Norte, se ha explicado, implicaría una reconversión de la industria nacional que no es posible efectuar en un plazo de cinco años.

¿Está en riesgo la posibilidad de ratificación del T-MEC derivado de este viraje en la posición de los Estados Unidos?

No es sencillo responder a la interrogante, entre otras cosas porque el vecino país se encuentra inmerso en estos momentos en una lucha política entre demócratas y republicanos, que obliga a los representantes populares de ambos partidos a intentar complacer a sus respectivos electores y eso distorsiona el ambiente en el cual se realizan las negociaciones.

No es ninguna novedad, desde luego, que la batalla por los votos se convierta en obstáculo para este tipo de negociaciones. Tal circunstancia es una realidad en ambos lados del río Bravo.

Para fortuna nuestra, las condiciones son mucho mejores ahora que cuando se iniciaron las negociaciones a las que obligó la amenaza de Donald Trump de disolver el TLCAN y no sustituirlo con otro acuerdo.

Esperemos que, tal como lo han hecho hasta ahora, los negociadores mexicanos tengan el talento para que ese 10 por ciento –o menos– que falta por negociar, no se convierta al final en un obstáculo insalvable que termine diluyendo el todo.

Y, sobre todo, es de esperarse que el último trecho que falta por avanzar se concrete en el menor tiempo posible.