La ‘segunda’ Batalla de La Angostura: el campo de 1847 que Saltillo está desapareciendo a costa del progreso
La Batalla de La Angostura se libró al sur de Saltillo en febrero de 1847. Casi 180 años después, sus lomas vuelven a estar en disputa: el paisaje que ayudó a decidir el combate está desapareciendo. ¿Qué perdemos cuando también borramos el terreno de la historia?
El olvido es una forma de perdición. Otro nombre ciego de la violencia. Una bestia, de esas que se agazapan y acechan en pernicioso silencio hasta que la presa, todavía sintiéndose llena de vida, descubre demasiado tarde que un par de colmillos afilados le quitan la vida.
Puede empezar de maneras pequeñas. Con el nombre extraviado de una calle. Con una casa derribada. Con un edificio convertido en estacionamiento. Con una fotografía sin fecha, un monumento que se vuelve parte del paisaje hasta que dejamos de mirarlo, una historia que repetimos mal tantas veces que termina pareciéndose más a nosotros que a lo ocurrido.
El olvido puede empezar también con un cerro.
Uno cualquiera, a primera vista. Piedra, tierra, matorral, polvo. El tipo de elevación que abundaba al sur de Saltillo mucho antes de que la ciudad extendiera sus tentáculos inmobiliarios, carreteros e industriales.
Un cerro no sabe qué es un documento. No sabe de archivos ni patrimonio. No le importan nombres como Santa Anna y Zachary Taylor. Desconoce que una pendiente puede explicar una maniobra militar, que una barranca es capaz de detener caballos, que desde una elevación se domina un camino y que la forma del terreno puede compensar la diferencia numérica entre dos ejércitos.
Para darle una forma a toda esta alegoría, cuando hablamos de la Batalla de La Angostura, quizá la presa sea la tierra, la memoria, nuestra historia, y el olvido... bueno.
En VANGUARDIA hemos publicado diferentes artículos sobre este evento en las últimas cinco décadas: conmemoraciones, hallazgos, controversias. Cuando se trata de hechos consumados con más de un siglo, es difícil imaginar que las versiones cambien.
Pero el 27 de agosto de 2026, mi compañero Alonso Flores Ramírez documentó nuevas afectaciones en colinas relacionadas con el campo histórico de la batalla, a raíz de la extracción de material pétreo que ha transformado progresivamente el relieve.
Carlos Recio Dávila, entrañable historiador y consejero de este periódico, comentó que una de las lomas conserva alrededor del 10 por ciento de su configuración original. A él se sumaron otras voces igual de preocupadas, igual de críticas. .
Pero para todos aquellos que somos propensos a caminar como si nada con las mandíbulas de la desmemoria incrustadas en el cuerpo, hagamos un repaso para saber por qué esto es tan relevante.
Antes de La Angostura, Saltillo ya estaba ocupado
Y para llegar a La Angostura primero hay que entrar a Saltillo.
Es noviembre de 1846 y la guerra entre México y Estados Unidos lleva varios meses. Las fuerzas estadounidenses han derrotado a las mexicanas en Palo Alto y Resaca de la Palma, han tomado Monterrey después de una batalla feroz y avanzan hacia el sur. Saltillo es una pieza natural en esa ruta: comunica el noreste con caminos hacia San Luis Potosí, Parras y el interior del país. Controlarlo significa asegurar suministros, comunicaciones y una posición avanzada frente a cualquier contraofensiva mexicana.
El 16 de noviembre de 1846 las fuerzas estadounidenses entraron a la ciudad. No ocurrió aquí una batalla urbana comparable con la de Monterrey. Las unidades capaces de ofrecer resistencia se habían retirado y Saltillo pasó a formar parte del sistema militar estadounidense. La ocupación no sería un episodio fugaz ligado a los dos días de La Angostura: continuaría durante 1847 y hasta algún momento de 1848, con pequeñas discrepancias entre las fuentes sobre la fecha exacta de la salida final.
Aquella ocupación dejó de ser abstracta muy rápido. Los soldados necesitaron casas, alimentos, animales, almacenes, caminos y vigilancia. Hubo propiedades ocupadas, convivencia obligada, comercio, conflictos y violencia. El Ejército extranjero caminó por calles que todavía reconocemos. Durmió aquí. Comió aquí. Se enfermó aquí..
Entre noviembre y enero, las fuerzas estadounidenses construyeron un reducto de adobe sobre una elevación cercana al Ojo de Agua.
Fue conocido como Fort Webster, Fort Taylor o, de forma mucho más local, el Fortín de los Americanos. Su emplazamiento corresponde al entorno que hoy identificamos con Plaza México y El Mirador. Una carta del teniente William H. H. Daily, utilizada en las investigaciones del Archivo Municipal, describe a centenares de hombres trabajando en la fortificación.
Aquí aparece una primera respuesta a la pregunta que atraviesa este texto.
¿Qué perdemos cuando borramos el terreno de la historia?
El Saltillo contemporáneo nos obliga a pensar en espacios separados. El Mirador es una cosa. La Angostura, otra. Agua Nueva parece un lugar lejano. San Esteban y la Catedral pertenecen al Centro Histórico. Arteaga está por otro rumbo. Una cartografía desarticulada, a veces irrecocible entre sí.
Pero en 1847 todo formaba parte más bien de una misma anatomía militar.
Saltillo era una ciudad ocupada. Los caminos hacia Monterrey, San Luis Potosí y la actual Arteaga servían para mover caballería, municiones, alimentos y hombres.
Mientras los estadounidenses aseguraban Saltillo, Antonio López de Santa Anna organizaba en San Luis Potosí al Ejército del Norte. Y aquí comienzan también las cifras endemoniadas de La Angostura.
Según qué fuente leamos y qué momento intentemos reconstruir aparecen ejércitos mexicanos de 18 mil, 20 mil, 21 mil hombres o cantidades menores. Algunos números se refieren a quienes fueron concentrados en San Luis, otros a los que emprendieron la marcha, a los que llegaron a Encarnación o a quienes realmente estaban en condiciones de combatir.
Por eso sería engañoso escoger el número más espectacular y anunciarlo como una verdad definitiva. Las fuentes coinciden en algo más seguro: México llegó con una importante superioridad numérica.
El lado estadounidense, mejor documentado administrativamente, rondaba los 4 mil 700 efectivos en Buena Vista y La Angostura, principalmente voluntarios, con una pequeña proporción de tropas regulares y trece piezas de artillería según la reconstrucción del U.S. Army Center of Military History.
La marcha desde San Luis Potosí había sido brutal. Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, publicado en 1848 por Ramón Alcaraz, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, José María Iglesias, Manuel Payno y otros autores, retrata un ejército sometido a largas jornadas, frío, hambre, enfermedad, deserción y agotamiento. Era una obra escrita apenas concluida la invasión, cuando México todavía intentaba entender la magnitud del desastre.
Un año antes había aparecido otro documento formidable por su cercanía con los hechos. Rápida ojeada sobre la campaña que hizo el Sr. General Santa-Anna en el estado de Coahuila el mes de febrero próximo pasado, firmado por G. A. y N., cuestionaba con dureza las decisiones del general. Juan Ordóñez respondió con una Refutación y después llegaron nuevas contestaciones.
Santa Anna escribiría años después su propia versión en Mi historia militar y política, 1810–1874. Es indispensable leerla, pero también saber cómo leerla. No es únicamente el recuerdo de un comandante. Es la memoria de un hombre que pasó buena parte de su vida defendiendo sus decisiones y que ya conocía el juicio histórico que pesaba sobre él. Recordar, para seguir a tono con el arranque de nuestra historia, también puede ser una forma de litigio.
Del lado estadounidense ocurrió algo parecido. Marcus Claudius Marcellus Hammond publicó en 1851 Battle of Buena Vista. Ese mismo año, Kettell & Moore difundieron A Sketch of the Life and Public Services of Maj. Gen. John E. Wool. Mientras México producía explicaciones, reproches y culpables, Estados Unidos comenzó a levantar a sus héroes de Buena Vista.
Y entre esas memorias enfrentadas permanecía algo aparentemente neutral: la tierra. Pero la tierra sin metáfora. El terreno, pues.
La tierra también fue parte del combate
John E. Wool había estudiado la región antes de la llegada de Santa Anna y comprendió la utilidad militar de La Angostura. El antiguo camino que comunicaba Saltillo con Agua Nueva y San Luis se estrechaba entre elevaciones, cauces y barrancas profundas.
En un punto, reconstrucciones militares estadounidenses colocan la anchura en aproximadamente 40 pies: unos 12 metros.
La caballería no podía desplegarse libremente. La artillería pesada mexicana perdía movilidad. Grandes masas de infantería tenían que fragmentarse. La superioridad numérica dejaba de traducirse automáticamente en superioridad sobre el frente.
El 20 de febrero, los reconocimientos estadounidenses confirmaron la magnitud del ejército mexicano que avanzaba desde Encarnación. Taylor abandonó Agua Nueva y se replegó a La Angostura, la posición que Wool había identificado semanas antes.
Las fuentes estadounidenses y mexicanas terminan coincidiendo en lo esencial: el terreno resultaba excepcionalmente favorable para la defensa. Incluso Santa Anna reconocería después la importancia de aquella “formidable posición”.
El 22 de febrero de 1847, las fuerzas mexicanas llegaron frente a las posiciones estadounidenses. Santa Anna exigió la rendición de Taylor. El estadounidense se negó. Durante aquella tarde comenzaron los primeros combates y al amanecer del 23 llegó la fase más violenta.
Las fuerzas mexicanas consiguieron avances. Rompieron unidades, obligaron a retroceder a tropas voluntarias, presionaron posiciones y capturaron material. El propio parte estadounidense reconoce momentos críticos. Las tropas de Taylor estuvieron, en distintos sectores y momentos, seriamente comprometidas.
El recuerdo estadounidense terminó simplificando Buena Vista hasta convertirla en una demostración casi perfecta del genio de Taylor. México hizo algo parecido desde el otro lado cuando transformó la batalla en una victoria segura que una decisión incomprensible de Santa Anna tiró por la borda.
Los hombres detrás de las banderas
Entre los mandos mexicanos aparecen Pedro de Ampudia, Manuel Lombardini, Francisco Pacheco y José María Ortega. La caballería operaba bajo generales como José Vicente Miñón, Julián Juvera, Anastasio Torrejón y Manuel Andrade.
También hubo presencia coahuilense más cercana de lo que a veces recordamos: el parte del general Francisco Mejía identifica al capitán auxiliar de Saltillo Juan Crisóstomo Pacheco y registra que Onofre Maciel, de la Compañía del Álamo de Parras, recibió un balazo que le atravesó el brazo izquierdo.
En la misma documentación aparece una unidad que con el tiempo se volvió casi legendaria: la Compañía de Voluntarios de San Patricio. Combatieron como artilleros del lado mexicano y fueron elogiados por su actuación. Entre sus integrantes había extranjeros, muchos irlandeses, y antiguos soldados o desertores del Ejército estadounidense.
Había extranjeros peleando por México. Inmigrantes peleando por Estados Unidos. Soldados mexicanos reclutados mediante leva. Voluntarios estadounidenses que probablemente jamás habían visto las montañas de Coahuila. Hombres que desertaban, cambiaban de uniforme o combatían por razones religiosas, económicas, personales y políticas mucho más complicadas que una bandera.
Durante el día 23 las fuerzas mexicanas consiguieron poner en peligro la línea estadounidense. La artillería ligera de Taylor fue fundamental para contener penetraciones y compensar el retroceso de algunas unidades.
Ahí aparece Braxton Bragg, convertido después en leyenda por una frase sobre disparar “un poco más de metralla” cuya literalidad ha sido discutida. También combatió Jefferson Davis, entonces coronel de los Mississippi Rifles, herido en el pie y futuro presidente de la Confederación durante la Guerra Civil estadounidense. Dos hombres que años después volverían a encontrarse con la historia en otra guerra.
Pero debajo de los nombres seguía la geografía. Cañones móviles. Barrancas. Mesetas. Pendientes.Hombres avanzando y retrocediendo por un terreno que no les pedía permiso para intervenir.
El fantasma de la retirada
Así que al caer la noche, Santa Anna ordenó retirarse, y con esa decisión nació el fantasma más grande de La Angostura.
¿Por qué?
Casi 180 años después seguimos haciendo la misma pregunta porque las fuentes no ofrecen una respuesta limpia.
No podemos negar que el agotamiento era real. También las pérdidas y los problemas de abastecimiento. El Ejército Mexicano había llegado castigado por la marcha desde San Luis y había combatido durante horas. Pero Rápida ojeada, escrita casi inmediatamente después, cuestionó que la falta de víveres justificara plenamente la retirada.
También existe el argumento político. Durante décadas se repitió que Santa Anna abandonó La Angostura para regresar a la capital y enfrentar la rebelión de los Polkos.
Aquí el problema está en las fechas: la sublevación comenzó formalmente el 27 de febrero, cuatro días después de la retirada. Eso no significa que no existieran tensiones previas o comunicaciones sobre una crisis política; significa que la cronología no permite afirmar mecánicamente que Santa Anna se retiró el 23 “porque los Polkos se habían levantado”. Con la información disponible, esto no puede afirmarse con certeza.
Y entonces regresamos a otra pregunta irresistible, aunque a mi consideración tan inútil en muchas guerras.
¿Quién ganó?
Tal vez nadie pueda responder sin explicar primero qué significa ganar.
México consiguió éxitos tácticos, obligó a retroceder unidades, tomó material y puso en peligro la posición estadounidense. Santa Anna, sin embargo, se retiró. Taylor conservó el campo, mantuvo su ejército y, sobre todo para esta historia, Saltillo continuó ocupado.
Así que hablar únicamente de victoria mexicana, empate técnico o triunfo estadounidense termina diciendo menos de lo que parece.
La batalla principal terminó, pero la guerra siguió entrando a la ciudad.
La batalla siguió entrando a Saltillo
Mientras miles de hombres combatían al sur, José Vicente Miñón intentó aproximarse a Saltillo con caballería. El 23 de febrero fue rechazado desde el Fortín de los Americanos y terminó retirándose por el Paso de Palomas, en dirección al territorio del actual Arteaga. El episodio demuestra que aquello que hoy imaginamos separado formaba una sola operación.
Después llegaron los heridos.
La documentación histórica identifica a la Catedral de Saltillo como hospital de sangre durante algunos días posteriores al combate.
San Esteban aparece también como lugar de atención para soldados mexicanos y estadounidenses. No tenemos una lista completa de quién estuvo en cada espacio, quién atendió a cada herido o cuántos murieron ahí.
Prefiero dejar ese vacío donde está. Porque inventar aquello que no nos consta es una negligencia frente a la memoria, que puede afectarse por desinformación y exceso de imaginación.
Los muertos tampoco quedaron todos resueltos el 23 de febrero. La documentación local señala que en junio de 1848, más de un año después, restos de más de treinta combatientes mexicanos fueron llevados al camposanto para recibir sepultura solemne.
Y fuentes posteriores hablan también de un cementerio estadounidense cuya ubicación y número exacto de enterramientos plantean todavía preguntas que requieren investigación adicional.
Dieciséis meses después de los cañonazos todavía había muertos esperando que alguien terminara de enterrarlos.
Hubo violencia, comercio, conflictos, relaciones personales. Hubo soldados extranjeros que se casaron con mujeres locales. Hubo habitantes que tuvieron que explicar por escrito su relación —o su ausencia de relación— con el ejército invasor.
Las colecciones del Amon Carter Museum, Yale y otros repositorios conservan daguerrotipos extraordinarios tomados en Saltillo alrededor de 1847: soldados en calles de la ciudad, oficiales, vistas urbanas, la Parroquia de Santiago y paisajes relacionados con Buena Vista.
La segunda batalla
Ya habíamos hablado de aquello en Historias de Saltillo, cuando contamos el episodio de las primeras fotografías relacionadas con la ocupación estadounidense. Ese artículo terminó prometiendo que de La Angostura hablaríamos “en otra ocasión”.
Bueno, esta es esa ocasión. Una promesa que estamos cumpliendo 5 años después.
Y qué extraña manera de hacerlo: volvemos a La Angostura justo cuando una parte de aquello que necesitamos para comprenderla está desapareciendo.
Todavía podemos salir de Saltillo, mirar las lomas y confrontar el papel con la tierra. Entender por qué un ejército eligió una posición, por qué una barranca frenó una carga o cómo una elevación permitió dominar el camino. El terreno no es solamente el escenario donde ocurrió la historia. También es una fuente, un testigo, un personaje.
Por eso, cuando desaparece, no perdemos únicamente el paisaje.
Perdemos contexto. Distancias. Perspectivas. Rutas. Líneas de visión. Perdemos la posibilidad de comprobar lo que dicen los documentos y, quizá más importante, la posibilidad de que alguien en el futuro descubra que nosotros estábamos equivocados.
No me gustan tanto este tipo de comparaciones, pero si Saltillo fuera una persona, La Angostura sería una de esas cicatrices viejas que ya no duelen todos los días, pero explican una parte del cuerpo que somos. Borrarla no cambiaría lo que ocurrió. Solo nos dejaría sin la marca que permite recordar de dónde vino la herida.
Perdemos, al no defenderla, nuestra capacidad de saber y nos arrojamos al error de creer que solo lo vivo merece protección.
Por todo eso creo que esta es la segunda Batalla de La Angostura. Y esta vez no podremos culpar a Santa Anna por la retirada.
Seremos nosotros los únicos responsables de caer en la perdición, de recitar ese nombre ciego de la violencia que es el olvido. Ya sabemos que los colmillos llevaban tiempo clavados en nosotros. ¿Valdrá la pena luchar por esa tierra que es nuestra? ¿Nos arrepentiremos dándonos golpes de pecho cuando no quede nada? ¿Haremos algo?