Saltillo, la ciudad del “ya merito”: fracasos, futuros perdidos, frustraciones y mitos
Durante más de dos siglos, Saltillo fue candidata a concentrar poder religioso, político, judicial y comercial. Algunas oportunidades se perdieron. Otras sí ocurrieron y después desaparecieron. Y también hay otras que, por más que nos guste repetirlas, son leyenda.
Buena parte de la identidad de las ciudades se gesta en la frontera de los logros consumados y la retórica del fracaso que no ha sido asimilada.
Esas cosas que perdimos sin que fueran nuestras. Los futuros que parecían posibles, pero no los materializamos. Planes vueltos realidad por alguien más. Oportunidades que otros lugares sí aprovecharon. Cuando nos quedamos con apenas nada, con las yemas de los dedos acariciando casi el triunfo, preguntándonos qué pasó.
Una frase popular en Saltillo encarna semejante desgracia en apenas dos palabras: ya merito. Un concepto que al explorarlo con detenimiento va más allá del mote beisbolero en donde mi ignorancia solía encerrarlo.
La idea original de este artículo viene de la generosa lucidez del historiador Carlos Recio, quien tuvo el infortunio de tenerme como alumno permanente mientras yo gozo de su amistad.
Durante una reunión, el doctor enlistó cuatro momentos que por sí solos ya permiten fotografiar esa sensación fangosa de la derrota popularizada por el refrán “nadie se acuerda de los segundos lugares”.
Dichos eventos son cuando Saltillo estuvo a punto de ser la tercera sede judicial en la época de la Nueva España; la Batalla de la Angostura, que parecía que se ganaba, pero al final no; la posibilidad de que la Cervecera Cuauhtémoc Moctezuma fuera ubicada aquí y no en Monterrey; y, por supuesto, las veces en que los Saraperos han estado a punto de pasar a playoffs o ganar la final.
Busqué por mi cuenta qué otros casos similares podríamos englobar bajo la noción de que Saltillo tiene más casos en donde el “ya merito” parece ser un mantra que cobija este valle. Así que de eso va esta entrega.
Como siempre, los que están aquí no serán todos los ejemplos. Estirando la liga, estresando la idea y siendo más permisivos, los invito a conversar en redes sociales o escribirme por correo a cgaytan@vanguardia.com.mx sobre qué otros eventos consideran que entran en esta categoría.
Al cabo de leerlo, imaginemos cómo sería esa otra ciudad posible.
1.- Cuando el poder casi se quedó aquí
Uno de los primeros “ya merito” apareció en el siglo XVIII. Cuando se creó el Obispado de Linares en 1777 para atender Nuevo León, Coahuila, Nuevo Santander y Texas, Saltillo estuvo entre las poblaciones consideradas para albergar la sede. Monterrey terminó imponiéndose y la Corona la fijó definitivamente ahí en 1792.
Cinco años después, sin embargo, el obispo Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés pidió al rey Carlos IV trasladarla a Saltillo. El cabildo eclesiástico respaldó la solicitud.
Suena a pleito de sotanas, pero no necesariamente. Donde se instalaba un obispo llegaban funcionarios, archivos, tribunales, dinero, relaciones políticas y construcción.
Pero el traslado nunca ocurrió.
Poco después, Miguel Ramos Arizpe propuso algo todavía más ambicioso: establecer en Saltillo una Junta Superior Gubernativa para Coahuila, Nuevo León, Nuevo Santander y Texas. Y el 9 de octubre de 1812 las Cortes de Cádiz fueron más lejos: decretaron una Audiencia con sede en Saltillo y jurisdicción sobre esas provincias.
Aquí vale la pena detenernos porque no estamos ante un rumor, una sobremesa decimonónica ni una de esas historias locales donde inevitablemente alguien asegura que su abuelo guardaba los documentos.
Había un decreto.
Saltillo fue designada sede de un tribunal superior para buena parte del noreste. El problema fue que en 1814 Fernando VII restauró el absolutismo, desmontó el orden constitucional de Cádiz y aquella Audiencia se quedó sin el mundo político que la había creado.
Cambió el régimen y se murió el futuro prometido.
Algo parecido ocurrió con el comercio. Desde finales del siglo XVIII, la Feria de Saltillo articulaba rutas entre el centro, el Bajío y el norte. Por aquí circulaban lana, algodón, harina, trigo, ganado, mulas, vino, aguardiente, piloncillo y textiles.
Más interesante todavía: las alcabalas muestran que alrededor de 1800 la distancia económica entre Saltillo y Monterrey no era abismal.
En 1804 Saltillo recaudó 14 mil 577 frente a 14 mil 237 de Monterrey. En 1808 fueron 15 mil 480 contra 15 mil 40. Las cifras no son equivalentes al PIB ni permiten coronar a una ciudad como “más rica”, pero sí estropean una imagen retrospectiva muy cómoda: la de un Monterrey destinado desde siempre a convertirse en gigante y un Saltillo condenado a mirarlo desde abajo.
En 1815 la feria fue trasladada oficialmente a Monterrey.
Se ha dicho que aquello fue un castigo por las simpatías insurgentes de Saltillo. Puede ser, aunque no está suficientemente probado.
Saltillo recuperó una feria anual en 1826, pero el equilibrio ya era otro. Y la precisión importa porque muchos de nuestros “ya merito” funcionan así: una verdad comprobable termina recubierta por una explicación tan irresistible que, con los años, dejamos de distinguir una cosa de la otra.
2.- La batalla que seguimos ganando en la imaginación
Si hablamos de derrotas, pocas resultan tan tentadoras para el “ya merito” como La Angostura. Que ya abarcamos en profundidad y con enfoque reciente en otro artículo. Así que seremos breves.
Los días 22 y 23 de febrero de 1847, el ejército mexicano comandado por Antonio López de Santa Anna enfrentó al de Zachary Taylor al sur de Saltillo. Los mexicanos tenían superioridad numérica y durante el combate consiguieron presionar y romper algunos sectores estadounidenses. Taylor reportó 4 mil 759 efectivos bajo su mando; las cifras mexicanas son más discutidas y conviene tratarlas con cautela.
Después, Santa Anna ordenó la retirada.
Ahí comienza la otra batalla, la que llevamos casi dos siglos librando contra el subjuntivo: que si faltaba un último ataque, que si Taylor estaba perdido, que si retirarse habría entregado una victoria segura, que si ganar La Angostura habría impedido que México perdiera la guerra.
Esto último ya exige demasiado.
Había posibilidades tácticas reales en La Angostura, pero Estados Unidos preparaba simultáneamente la campaña de Winfield Scott contra Veracruz. Ganar una batalla no significa ganar automáticamente una guerra, por más satisfactoria que resulte la versión alternativa.
Así que sí: quizá ya merito ganábamos La Angostura.
Y hay que acostumbrarse a esa incomodidad porque el contrafactual sirve para pensar la historia, pero se vuelve tramposo cuando lo confundimos con la historia misma.
Es más, tan complicada es esta trama que si ha leído recientemente lo que está ocurriendo en el predio donde ocurrió esta pugna, podríamos decir que la lucha se sigue librando.
La lectura marxista de que la historia se repite dos veces: la primera como tragedia y después como farsa, sigue vigente.
3.- Monterrey y la fábrica que siempre estuvimos a punto de tener
La industrialización ofrece un espejo todavía más incómodo, porque es un fantasma vivo que nos aterrada y nos posee.
Podríamos decir que frente al fenómeno de la modernización, Saltillo llegó temprano.
La Aurora apareció desde 1840; La Hibernia hacia 1842 o 1843; La Libertad alrededor de 1850; Bella Unión, en Arteaga, en 1856; El Labrador en 1858, y La Esmeralda, en Ramos Arizpe, en 1860. En 1890 Guillermo Purcell, Dámaso Rodríguez y Marcelino Garza formaron la Compañía Industrial Saltillera. Bella Unión llegó a tener alrededor de 300 telares.
No éramos una ciudad esperando a que alguien inventara la fábrica.
Había industria, capital, comercio, minería y conexiones ferroviarias. El problema es que Monterrey comenzó a conseguir algo diferente: empresas capaces de alimentar otras empresas. La cerveza demandaba vidrio, empaques, transporte y financiamiento; la metalurgia generaba capacidades aprovechables por nuevas industrias; el capital regresaba convertido en más capital.
Saltillo tuvo piezas importantes, pero no produjo la misma
Son historias extraordinarias porque explican demasiado bien el presente. Y atendiendo a nuestra urgencia por contradecir los relatos ya instaurados, por eso conviene desconfiar.
La documentación consultada no permite afirmar que Cervecería Cuauhtémoc hubiera elegido formalmente Saltillo ni que una negativa fiscal coahuilense provocara su establecimiento en Monterrey. A pesar de que varias personas con quienes conversé lo sostienen.
Tampoco encontré evidencia suficiente, hasta donde permite sostener esta investigación, para asegurar que Fundidora hubiera previsto establecerse aquí. En este último caso, además, Monterrey ya poseía experiencia metalúrgica antes de que la compañía se constituyera en 1900.
Pero el mito importa incluso si el hecho no ocurrió. Por eso decía al principio que buena parte de la identidad de las ciudades se gesta en la frontera de los logros obtenidos y nuestro rechazo de las derrotas.
Quizá nunca perdimos esas fábricas. Pero nos ayuda creer que sí.
Porque basta mirar hacia Monterrey, observar todo lo que creció alrededor de aquellas industrias y regresar la vista a Saltillo para que aparezca una pregunta irresistible: ¿en qué momento nos separamos tanto?
4.- Un “ya merito” construido con piedra
Otros futuros perdidos son mucho más fáciles de tocar. Son materiales. Existen. Y aunque pueda parecer inesperado, el protagonista es el actual Archivo Municipal de Saltillo.
Hacia 1917 se proyectó una nueva terminal ferroviaria como parte de una reorganización mayor de la red. Para 1918, la mampostería del edificio llevaba alrededor del 70 por ciento de avance. En 1925 todavía se reportaba un progreso global semejante y una inversión acumulada superior a un millón 337 mil pesos.
Nunca funcionó como la estación de pasajeros para la que fue concebida.
El proyecto estaba relacionado con otras obras ferroviarias, entre ellas Saltillo-Oriente y la relocalización hacia Carneros. No quedó solamente en planos: hubo terracerías, vías, inversión y edificios. Después, los trabajos se suspendieron y la transformación ferroviaria quedó inconclusa.
La terminal sobrevivió porque estaba demasiado construida para desaparecer. Más tarde fue Hospital de Concentración, tuvo usos educativos y finalmente se convirtió en el Archivo Municipal.
Una obra levantada para mover personas hacia otros lugares terminó guardando los papeles de donde estuvimos.
Hay algo cruelmente saltillense en eso. Y debo confesar que como buen perverso, me encanta.
5.- Caucho, motocicletas y futuros que llegaron antes
La Compañía Explotadora de Caucho Mexicano comenzó a operar en Saltillo en 1903 aprovechando el guayule, arbusto del semidesierto del que podía obtenerse goma. La industria tuvo un segundo impulso en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos buscó alternativas al caucho asiático.
La planta volvió a cerrar.
Saltillo contó dos veces con recursos, tecnología y demanda internacional, pero de aquello no surgió una cadena industrial duradera, aunque sí uno de los barrios más entrañables y queridos: la Guayulera.
Décadas después ocurrió algo parecido, aunque esta vez con motores.
En 1955 Isidro López Zertuche fundó Moto Islo en Saltillo. La empresa fabricó motocicletas de trabajo y reparto, desarrolló distintos modelos, compitió y estableció relaciones con firmas internacionales. Fue la primera fábrica de motocicletas en Latinoamérica.
Es decir, tampoco fue una industria que “casi” tuvimos. La tuvimos, cómo no.
El “ya merito” aparece después, cuando la producción termina en medio de la crisis de 1982 y uno mira hacia las décadas siguientes, observa a Saltillo y Ramos Arizpe convertidos en potencia automotriz y siente otra vez la comezón del contrafactual.
¿Qué habría ocurrido si Moto Islo hubiera sobrevivido? Quién sabe. Hay que aprender a soportar esas dos palabras.
No todo futuro posible estaba destinado a materializarse y no toda empresa desaparecida habría terminado engendrando un imperio. A veces una industria que muere es solamente una industria que murió y que nos vemos resignados a remembrar.
6.- El “ya merito” y la maldición de los Saraperos
Y entonces llegamos al lugar donde el concepto deja de ser solamente una herramienta para leer el pasado y se vuelve parte literal de nuestra cultura: los Saraperos.
Antes de escuchar al doctor Carlos Recio y de investigar un poco, este era el único caso que tenía ligado al “ya merito”. Y aunque no soy fan del béisbol, la pasión de mis padres por el deporte y el equipo de casa, me ha hecho un postureo decente de lo que ocurre en el Francisco I. Madero.
En 1971, apenas durante su segunda temporada en la Liga Mexicana de Beisbol, el equipo llegó a la final contra Charros de Jalisco y ganó los primeros tres partidos. Necesitaba uno más. Perdió los cuatro siguientes.
Al año siguiente volvió a la final y cayó frente a Cafeteros de Córdoba. Por esos años comenzó a circular el apodo que terminaría condensando toda una pequeña filosofía local de la derrota: El Ya Merito. Cada una con mayúsculas.
Y todavía faltaba otra.
En 1973 Saraperos regresó a la final y tomó ventaja de tres juegos contra uno frente a Diablos Rojos. Otra vez parecía suficiente. Otra vez no lo fue.
Después llegaron las finales perdidas de 1988, 2004 y 2005.
Antes de 2009 el equipo acumulaba seis Series Finales convencionales sin campeonato. Para entonces, una ciudad completa sabía perfectamente qué significaban esas dos palabras. Ya no era solamente un apodo beisbolero, sino una manera bastante eficiente de explicar esa sensación de haber tenido algo al alcance y verlo escapar cuando parecía más cerca.
Una maldición casi jurada en la LMB.
Hasta que el 29 de agosto de 2009 Saraperos venció 14-1 a Tigres de Quintana Roo y finalmente ganó el campeonato. Al año siguiente volvió a coronarse, ahora frente a Pericos de Puebla.
Aunque los conocedores dicen que el ya merito es algo que persigue a quienes portan el uniforme de los Saraperos, yo digo que en este caso el apelativo ya no funciona como antes, lo que pasa es que somos una ciudad aferrada a ciertas costumbres. Tal vez las menos adecuadas.
Tal vez nunca quisimos ser Saltillo
No vengo de incitador. Por mucho que quisiera. Pero al haber enarbolado estos casos en un mismo tema, conversar con varias personas y sucumbir a la pensosa acción de leer los comentarios de redes sociales, se me atraviesa esa idea.
Que a veces esta ciudad que se dice orgullosa de sí misma, parece que no quiere serlo. Y que está más viviendo en la orilla de la frustración, con una máscara de estar echada para adelante, hacia un porvenir digno.
No lo sé.
Amo esta ciudad. Pero me repugna a veces el grado de lamentación que hay en la historia que nos contamos.
Los casos reunidos aquí no demuestran que Saltillo padezca alguna maldición histórica ni que esté destinado a convertirse en Monterrey o cualquier gran urbe con la que exista el ínfimo grado de comparación.
Sin planeación, las ciudades no tienen destino. Pero sí tienen historia.
Y la historia está hecha de poder, capital, decisiones políticas, infraestructura, trabajo, instituciones y personas. Reducir todo eso a una oportunidad perdida resulta cómodo y lánguido: si nuestro presente se explica por una mala decisión del pasado, nosotros quedamos absueltos.
Así que mientras discutimos las ciudades que pudimos ser, hay una ciudad material, real, de hoy, ocurriendo debajo de nosotros: con fábricas, periferias, trabajadores, barrios, desigualdades y futuros todavía abiertos.
Sobre esa todavía podemos hacer algo.