Armando Fuentes Aguirre "Catón"
Linda vino a Saltillo huyendo del acoso de un hombre que la perseguía para hacerla suya. Este hombre era poderoso y soberbio. Se llamaba Carlos Denegri. Periodista, era temido aun por los más altos personajes de la política y el dinero. Todos lo querían mal, y sin embargo todos se rendían ante él.

En la Ciudad de México, una tarde, conoció Denegri a aquella muchacha de tez blanca y profundos ojos negros.

Linda vino a Saltillo huyendo del acoso de un hombre que la perseguía para hacerla suya. Este hombre era poderoso y soberbio. Se llamaba Carlos Denegri. Periodista, era temido aun por los más altos personajes de la política y el dinero. Todos lo querían mal, y sin embargo todos se rendían ante él.

En la Ciudad de México, una tarde, conoció Denegri a aquella muchacha de tez blanca y profundos ojos negros.

Le gustó; empezó a perseguirla, y más la acosó cuando supo que era divorciada. Le envió regalos que ella rechazó. Para huir de su perseguidor, Linda vino a Saltillo y se alojó en el rancho de un amigo de su ex marido. Ese amigo, Luis, y su esposa Karime le mostraron la ciudad. Relata Linda en su autobiografía una visita que hizo al Casino de Saltillo:

"... El casino estaba pletórico de caras bonitas, mujeres elegantes y apuestos muchachos. Como en todo el norte del país, en Saltillo la mayoría de la gente es alta y bien plantada. Se encuentran muchachas agraciadas y hombres gallardos hasta en los lugares apartados. En la alta sociedad de estas provincias norteñas es más notorio ese donaire por la pulcritud, vestidos costosos, joyas y demás adornos que motivan que el físico destaque aún más. Pasé una agradable velada entre personas hospitalarias y simpáticas...".

No tardó Denegri en dar con el paradero de la muchacha. En todas partes tenía influencias, y era hombre de empecinada voluntad. El jefe de Policía de Saltillo habló con Linda "por órdenes superiores", para saber si seguiría en ese rancho. También por órdenes superiores le aconsejó que se fuera a Monterrey, a fin de no comprometer a sus amigos saltillenses.

La fugitiva se dio cuenta de que su enamorado la seguiría a donde fuera. Era imposible escapar a su persecución. Cedió entonces. Llamó por teléfono a Denegri, y el periodista le dijo que de inmediato iría por ella a Saltillo. Quedaron de verse en un punto a la salida de la carretera a México.

"... Esperamos hora y media. Yo estaba decidida a pedir al chofer que nos llevara a la estación de los autobuses, pero antes bajamos a estirar un poco las piernas. La carretera ya estaba oscura, cubierta por las sombras de una noche sin luna. De pronto escuchamos la sirena de una patrulla que se acercaba, escoltada por dos motocicletas. Se detuvieron frente a nosotros y nos echaron los faros. Quedé deslumbrada por las potentes luces. Carlos descendió de la patrulla y fue a nuestro encuentro. Me estrechó con fuerza.

Uno de los motociclistas gritó: `¿Todo está bien, señor Denegri? ¿No se le ofrece nada?'. `¡Nada! ¡Gracias por todo! ¡Hasta pronto!'...".

Debió haber dicho Denegri: "Hasta nunca". Logró su intento de casarse con la muchacha, pero bien pronto se cansó de ella. Empezó a hacerla objeto de malos tratos. La humillaba en todas las formas concebibles, y cuando bebía en exceso la golpeaba hasta mandarla al hospital. Más de una vez la injurió en lugares públicos.

Un día, en la casa, la golpeó otra vez. Ella tomó una pistola, y disparó. El periodista recibió una bala en la cabeza; cayó muerto en el acto.

Linda declaró que aquello había sido un accidente, pero fue condenada por el homicidio de su esposo.

Estuvo en la cárcel un par de años. Después fue liberada. La verdad es que Denegri había sido temido, pero al mismo tiempo odiado. Nadie sintió su desaparición.

La mujer que le dio muerte escribió un libro de memorias: "¿Maté yo a Carlos Denegri?". De ese libro saqué las referencias a Saltillo que acaban ustedes de leer.