Historias de Saltillo vuelve a Vanguardia: contar la ciudad después de la nostalgia
Después de una pausa de un año, la sección regresa en julio de 2026 con una pregunta distinta: no solamente qué ocurrió en Saltillo, sino qué decisiones nos trajeron hasta aquí, quiénes viven sus consecuencias y qué futuros todavía podemos imaginar, discutir y disputar.
Las ciudades no se quedan quietas cuando dejamos de contarlas. Siguen creciendo, demoliéndose, encareciéndose, olvidando y cambiando de piel mientras nosotros intentamos reconocerlas mediante fotografías antiguas y recuerdos que, por más entrañables que sean, no siempre alcanzan para explicar el lugar donde vivimos.
Desde julio de 2025, Historias de Saltillo permaneció en pausa. Lo que imaginamos como una respiración breve después de las entregas terminó convirtiéndose en un silencio más largo, incómodo y probablemente necesario.
Todo comenzó el 4 de noviembre de 2019 con una nota sobre los cementerios más antiguos de Saltillo. Todavía no había un nombre formal, un logotipo, un podcast ni una ruta demasiado clara. Después llegaron las historias sobre un suicidio ocurrido en la Catedral, una arena de lucha libre olvidada, edificios desaparecidos, personajes relegados, objetos extraños, rumores familiares y documentos que llevaban décadas esperando a ser abiertos.
En diciembre de 2022 alcanzamos las primeras cien historias; en junio de 2025 llegamos a doscientas. Durante ese recorrido confirmamos algo que todavía creemos: las personas habitamos las ciudades, pero las ciudades también nos habitan.
Sin embargo, al llegar a la historia 200, apareció una incomodidad que ya no podíamos ignorar. ¿Estábamos contando la ciudad que existe o refugiándonos en una versión amable, limpia y envejecida de Saltillo? ¿Seguíamos combatiendo la amnesia colectiva o comenzábamos a repetir una fórmula?
Continuar por inercia habría sido la manera más discreta de traicionar el proyecto: publicar porque tocaba, celebrar cifras redondas, caminar sobre las mismas huellas y confundir la permanencia con la relevancia. Por eso hicimos una pausa. Duró mucho más de lo previsto. Quizá necesitábamos esa distancia.
La nostalgia no es enemiga de esta sección. Nos permitió recuperar voces, palabras, lugares y personajes que la desmemoria estaba devorando. Pero la nostalgia también puede convertirse en una trampa: transformar el pasado en una postal sin conflicto, ocultar las desigualdades de entonces y servir como anestesia frente a las desgracias de ahora.
Calles limpias, cielos azules, vecinos solidarios, inviernos más fríos, personajes encumbrados en la idealización y una comunidad supuestamente intacta que quizá nunca existió de esa manera. Añorar sin revisar las exclusiones, las omisiones y las violencias de aquellos tiempos no es memoria. Es decoración.
Por eso Historias de Saltillo regresa en julio de 2026 con el mismo nombre, pero con una responsabilidad sutilmente distinta.
No abandonaremos el pasado, porque ninguna ciudad puede comprenderse sin reconocer las capas que la sostienen; sin embargo, dejaremos de tratarlo como puerto y destino. Volveremos a los expedientes, las hemerotecas, las fotografías, los mapas, los testimonios y las historias familiares, pero no únicamente para encontrar curiosidades. Buscaremos relaciones, responsabilidades y contradicciones: decisiones antiguas que todavía organizan nuestras calles, reparten privilegios, reproducen desigualdades y determinan incluso aquello que hemos aprendido a considerar normal.
También asumimos una deuda de género: recuperar las historias de las mujeres que, desde distintos frentes, han construido Saltillo sin ocupar siempre un lugar visible en su memoria pública.
Queremos hablar del agua que falta en una ciudad nacida alrededor de sus manantiales; del aire que respiramos; de las banquetas imposibles; de las viviendas que se alejan de quienes trabajan aquí; de los edificios que derribamos en nombre del progreso; de la expansión urbana alrededor del automóvil; de la pérdida del espacio público, la precariedad, la violencia, el calor y las vidas que permanecen fuera de la postal.
Nos interesan las heridas de Saltillo, pero también las personas que ensayan pequeñas resistencias; sus contradicciones, pero también los gestos cotidianos que anuncian otras formas de comunidad. Una ciudad también está hecha de aquello que se empeña en no reconocer cuando se mira al espejo.
También queremos mirar hacia adelante. No para predecir el futuro como si el periodismo fuera una bola de cristal ni para vender optimismos de oficina, sino para explorar escenarios posibles mediante datos, imaginación y pensamiento crítico. ¿Qué clase de Saltillo tendremos si continuamos creciendo de la misma manera? ¿Quién podrá vivir aquí? ¿Quién tendrá agua, sombra, transporte, vivienda y tiempo? ¿Qué barrios sufrirán más la contaminación y el calor? ¿Qué empleos, tecnologías y formas de convivencia transformarán la región?
Imaginar otros caminos, incluso como un mero ejercicio de dignidad, es una manera de cuestionar aquello que se presenta como inevitable.
Buscaremos no contemplar inmóviles aquello que fuimos, incomodar los relatos que nos tranquilizan y preguntarnos qué ciudad estamos construyendo. Desde el periodismo, siempre.
Cualquier cosa, cualquier propuesta, cualquier reclamo sobre esta noble encomienda, háganmela llegar por correo, que aquí lo que más queremos fomentar es la conversación: cgaytan@vanguardia.com.mx.
Nos leemos.