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La selección nacional femenil de Estados Unidos vs. la U. S. Soccer: una línea del tiempo de la igualdad salarial

Deportes
/ 24 febrero 2022

La lucha por la igualdad salarial comenzó con cinco futbolistas estrella y una demanda por discriminación salarial presentada ante la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo

Por Andrew Das

Un acuerdo anunciado el martes terminó de manera abrupta con una batalla legal de seis años entre decenas de miembros de la selección nacional femenil de Estados Unidos y la federación de fútbol de ese país, U. S. Soccer, una disputa a menudo amarga y polémica que puso a algunas de las atletas más populares y de mayor perfil a nivel mundial en la vanguardia de la lucha por la igualdad salarial para las mujeres.

¿Sobre qué era la pelea? Desde el inicio, fue un tema complicado. Una consigna sencilla —igualdad salarial— se disipó en tonos de gris tras un análisis más profundo sobre la diferencia en los contratos, los calendarios y los valores que los líderes del deporte mundial y la federación estadounidense depositaron en el fútbol femenil.

La cronología de la batalla, la cual comenzó con una demanda por discriminación salarial, presentada en marzo de 2016 por cinco de las mejores jugadoras, es mucho más fácil de explicar. Esa única demanda detonó años de idas y vueltas, alegatos en tribunales y declaraciones públicas, resentimientos, victorias conseguidas con esfuerzo y al menos una derrota aleccionadora para las atletas.

A continuación, una revisión de cómo pasamos de la demanda inicial a este acuerdo, contada mediante reportajes de The New York Times.

Marzo de 2016: el disparo de advertencia.

La lucha por la igualdad salarial comenzó con cinco futbolistas estrella y una demanda por discriminación salarial presentada ante la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC, por su sigla en inglés), la agencia estadounidense que vela por el cumplimiento de las leyes de derechos civiles que protegen en contra de la discriminación en el lugar de trabajo.

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“Los números hablan por sí solos”, comentó la arquera Hope Solo, una de las futbolistas que firmó la demanda. Solo señaló que a los futbolistas hombres “tan solo por presentarse les pagan más de lo que recibimos por ganar campeonatos importantes”.

En la demanda, a Solo se le sumaron las cocapitanas Carli Lloyd y Becky Sauerbrunn, la delantera Alex Morgan y la mediocampista Megan Rapinoe. Como lo hizo notar el Times ese día:

En su querella, las cinco jugadoras citaron recientes informes financieros de la U. S. Soccer como pruebas de que ellas se han vuelto el principal motor económico de la federación, aunque, como dijeron, a menudo ganan tan solo la mitad —o menos— que sus colegas hombres.

Al mismo tiempo, las jugadoras señalaron que en 2015 habían superado las proyecciones de ingresos hasta por 16 millones de dólares, cuando su triunfo en el Mundial estableció récords de audiencia en televisión y una gira triunfal de nueve partidos en estadios llenos produjo niveles históricos de los cortes de entradas y las cifras de asistencia.

Herida porque la acusaron de tratar de forma injusta a las futbolistas, la U. S. Soccer —una federación que durante años había sido líder mundial en la promoción del fútbol femenil— se defendió con vehemencia al citar cifras que, según la federación, demostraban que la selección nacional varonil había producido ingresos y asistencias que casi duplicaban los del equipo femenil e índices de audiencias para la televisión que eran “un múltiplo” de lo que generaron las mujeres. La federación acusó a las jugadoras y sus abogados de elegir para su conveniencia cifras de un año en el que las mujeres gozaron de un éxito extraordinario —habían ganado el Mundial en 2015— y un vocero de la U. S. Soccer calificó sus cálculos de “inexactos, engañosos o ambos”.

Inicios de 2017: una educación y un nuevo contrato.

En un año, las futbolistas habían tomado el control de su destino colectivo, tras despedir a su líder sindical y reorganizar la asociación de jugadoras de una manera que les dio un papel más activo en los asuntos que les afectaban.

“El plan siempre fue tener una asociación de jugadoras que escuchara todas las voces de sus miembros y luego tomar eso, impulsarlo e intentar volverlo una realidad”, comentó en aquel entonces la capitana del equipo, Sauerbrunn.

Tras recibir una educación a alta velocidad sobre temas como derecho laboral y relaciones públicas, las futbolistas se votaron entre sí para conformar equipos de negociación y subcomités y —entre campamentos de pretemporada y trabajos de tiempo completo como atletas profesionales— se embarcaron en la tarea de negociar un nuevo contrato colectivo de trabajo con la U. S. Soccer.

En esencia, el acuerdo evitó la lucha más general por la igualdad salarial que las mujeres habían vuelto la piedra angular de su causa. Las jugadoras no solo pudieron sentirse orgullosas de las ganancias a nivel salarial y de bonos, sino que también de tener el control sobre algunos de los derechos de mercadotecnia y concesiones de licencias que el sindicato consideró como oportunidad para poner a prueba el valor del equipo en el mercado abierto.

Marzo de 2019: misma lucha, nuevo foro.

La tranquilidad laboral hizo poco por acercar a las partes hacia un acuerdo de igualdad salarial, así que en marzo de 2019 las futbolistas retiraron su queja de la EEOC y de manera significativa aumentaron lo que estaba en juego al demandar a la U. S. Soccer por discriminación de género.

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En la demanda y en un comunicado que emitió el equipo, las 28 jugadoras acusaron a la U. S. Soccer de años de lo que llamaron “discriminación institucionalizada de género”.

Los asuntos, dijeron las atletas, no solo afectaban su salario, sino los lugares donde jugaban y con qué frecuencia, cómo entrenaban, el tratamiento médico y entrenamiento que recibían e incluso cómo viajaban a los partidos.

La demanda llevó la batalla a un nuevo foro, pero también presentó nuevos obstáculos. En ese momento, las jugadoras no solo debían demostrar que su equipo y la selección nacional varonil hacían el mismo trabajo, sino que también debían superar los cuestionamientos sobre las diferencias en sus estructuras salariales y sus contratos colectivos negociados. Y el contrato colectivo de trabajo por el que pelearon con tanto ahínco de pronto las dejó sin ninguna ventaja: según sus términos, las futbolistas tenían prohibido irse a huelga al menos hasta que este expirara a finales de 2021.

Julio de 2019: cánticos en los estadios y burlas en los desfiles.

En el verano de 2019, una batalla que se había desarrollado en el terreno de las declaraciones públicas por más de tres años, las etiquetas en redes sociales y las camisetas blancas se había trasladado a su escenario más grande hasta la fecha: la Copa Mundial Femenil en Francia.

Para ese entonces, las estrellas de la selección nacional de Estados Unidos no solo estaban luchando contra su federación y otras partes que se oponían a sus solicitudes de una igualdad salarial, sino también contra un presidente estadounidense en turno, críticos de los márgenes de sus victorias y otras personas que no apreciaban las celebraciones de sus goles. Sin embargo, cuando el equipo levantó el trofeo, lo único que tenía eran amigos.

El cántico fue débil al principio, borboteaba desde la grada norte al interior del Stade de Lyon. Poco a poco, se volvió más fuerte. Pronto, fue ensordecedor.

Decía “¡Igualdad salarial!” y se repetió una y otra vez, hasta que se sumaron miles de personas, para llenar el estadio de ruido. “¡Igualdad salarial! ¡Igualdad salarial!”.

Unos días más tarde, los aficionados repitieron el cántico mientras el presidente de la U. S. Soccer, Carlos Cordeiro, agasajaba al equipo después de su desfile triunfal en Nueva York.

Febrero de 2020: ¿el precio de la paz? 67 millones de dólares.

Entre la voluminosa cantidad de documentos presentados antes de que se escuchara el caso de las mujeres en un tribunal federal el año pasado, hubo dos estos que resultaron significativos ya que buscaban acabar todo de una vez por todas.

En distintas solicitudes para un juicio sumario —el proceso mediante el cual cada una de las partes afirma que su caso es tan sólido que el juez debería fallar a su favor—, la U. S. Soccer y las jugadoras demostraron la brecha que había entre las futbolistas y la federación, no solo en cuanto a su percepción de un resultado justo, sino también en cuanto a sus conceptos básicos sobre la igualdad salarial, a pesar de los años de litigio, declaraciones y campañas de relaciones públicas.

La U. S. Soccer pidió una declaración simple, que las aseveraciones de las futbolistas no tenían fundamento; al mismo tiempo, las jugadoras por fin le pusieron un precio a lo que ellas consideraban una conclusión justa:

La federación buscaba evitar un inminente juicio por discriminación de género pidiéndole al juez que desestimara las afirmaciones de las jugadoras. Las futbolistas también pidieron una decisión antes del juicio, pero con términos muy distintos: están pidiendo casi 67 millones de dólares —y podrían ser millones más— por daños y pagos retroactivos.

Marzo de 2020: la batalla recrudece.

Aunque Rapinoe había ofrecido una ofrenda de paz en el desfile triunfal, al dar a entender que la idea era llegar a un acuerdo sobre los puntos en los que ambas partes estuvieran de acuerdo, esa esperanza se desvaneció meses más tarde.

El detonante fue un documento judicial en el cual la U. S. Soccer, por medio de sus abogados, argumentó que una “ciencia indiscutible” había comprobado que las jugadoras de la selección nacional ganadoras de la Copa del Mundo eran inferiores a los hombres.

“Sé que estamos en una lucha polémica, pero con eso cruzaron por completo una línea”, opinó Rapinoe.

La U. S. Soccer despidió a sus abogados, pero el daño estaba hecho. Después de que Cordeiro fracasó en su intento por manejar los efectos secundarios, el dirigente renunció. Las conversaciones sobre un acuerdo que pudo haber desviado la trayectoria hacia un tribunal federal se derrumbaron.

Abril de 2020: una derrota devastadora para las futbolistas.

Cuando se reveló el fallo de la demanda, fue devastador para las jugadoras. El juez, R. Gary Klausner del Tribunal de Distrito de Estados Unidos para el Distrito Central de California, accedió a la petición de la federación de un juicio sumario. Sin embargo, Klausner fue más allá: declaró que el argumento central de las mujeres —que les habían pagado menos que a los jugadores de la selección nacional varonil—era objetivamente incorrecto.

En el fallo, el juez desestimó los argumentos de las futbolistas que acusaban a la U. S. Soccer de pagarles mal de manera sistemática en comparación con la selección nacional varonil. De hecho, Klausner escribió que la U. S. Soccer había corroborado su argumento de que el equipo femenil de hecho había ganado más, “tanto de forma acumulativa como en un promedio por partido”, que el equipo varonil durante los años en los que se centraba la demanda.

Por supuesto, la ironía brutal fue que, al enfrentarse a la U. S. Soccer en un tribunal mientras estaba en la cima de sus poderes, el equipo femenil también había elegido el peor momento posible para comparar unos pocos años de su salario con unos pocos años del sueldo de los hombres.

Desde febrero de 2015, el comienzo acordado para el inicio del periodo de la demanda colectiva en el caso, la selección femenil había ganado dos títulos de la Copa del Mundo (y millones de dólares en bonos por esos triunfos) y otras ganancias salariales importantes tras negociar un nuevo contrato colectivo de trabajo. Durante el mismo periodo, la selección varonil se había desmoronado a nuevos niveles y sus fracasos sirvieron para perjudicar el caso de las mujeres.

Al no calificar al único Mundial varonil que se jugó durante el periodo de la demanda, los hombres no se ganaron el derecho a obtener millones de dólares en bonos por desempeño. Con esos pagos, los seleccionados habrían recibido mucho más dinero de la U. S. Soccer del que podrían haber ganado las mujeres en su vida.

¿Una oportunidad para rescatar algo de la derrota?

Un día después, era difícil exagerar el peso de la decisión de la corte. Klausner no solo había fallado en contra de los argumentos de las jugadoras; de hecho, mencionó que nunca podrían ganar. No obstante, aunque la victoria de la U. S. Soccer en los tribunales era absoluta y las jugadoras de inmediato anunciaron su intención de apelar, la federación señaló igual de rápido que con gusto estaría dispuesta a negociar una salida.

“Queremos cooperar con la selección nacional femenil para trazar un rumbo positivo hacia el futuro a fin de que crezca el juego tanto en casa como en todo el mundo”, declaró la federación en un comunicado de verdad breve después del fallo.

Noviembre de 2021: una pequeña victoria y un nuevo inicio.

En noviembre, la U. S. Soccer y las futbolistas llegaron a un acuerdo que resolvió las quejas de condiciones laborales desiguales. El acuerdo, un extraño momento de tregua en la batalla de años, formalizó un esfuerzo que la federación ya había comenzado para eliminar las diferencias en las áreas del personal, los viajes, los alojamientos en hoteles y las opciones para los recintos relacionadas con los partidos de la selección nacional, tanto femenil como varonil. Sin embargo, fue un paso necesario para las jugadoras antes de poder apelar la derrota de mayor envergadura que sufrieron en el tribunal federal.

Para las jugadoras y sus abogados, el acuerdo es una oportunidad: al resolver los asuntos relacionados con sus condiciones laborales, las estrellas femeniles abrieron las puertas para apelar la decisión que tomó un juez en mayo, la cual había rechazado la mayoría de sus peticiones de una igualdad salarial. Para la federación, eliminar uno de los últimos asuntos sin resolver en la demanda por discriminación salarial que presentó el equipo permitió que la nueva dirigencia se deshiciera de otro punto de discordia en una disputa que prefería ver acabada y diera una señal de que la U. S. Soccer estaba abierta a más acuerdos.

La presidenta de la U. S. Soccer, Cindy Parlow Cone , elogió el acuerdo al mencionar que era una señal de los esfuerzos de la federación “por encontrar una nueva manera de proceder” con la selección femenil y, con suerte, una salida al resto del litigio.

“Este acuerdo son buenas noticias para todos y creo que servirá como un trampolín para seguir progresando”, opinó Cone.

Martes: la batalla por fin termina.

El acuerdo al que llegaron las jugadoras y la U. S. Soccer incluye una indemnización de 24 millones de dólares para las atletas, la mayor parte corresponde a pagos retroactivos para decenas de jugadoras que fueron incluidas una vez que las demandas obtuvieron el estatus de demanda colectiva, y varios millones de dólares de capital inicial para un fondo que estará disponible para los planes posteriores a sus carreras e iniciativas para el crecimiento del deporte a nivel femenil.

También incluye un compromiso de la U. S. Soccer de igualar salarios, comisiones por apariciones y bonos en los partidos para la selección nacional, tanto la femenil como la varonil, en todos los juegos, incluidos Mundiales, en los próximos contratos colectivos de trabajo.

La última parte es el escenario para la siguiente batalla: las dos selecciones están jugando con —distintos— contratos expirados. Las negociaciones sobre los nuevos están en curso. No queda claro cuándo se llegará a un acuerdo.

c.2022 The New York Times Company

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