Los postes y cables eléctricos que contaminan, enferman y conectan Saltillo
¿Cuándo empezamos a llenar de escombro el cielo de Saltillo? Una historia de postes, cables abandonados y progreso que cuestiona lo que hemos aprendido a mirar, ignorar y aceptar como parte de nuestra ciudad.
Amaba los postes de luz y las marañas de cables en lo alto. Enredaderas pseudosalvajes, como nidos de aves, robots cuyo gorjeo era promesa de modernidad.
Largas líneas forradas de negro conectando Saltillo. Las torres de alto voltaje zumbando como abejas eléctricas. Las tripas del dios la ciudad expuestas.
Llegaron a ser una obsesión estética. Un punto de romantización absurdo.
Me cuesta recordar el cielo de la ciudad limpio, despejado, las nubes sin estar atravesadas por ese ruidoso escombro que, de estar tan presente, tan a la vista, termina volviéndose imperceptible.
No tengo forma de excusarme. Era joven, contaminado por un entorno de derecha y estaba convencido de que la estética del capitalismo tardío no sólo era decente, sino deseable.
Ingenuo niño de ciudad. Influenciado porque afuera de la casa de mi infancia había un poste de madera, de los de antes, al cual trepaba jugando por las agarraderas de metal que usaban los trabajadores de la CFE y TELMEX.
Joven guiado por productos extranjeros, el ciberpunk, city pop, escenas estáticas de Neon Genesis Evangelion, Serial Experiments Lain y las estampas decadentes de futuros distópicos en la ciencia ficción.
Pero eso fue hace muchos años.
Ahora me dan asco. Los aborrezco. Nada hay en los postes con cables que me produzca sensación adecuada, salvo saber que tengo algo en donde descargar mi neurosis.
Quisiera decir que esta aversión es parte de la conciencia de clase y de mi emancipación hacia una realidad material poscapitalista con enfoque colectivo y comunitario, pero todavía no alcanzo esa congruencia. En realidad detesto los postes y cables por motivos personales que afectan mi frágil privilegio.
No supe quién, ni cuándo, ni a qué hora. Pero este dos de octubre de 2026, al asomar la vista por la ventana, vi dos cables colgando sobre el arroyo Ceballos, frente a la casa. No a lo largo, no por la orilla. Sobre el cauce. Extendidos unos 60 metros de una calle a otra.
Justo afuera está un poste de la CFE, de concreto, con un transformador. Empleados de empresas de telecomunicaciones, camaradas asalariados, suelen estacionarse por aquí, colocar sus escaleras y trabajar por horas haciendo instalaciones. Mis perros les ladran desde la terraza. Yo finjo tareas que no tengo para salir y asegurarme de que no sean criminales del Estado encubiertos.
Pero esta vez no los vi.
Cuando me di cuenta, los cables ya estaban sobre el arroyo.
Y ahora no puedo dejar de verlos. De escucharlos. Su movimiento oscilatorio me da vértigo. Todos. Todos los cables. En todos lados. Como si al ver uno pudiera ver toda la ciudad cubierta por ellos al mismo tiempo.
Tendidos artificiales. Groseros aparatos en el cielo. Las conexiones, los nudos, las cajas, los alambres sueltos, los rollos abandonados en los postes. Lo fuera de lugar que resultan cuando se les mira por más de cinco segundos. La inevitable forma fálica. La dureza.
Un poste de luz y sus intestinos de dios posmoderno por fuera no admiten suavidad, ni dulzura, ni piedad.
Están esculpidos en contra de la voluntad de las cosas.
Más allá de mi fetiche no resuelto por los cables y su falsa belleza geométrica, mi experiencia personal es irrelevante frente a los problemas que representan para la ciudad.
Están en todos los puntos cardinales, aunque existen excepciones notables en colonias de mayor poder adquisitivo. Sí, es frecuente al norte, pero el fenómeno se replica hacia otras direcciones en sectores privados.
Durante los últimos días he rumiado esta inquietud. ¿Qué relación tienen conmigo los postes de luz y los cables? ¿Cómo se vinculan con una ciudad a la que le encanta decir que está a la vanguardia del progreso mientras presume algunas de las mejores vistas de un cielo despejado del país? ¿Qué dicen sobre nosotros sin que nos demos cuenta? ¿Qué postura tiene el Estado frente a todo esto? ¿Llamarlo contaminación es una forma viable de buscar una solución o lo encajona en un problema irreparable?
¿Existe una vida posible sin estos artefactos?
ENREDARSE ENTRE LOS CABLES DE LA CIUDAD
Durante septiembre viajé varias veces de Saltillo a Monclova, Frontera y San Buenaventura. Trámites, burocracia y cosas de familia. En uno de esos trayectos, saliendo de la capital y antes de llegar a La Muralla, vi un rollo de cables atado con cinchos en lo más alto de un poste de cemento.
Formaba un círculo. Difícil calcular el tamaño desde la carretera.
En medio había un pájaro alimentando a sus crías.
La imagen acepta demasiadas interpretaciones y no vengo a sermonear con mi moral. Podría hablar de adaptación. De contaminación. De naturaleza recuperando nuestros residuos. De nuestra arrogancia al suponernos fuera del ciclo material, héroes o villanos capaces de intervenir sobre un mundo que, según esa fantasía, existe separado de nosotros.
Nada se salva. Nada nos salva. La contaminación de cables todo lo deteriora.
Pensé en enviar varias solicitudes de información a partir de lo que vi en la carretera. Al final no lo hice. En cambio, intenté averiguar cuándo empezamos a poner escombro en el cielo de Saltillo.
Fue gracias a las ediciones de la Gazeta del Saltillo del Archivo Municipal que encontré la primera luz.
El órgano sitúa en 1835 la instalación de 150 farolas y señala la calle del Huizache como la primera iluminada. Era una vía del centro que desde 1876 lleva el nombre de José María Morelos.
Ariél Gutiérrez Cabello ya reconstruyó parte de su historia en las páginas de VANGUARDIA: la antigua calle comenzaba en el Curato, hoy Victoria, y avanzaba hacia el sur, pasando por la plaza de las Cruces y el mercado El Parián.
En una fotografía de aproximadamente 1918 que acompaña aquel artículo, el cielo ya está atravesado por cables.
Otros recuentos locales, incluidos el Diccionario Biográfico Coahuilense y el propio artículo de Gutiérrez Cabello, colocan la medida de iluminación pública en 1836, durante el gobierno de José Rafael Eca y Múzquiz.
Entonces la luz provenía del gas, aceite y sebo. El combustible se colocaba en las farolas y se encendía manualmente.
A mitad del siglo XIX no encuentro todavía en esos relatos la maraña que ahora forma parte del paisaje. Para eso hay que brincar hasta 1870, cuando Saltillo quedó conectado por telégrafo con la Ciudad de México.
Para 1886 ya existía el teléfono. En 1891 se expidió el decreto para instalar alumbrado eléctrico y se organizó la Compañía de Luz y Fuerza Motriz Eléctrica de Saltillo.
Lo interesante no es solamente que una tecnología sustituyera a otra o que algún funcionario pudiera celebrar el ingreso de la ciudad a determinada etapa del progreso. Es que todas comenzaron a adquirir forma en el espacio. A coexistir.
Brian Larkin, antropólogo británico, propone algo útil para mirar ese momento: una infraestructura nunca es únicamente aquello que hace. También tiene una forma y esa forma se dirige a nosotros.
Una central eléctrica genera energía, pero puede presentarse como monumento de capacidad estatal. Una carretera permite desplazarse, pero también materializa determinada idea de desarrollo.
Decide qué puntos deben acercarse, cuáles pueden permanecer lejos, por dónde circulan personas y mercancías y qué territorios quedan convertidos en centro, borde o simple lugar de paso.
La infraestructura nunca distribuye solamente servicios. Distribuye posibilidades, velocidades, costos y dependencias.
También una maraña de cables posee una dimensión estética y política.
Esas cosas están ligadas a las estructuras de poder que las producen. Y como ocurre en el capitalismo, obligadas a perpetuar y replicar estas condiciones ad infinitum et ad absurdum.
No porque escondan necesariamente una intención detrás de su forma, sino porque su presencia organiza el espacio y establece qué cosas una ciudad considera necesarias, tolerables o suficientemente importantes como para ocuparla.
A inicios de 1900, en una imagen de la Plaza de Armas aparecen postes de madera para la electricidad y, a poca distancia, una farola de gas. Cerca de Catedral, dos postes eléctricos comparten la escena con una lámpara de gas de fierro fundido.
En una vista de la calle Juárez conviven las vías del tranvía de mulitas —que comenzó a operar en 1891—, una lámpara de gas y un poste sosteniendo un cable eléctrico.
Con la nostalgia dejada de lado, el geógrafo brasileño Milton Santos tiene una manera particularmente hermosa de entender estas escenas.
Para él, un lugar no pertenece de manera absoluta a una sola época. Su materialidad está compuesta por técnicas surgidas en momentos diferentes y conservadas en el espacio.
Visto así, aquellas fotografías son casi cortes geológicos.
Sólo que en vez de estratos de roca tienen farolas, vías, postes, cables. Mulas.
La ciudad no reemplaza siempre una época por otra. Las apila. Las superpone.
Y claro que al inicio del siglo pasado eso invitaba a imaginar hacia arriba, restituyendo la imagen de la torre de Babel. En nuestros días la sensación es más de aplastamiento y sofocación.
Algo que pasó y avanzó sin un plan.
Durante algunos de los primeros artículos de Historias de Saltillo, cuando Adriana Armendáriz y yo pulíamos codo a codo esta sección, trabajamos un artículo sobre el Hotel y Banco Coahuila.
El edificio estaba en la esquina de lo que hoy es Allende y Victoria. Una imagen de su construcción, en 1902, ya permite distinguir el cableado.
Vuelve a aparecer años después en las fotografías del discurso de Francisco I. Madero en 1910.
La siguiente es una imagen del talentoso Alejandro Carmona, del mismo edificio, en su esplendor.
En esa década ya se ven postes y tendidos en la Plaza de Armas, el Hotel de la Plaza, el Palacio de Gobierno, Padre Flores, Zaragoza, y la antigua fachada del Mercado Juárez.
Pero mientras más se aleja uno de ese cuadro, más evidente resulta que los privilegios casi siempre están centralizados y cerca de los polos de poder.
Más hacia la orilla, menos tecnología. Menos infraestructura. Menos alcance del Estado. Tal como ocurre ahora.
Los geógrafos Kurt Iveson y María de Lourdes Melo Zurita reconstruyeron recientemente una discusión ocurrida casi al mismo tiempo en Sídney. A finales del siglo XIX, el crecimiento del teléfono había llenado sus calles de postes que podían cargar decenas y hasta cientos de líneas. Los bomberos temían que estorbaran sus operaciones y, en 1891, comerciantes pidieron formalmente enterrar las líneas telegráficas y telefónicas.
No me interesa la coincidencia porque Saltillo y Sídney fueran ciudades equivalentes.
Me interesa porque destruye una fantasía.
Tendemos a imaginar que primero existió una modernidad ordenada, trazada con minucia por personas que sabían lo que hacían y pensaban a décadas de distancia. Luego habrían llegado el deterioro, las malas decisiones, los saboteadores y la negligencia.
Pero los beneficios y los excesos se gestan juntos.
La modernización nunca ocurre de la misma manera ni al mismo tiempo en todas partes. Incluso dentro de una misma ciudad, reinterpretando a Santos, barrios, colonias y sectores industriales atraviesan distintas velocidades de modernización.
ALGUNOS CABLES EN MÉXICO Y EL MUNDO
Para entender mejor todo esto comencé a buscar pinturas, fotografías y anuncios de la incipiente era de la electricidad.
Terminé más maravillado que asqueado.
Pero es porque tengo debilidad ante la nostalgia.
Antes incluso de la electricidad, el poste ya había comenzado a modificar el paisaje. En el óleo estadounidense Erie Railroad, de mediados del siglo XIX, una locomotora avanza junto al agua mientras una hilera de postes telegráficos sigue las vías.
En primer plano, un hombre pesca.
El mundo todavía podía representarse con dos velocidades al mismo tiempo: la paciencia de quien espera que pique algo y una red que acababa de aprender a enviar información más rápido que una persona.
Un privilegio que hemos casi perdido.
La llegada de esas líneas transformó también la manera de representar las ciudades.
El fotógrafo Charles B. Waite llegó a México en 1897 y durante los años siguientes retrató una Ciudad de México donde tranvías, lámparas, postes y tendidos comenzaban a compartir espacio con la arquitectura anterior.
En Europa, hacia 1910, Giacomo Balla pintó Street Light: una lámpara eléctrica prácticamente expulsa a la luna del cuadro. La luz artificial parece iluminar no solamente una calle, sino una época.
Una representación que me encanta.
La electricidad también comenzó a venderse como imagen. Focos, rayos, líneas, fábricas, máquinas. Luz. Limpieza. Velocidad. Futuro.
A finales de la década de 1910, las publicaciones mexicanas ya incluían publicidad de aparatos eléctricos. La energía empezaba a asociarse con determinada forma de vida.
En 1921, Fermín Revueltas pintó La Indianilla, también conocida como Subestación. Estructuras metálicas, edificios y arquitectura industrial podían ocupar ya el centro de una pintura sin necesitar una montaña o una iglesia que justificaran su presencia.
La infraestructura empezaba a merecer un paisaje propio. Y para 1924 las cosas se vuelven particularmente interesantes.
Tina Modotti fotografió en México Telephone Wires. Casi no hay ciudad: poste, cielo y una cantidad absurda de líneas que convergen, se separan y vuelven a cruzarse.
Ese mismo año, Revueltas realizó la acuarela Paisajes con líneas de alta tensión.
Tres torres atraviesan un paisaje montañoso. La naturaleza permanece atrás. Las torres ocupan el primer plano.
Como si ya no estuviéramos viendo un paisaje con líneas de alta tensión, sino líneas de alta tensión con un paisaje detrás.
Me gusta esa inversión.
Durante buena parte del siglo XIX mexicano, la montaña había servido para imaginar la nación como un híbrido entre territorio humano y grandeza natural. José María Velasco hizo de ella casi una arquitectura de la identidad.
Ahora una torre podía plantarse delante.
En los años siguientes, Rufino Tamayo incorporó fábricas, chimeneas y tendidos a su pintura; Frida Kahlo atravesó con cables su Paisaje urbano de 1925; los estridentistas encontraron ritmo en postes, telégrafos y chimeneas.
El mismo objeto podía significar industria, velocidad, trabajo, ciudad, nación, técnica, geometría, futuro.
La infraestructura había adquirido suficientes significados para convertirse en un lenguaje. Una semántica de la modernización. Y pronto esa semántica se volvió política.
Durante los años treinta, las imágenes de Lux, órgano del Sindicato Mexicano de Electricistas, vincularon al trabajador eléctrico con la modernización y el Estado posrevolucionario. En Estados Unidos, los carteles de la Rural Electrification Administration hacían algo parecido al presentar la electricidad rural como integración nacional.
Electrificar significaba conectar un territorio, pero también incorporarlo a determinada imagen del futuro.
Para los años cuarenta esa fascinación comenzó a adquirir otra textura.
En Gray and Gold, de 1942, John Rogers Cox pintó una carretera de tierra bajo una tormenta gigantesca. Los postes telefónicos se pierden hacia el horizonte y el primero lleva propaganda electoral.
Quizá sea mi pintura favorita de todo este recorrido.
En los murales que Juan O’Gorman realizó para el Centro SCOP a mediados de los cincuenta, la modernización se volvió incluso parte explícita del discurso nacional. En Los Libertadores, una escena representa la “electrificación de México”.
Habían pasado cerca de cien años desde aquellos primeros postes telegráficos junto al ferrocarril. Las líneas habían dejado de ser una rareza tecnológica.
Detendré aquí el recorrido histórico.
Mientras revisaba estas imágenes, no podía dejar de pensar en las anécdotas que mi padre contaba de su infancia.
Nació en 1955 y vivió en Mazapil, Zacatecas. Nos platicaba que durante buena parte del día no había electricidad. El pueblo tenía una pequeña planta que funcionaba con hidrocarburos. La encendían alrededor de las siete de la tarde y la apagaban a las once.
La luz llegaba a casi todas las casas del centro. Algunas de la periferia no estaban conectadas.
Sí había postes de luz y telégrafo, aunque buena parte de las comunicaciones todavía ocurrían por correo. Algunos familiares me contaron también de un cartero ciego que, subido en su burro, entregaba la correspondencia.
Cuando mi padre fue adolescente, migró a Saltillo. Acá la historia fue diferente.
Fin del recuerdo. Fin de la nostalgia.
APRENDER A NO MIRAR HACIA ARRIBA
Somos animales adictos a la electricidad. Normalmente no la necesitamos para mantener el corazón latiendo, pero basta perderla unas horas para comprobar cuánto depende de ella el mundo que construimos. Se detienen elevadores, semáforos, refrigeradores, bombas, cajas registradoras. El teléfono inteligente conserva durante unas horas la ilusión de autonomía hasta que también comienza a morir.
No existe dignidad posindustrial con tres por ciento de batería.
Así que hacemos las paces con los postes, transformadores, torres y cables. Los incorporamos al paisaje y hasta les encontramos belleza. Se ven bien a contraluz, decimos. Qué buenos puntos de fuga crean. Prolongan las ramas de los árboles, sirven de descanso para las aves. Cuando llueve, las gotas quedan suspendidas sobre ellos con una delicadeza que no corresponde a la brutalidad del objeto que las sostiene.
Todo eso es cierto. También es una farsa.
Hay calles donde la geometría se acabó hace décadas y lo que queda parece el cajón donde guardamos cargadores desde 2007 con la esperanza irracional de que alguno vuelva a servir. Uno de esos tramos es Hidalgo, entre Chiapas y González Lobo.
En otras piezas ya hemos explorado que en Saltillo no sabemos mirar hacia arriba. Conviene practicar entonces una costumbre saludable: desconfiar de los símbolos del progreso cuando se vuelven tan comunes que dejamos de reconocerlos.
Susan Leigh Star dedicó un ensayo a estudiar esas cosas aburridas. En The Ethnography of Infrastructure explica que una infraestructura eficaz tiende a volverse transparente. No reconstruimos mentalmente la red eléctrica cada vez que encendemos una lámpara. El sistema desaparece detrás de su función y suele hacerse visible cuando falla.
También señala que las infraestructuras heredan decisiones anteriores y se modifican por fragmentos. La fibra nueva recorre rutas abiertas por tecnologías viejas. Los sistemas conviven, se negocian, se parchan. Nadie está realmente a cargo de la infraestructura completa.
Lo cual no significa que nadie sea responsable. Y aunque les enoje, la mayor responsabilidad recae en quienes legislan, gobiernan, auditan y poseen los medios de producción. Funcionarios, alcaldes, gobernadores, diputados, cabildos. Empresas públicas y privadas.
¿Qué dice la normativa?
En México, el cableado urbano tiene muchos dueños y demasiadas ventanillas. La Federación conserva las principales competencias sobre telecomunicaciones y electricidad. Desde 2025, el artículo 126 de la Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión establece que la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones deberá expedir lineamientos para ordenar, retirar o soterrar infraestructura de telecomunicaciones.
Pero eso no autoriza a los municipios a mirar hacia arriba, encogerse de hombros y decir que el problema ocurre demasiado alto para alcanzarlo.
La Constitución y las leyes de Coahuila les dan facultades sobre la vía pública, el desarrollo urbano, los permisos y la seguridad. El artículo 214 del Reglamento de Desarrollo Urbano y Construcciones de Saltillo establece, además, obligaciones de conservación para los propietarios de instalaciones y faculta a la autoridad municipal para ordenar el cambio de lugar o la supresión de postes e instalaciones por razones fundadas de seguridad e interés público.
Un mismo poste puede quedar atrapado entre tres órdenes de gobierno, empresas que agregan líneas y dependencias que administran solamente una parte del sistema.
¿Y los números?
En 2022, un levantamiento del IMPLAN identificó 1,227 postes de CFE y 1,109 de Telmex dentro del polígono estudiado del Centro Histórico. No encontré, sin embargo, un padrón integral que permita conocer cuántos kilómetros de cable aéreo existen en Saltillo, quién posee cada tramo o cuáles siguen activos.
En 2025, el Municipio comenzó a retirar cableado en desuso del Centro Histórico. Ese año reportó 13 mil 85 metros removidos y alrededor de 12 toneladas. Para el 25 de septiembre de 2026, el director del Distrito Centro, Roberto Rojas Oyervides, informó que el acumulado superaba los 23 kilómetros.
Extendidos en línea, alcanzarían desde el extremo sur de Saltillo, cerca del rastro, hasta el norte de Ramos Arizpe.
El polígono del Centro Histórico ocupa 280.16 hectáreas, según el IMPLAN. Frente a las 17 mil 183.61 hectáreas de superficie urbana registradas en el Plan Director de Desarrollo Urbano de 2020, representa aproximadamente el 1.63 por ciento de la extensión considerada.
Sería absurdo multiplicar esos 23 kilómetros por el resto de la ciudad y pretender que descubrimos cuánto cable cuelga sobre Saltillo. Las densidades cambian. Pero si fue posible retirar semejante cantidad en una zona que representa menos del dos por ciento de la superficie urbana, ¿qué estamos dejando de mirar en el otro 98 por ciento?
¿Y cuánto de eso todavía sirve?
Garnet Hertz y Jussi Parikka advierten en Five Principles of Zombie Media que una tecnología no desaparece cuando deja de funcionar. Permanece como material, residuo, metal, plástico, contaminación o basura que alguien debe llevar a alguna parte.
La tecnología tiene una segunda vida bastante menos elegante que su publicidad.
Nuestros cables muertos son, en ese sentido, cables zombis. No transmiten nada. Pero siguen ahí.
Por eso tengo problemas con reducir el fenómeno a la expresión «contaminación visual». Un revoltijo de líneas degrada una vista, satura el paisaje y dificulta apreciar una fachada.
Nombrarlo así puede ser útil para exigir intervenciones. Sin embargo, si el problema es exclusivamente visual, la solución lógica consiste en esconderlo. Moverlo. Borrarlo de la fotografía.
Incluso antes de que la inteligencia artificial se apoderara de la edición de imágenes, varios ejercicios de visualización urbana consistían simplemente en eliminar los cables de luz.
Pero una ciudad limpia en Instagram puede conservar exactamente las mismas relaciones de propiedad, dependencia, costo y negligencia debajo de la banqueta.
Soterrar no hace desaparecer la infraestructura.
Saltillo ya contempla instalaciones subterráneas u ocultas en determinadas avenidas, zonas históricas y calles peatonales. Existen antecedentes en calle Victoria, la Antigua Carretera a los Valdez y Paseo Capital, donde distintos servicios fueron trasladados al subsuelo.
¿Es suficiente? ¿No corremos el riesgo de resolver solamente aquello que molesta a la vista?
Steven Jackson propone en Rethinking Repair pensar la tecnología desde un mundo que ya está roto, en lugar de suponer que la normalidad es la novedad impecable y la avería una excepción. Mientras el discurso tecnológico celebra la innovación, la continuidad de los sistemas depende de reparar, mantener, ajustar y volver al día siguiente.
Nos gusta inaugurar. Pero odiamos mantener.
Retirar cable muerto, soterrar redes activas y ordenar las que permanecen arriba son políticas distintas, aunque complementarias. La primera elimina residuos; la segunda requiere obra civil, acuerdos y presupuesto; la tercera implica reglas de instalación, etiquetado, infraestructura compartida y obligaciones de retiro.
El problema no está solamente en lo que vemos, sino en quién puede instalar algo en el espacio común y durante cuánto tiempo conserva el derecho a dejarlo ahí.
Gastón Gordillo distingue en Rubble: The Afterlife of Destruction entre la ruina, que puede adquirir prestigio y valor patrimonial, y el escombro, fragmentario, desordenado, difícil de dignificar.
No pretendo convertir un cable de Totalplay en el Partenón. Pero no dudo que alguien sueñe con eso.
Un poste de madera antiguo despierta nostalgia. Una farola histórica merece restauración. Una torre ferroviaria abandonada puede terminar en un libro. Un rollo de fibra óptica sin servicio, amarrado con cinchos, todavía no tiene esa suerte.
Es demasiado nuevo para ser patrimonio y demasiado viejo para seguir siendo progreso.
Queda suspendido en un tiempo intermedio. Colgado, pues. Escombro en el cielo.
Ann Laura Stoler propone en Imperial Debris el concepto de ruination, o ruinación, para examinar no solamente los restos materiales, sino los procesos que los producen y permiten que continúen actuando. Su objeto de estudio pertenece a una escala histórica y política muy distinta. Pero la pregunta resulta útil: ¿qué condiciones permiten que estos residuos permanezcan?
Mi impresión, sin un censo que permita demostrarlo, es que en desarrollos nuevos y sectores de mayor ingreso la infraestructura tiende a desaparecer del paisaje o, por lo menos, a ordenarse de otra manera.
Un cielo despejado puede ser resultado del diseño urbano. También de la capacidad económica para trasladar las molestias a otro sitio.
ÚLTIMAS VARIACIONES SOBRE CABLES Y POSTES
Mis últimos apuntes son más rarezas del pensamiento que hipótesis sólidas.
¿Influye la presencia de tanto cable en nuestra salud mental? ¿Puede la saturación del paisaje contribuir al malestar psicológico o relacionarse, aunque sea indirectamente, con fenómenos tan complejos como las tendencias suicidas? ¿Cuánto de nuestra ansiedad, cansancio o irritabilidad pertenece a nosotros y cuánto a las condiciones materiales del lugar donde vivimos?
No encontré investigaciones que permitan responsabilizar a los cables de semejantes padecimientos. Sería absurdo hacerlo. Pero tampoco descarto que intervengan en nuestra experiencia cotidiana de maneras difíciles de reconocer.
Las ciudades ya actúan sobre nuestros cuerpos. Determinan cuánto caminamos, qué aire respiramos, cuánto ruido soportamos, dónde descansamos y qué espacios consideramos seguros. ¿Por qué suponemos entonces que nuestra vida psicológica comienza y termina dentro de nosotros?
Georg Simmel exploró algo semejante en La metrópolis y la vida mental, de 1903. Ante la multiplicación de estímulos, la velocidad y las relaciones impersonales, el habitante urbano desarrolla formas de reserva e insensibilidad que le permiten adaptarse.
Tal vez no dejamos de percibir las cosas porque desaparezcan, sino porque necesitamos ignorarlas para continuar viviendo entre ellas.
Un poste torcido puede angustiarnos durante días. Un cable colgando, indignarnos algunas semanas. Después, sin que nadie registre el momento, dejamos de prestarles atención.
Hasta que una mañana aparecen dos cables sobre el arroyo Ceballos y se rompe el hechizo.
¿Cuántas cosas debemos aprender a ignorar para vivir tranquilamente en Saltillo? ¿Puede esa adaptación convertirse en una forma de violencia sobre nuestra sensibilidad?
Los antropólogos Jon Schubert y Jason Sumich estudiaron en Luanda y Maputo las divisiones sociales que organizan nuestra experiencia urbana. Recuperan la novela The City & the City, de China Miéville, donde dos ciudades comparten parte del territorio, pero sus habitantes están educados para no ver aquello que pertenece a la otra.
Pueden verlo. Deben aprender a no hacerlo.
Saltillo no es Luanda ni Maputo. Tampoco vivimos en una novela de Miéville, por mucho que algunas decisiones administrativas sugieran lo contrario.
Pero ¿no practicamos algo parecido? ¿Cuántas cosas permanecen frente a nuestros ojos porque hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para no verlas?
Pienso en la identidad local. Esa palabra con la que reunimos objetos, costumbres y relatos bajo la pretensión de que representan algo que somos.
Saltillo es sus montañas, sus sarapes, sus fábricas, sus edificios antiguos, sus cielos. Los viejos oficios. Sus atardeceres. Ahora mismo existe hasta un discurso oficialista en torno al rodeo que la gente no termina de asimilar.
Pero ¿y los cables?
¿No aparecen también en nuestras fotografías familiares, sobre las calles donde crecimos, junto a las escuelas, atravesando las vistas que asociamos con la infancia?
¿Quién decide qué objetos adquieren la dignidad de símbolos de identidad y cuáles deben desaparecer de la fotografía?
Quizá una parte de la identidad local se construye sobre aquello que queremos recordar. Otra, sobre lo que hemos aprendido a soportar.
Y esta segunda posibilidad me inquieta bastante más.
Una ciudad también educa sentimentalmente a sus habitantes. Nos enseña qué paisajes considerar hermosos, qué distancias juzgar razonables, qué incomodidades llamar normales. Incorporamos a nuestra sensibilidad condiciones materiales que nunca elegimos.
Yo amaba los postes. Ahora los detesto. Ambas experiencias ocurrieron frente a objetos extraordinariamente parecidos.
¿Qué cambió? ¿Los cables o yo?
¿Cuántas de nuestras preferencias son recuerdos disfrazados de criterios?
La nostalgia puede ennoblecer cualquier cosa. Un poste de madera se convierte en memoria afectiva. Un edificio deteriorado, en patrimonio. Una calle mal diseñada, en tradición. Una deficiencia repetida durante generaciones, en característica entrañable de nuestra personalidad colectiva.
Pero ¿constituye la familiaridad una razón suficiente para conservar algo? ¿Cuántos años necesita una omisión para convertirse en costumbre? ¿Puede una ciudad acostumbrarse tanto a sus deficiencias que termine confundiéndolas con su identidad?
Saltillo presume su industria, su capacidad productiva y su integración a cadenas económicas globales. El progreso suele presentarse como una sucesión de inversiones, expansiones, tecnologías nuevas e inauguraciones.
Pero modernizar también produce residuos. Y obligaciones que sobreviven a la ceremonia inaugural.
Shannon Mattern propone en Maintenance and Care recuperar la importancia de reparar, limpiar, conservar y cuidar. Trabajos indispensables que rara vez reciben el mismo reconocimiento que la innovación.
Si modernizar significa añadir cosas nuevas, ¿qué hacemos con las viejas? ¿Por qué construir demuestra capacidad política mientras mantener parece un gasto administrativo? ¿Es la acumulación de infraestructura obsoleta una contradicción del progreso o parte de su funcionamiento habitual?
También está la desigualdad.
¿Es el mismo Saltillo el que mira hacia arriba desde una colonia con redes subterráneas y el que contempla una maraña de cables? ¿En qué momento una vista despejada se convirtió en una característica inmobiliaria?
El cielo parece pertenecer a todos. Pero su contemplación depende de las condiciones materiales desde las cuales se mira.
No sé si mañana quisiera despertar y encontrar todos los postes desaparecidos. Seguramente extrañaría algunos. Buscaría fotografías de los que estaban frente a la casa de mi infancia. Tal vez descubriría que la ciudad perdió cierta geometría que durante años encontré hermosa.
Tampoco creo que un cielo despejado nos volviera mejores personas. Saltillo tiene formas mucho más profundas de organizar la desigualdad y el malestar.
Pero ¿qué sucedería si comenzáramos a reconocer como problemas muchas de las cosas que hoy aceptamos como parte natural del paisaje? ¿Qué otras estructuras descubriríamos? ¿Cuántas certezas sobre nuestra ciudad dependen de no mirar demasiado tiempo aquello que tenemos enfrente?
Quizá no deberíamos preguntarnos solamente qué hemos construido sobre Saltillo.
También qué clase de habitantes ha construido Saltillo debajo de todo eso.
Al final, tanta palabra para decir que Saltillo está repleto de cables y nos da igual.