Trump tiene una salida simple en Groenlandia, pero no parece quererla

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Internacional
/ 20 enero 2026

Lo que hace que esta crisis sea tan notable como innecesaria es que parece fabricada deliberadamente por el propio presidente estadounidense

NUEVA YORK- El presidente de EE. UU. ha dejado claro que no está interesado en alcanzar acuerdos diplomáticos que seguramente lograrían sus objetivos declarados de defensa en el Ártico.

A medida que la lucha por el control de Groenlandia se intensifica, y con ella, la cuestión de si la alianza atlántica sufrirá una herida mortal, dos crudas realidades geopolíticas se han puesto de manifiesto.

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La primera es que, durante años, todos los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte invirtieron insuficientemente en la seguridad del Ártico, mientras el deshielo de los glaciares, la actitud agresiva de las armadas china y rusa y la importancia crítica de los cables de comunicaciones submarinos hacían que uno de los paisajes más fríos de la Tierra fuera un lugar propicio para un renovado conflicto entre superpotencias.

La segunda es que el presidente Donald Trump no tiene intención de buscar una solución común a este problema que lleva tanto tiempo gestándose.

En lugar de ello, ha abierto deliberadamente lo que podría convertirse en la mayor brecha en los casi 77 años de historia de la alianza, una brecha que llevó al vicecanciller alemán a declarar el fin de semana que las naciones europeas “no debemos dejarnos chantajear” por la mayor potencia del grupo.

Incluso uno de los líderes favoritos de Trump, el presidente Alexander Stubb de Finlandia, cuyo país se apresuró a unirse a la alianza tras la invasión rusa de Ucrania, advirtió sobre una “peligrosa espiral descendente”.

Lo que hace que esta crisis sea tan notable como innecesaria es que parece fabricada deliberadamente por el propio Trump. Como posición inicial, ha dejado claro que no está interesado en alcanzar acuerdos diplomáticos que casi con toda seguridad lograrían sus objetivos declarados de defensa: más bases estadounidenses para vigilar la navegación china y rusa, y la ampliación de su todavía incipiente proyecto de defensa antimisiles “Cúpula Dorada”.

Hasta ahora no ha mostrado ningún interés en buscar salidas diplomáticas, o el tipo de asociaciones de defensa que la OTAN ha fomentado durante mucho tiempo. Cada vez que los europeos ofrecen soluciones —cualquiera que no implique una apropiación estadounidense directa del territorio danés—, Trump las rechaza y exige los 2166 millones de kilómetros cuadrados de Groenlandia, aunque la mayor parte esté cubierta por una capa de hielo.

De hecho, el enorme tamaño parece ser parte del atractivo. El hecho de que la mayor parte del territorio sea inhabitable no parece molestar a Trump. Es el máximo premio inmobiliario: un territorio unas tres veces mayor que Texas, y más grande que Alaska, que apenas tiene 1723 millones de kilómetros cuadrados.

Si Trump se impone, habrá conseguido la mayor adquisición de tierras en la historia de Estados Unidos, mayor incluso que la negociación del Secretario de Estado William H. Seward en 1867, cuando compró Alaska a Rusia por alrededor de 2 centavos el acre.

Para aumentar la presión sobre Dinamarca y sus aliados europeos, Trump ha recurrido rápidamente a su arma favorita de coerción económica: los aranceles. Un año después de que en su discurso de investidura advirtiera de que “nada se interpondrá” en su camino para llevar a cabo su programa “Estados Unidos primero”, parecía despreocupado ante la posibilidad de romper la alianza militar más eficaz de la historia moderna para satisfacer su exigencia sobre Groenlandia.

Tiene una opción más fácil. Un tratado entre Estados Unidos y Dinamarca, firmado en 1951 al final del gobierno de Harry Truman, otorga a Estados Unidos amplios derechos para reabrir las aproximadamente 16 bases militares que alguna vez tuvo en Groenlandia.

Se cerraron porque Washington pensó que la era de la competencia estratégica por el Ártico había terminado con el colapso de la Unión Soviética. No quería pagar por las bases congeladas. Así que las abandonó a los vientos y al hielo: una visita a algunas de las antiguas instalaciones reveló el verano pasado que los largos inviernos groenlandeses habían destrozado las ventanas de las casas y centros de mando que seguían en pie. Las pistas estaban fragmentadas y cubiertas de maleza.

Pero por unos pocos miles de millones de dólares, mucho menos de lo que costaría comprar Groenlandia, Estados Unidos tiene derecho a construir puertos profundos, largas pistas de aterrizaje, estaciones de radar y sitios de lanzamiento de interceptores de defensa antimisiles. Simplemente no lo ha pedido. En palabras de un alto funcionario danés, el país está dispuesto a decir que sí, y quizá por eso Trump no quiere plantear la cuestión.

$!El vicepresidente J. D. Vance y la segunda dama Usha Vance visitan la Base Espacial Pituffik del ejército estadounidense en Groenlandia.

Y cuando se le preguntó en una entrevista con The New York Times a principios de este mes qué pasaría si tuviera que elegir entre sus ambiciones territoriales y preservar la alianza, dijo simplemente: “Podría ser una elección”.

“La propiedad es muy importante”, dijo. “Porque eso es lo que considero psicológicamente necesario para el éxito”.

Al preguntarle sobre la perspectiva de utilizar la fuerza militar, respondió: “No creo que sea necesario”.

Heather Conley, miembro del American Enterprise Institute y estudiosa de la política de defensa del Ártico, señaló el viernes en una charla para el Consejo de Relaciones Exteriores que las cuestiones estratégicas que planteó Trump estaban justificadas, aunque la exigencia de propiedad fuera desconcertante.

“El Ártico acorta distancias, ya sea en misiles, submarinos, buques marítimos, cables submarinos”, dijo. “Y a medida que el Ártico se transforma en lo medioambiental, vemos mucha actividad económica adicional”.

Trump ha exagerado la urgencia de la amenaza, haciendo creer que China y Rusia están a punto de apoderarse del territorio. Pero China, señaló Conley, “hace mucha investigación científica acústica” —la cual ayuda a rastrear submarinos— junto con la minería de aguas profundas. Y “ahora la OTAN, debido a todo esto, por fin está intensificando sus ejercicios y su presencia”, dijo.

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Pero nada de eso encaja en la narrativa de Trump, que se ha hecho más ruidosa y urgente. Al principio, los europeos pensaron que Trump solo fanfarroneaba, o que simplemente aplicaba las reglas del mundo inmobiliario neoyorquino, adoptar posturas maximalistas, amenazar con demandas, para negociar un mejor acuerdo.

Luego, justo antes de su toma de posesión, Trump dijo en una conferencia de prensa en Mar-a-Lago que, por supuesto, podría considerar el uso de la fuerza para salirse con la suya en Groenlandia y el canal de Panamá, que ha exigido que vuelva a manos estadounidenses.

Durante un tiempo, las cosas se calmaron. Pero como se han vuelto a recrudecer, los dirigentes europeos anunciaron una serie de medidas que, según ellos, satisfarían las exigencias de Trump, sin llegar a entregar las llaves del helado territorio.

$!El ministro de Defensa de Dinamarca, Troels Lund Poulsen, y la ministra de Asuntos Exteriores e Investigación de Groenlandia, Vivian Motzfeldt, en la OTAN.

Iniciaron una ampliación de la “presencia militar en Groenlandia y sus alrededores” de los miembros de la OTAN, y dijeron que esta incluiría componentes aéreos, navales y terrestres. Dinamarca ha aumentado considerablemente su gasto militar, a pesar de la afirmación de Trump de que las capacidades militares del país se limitan a “dos trineos tirados por perros”.

Las protestas de los daneses y del resto de Europa sobre la importancia de preservar el concepto de soberanía incitaron a Trump a aferrarse aún más a su postura. El sábado, en una declaración, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, comparó de manera indirecta los esfuerzos de Trump por forzar la venta de Groenlandia con la toma por Rusia de partes de Ucrania.

Ahora, los europeos y los estadounidenses están hablando sin escucharse unos a otros y creando las condiciones para una posible confrontación.

Cuando varias potencias europeas dijeron que iban a enviar un pequeño grupo de militares a Groenlandia, Trump lo interpretó inmediatamente como un intento de disuadir cualquier toma armada por parte de Estados Unidos. (No se equivocaba, pero era más una presencia simbólica que una fuerza defensiva seria).

Trump declaró entonces que “cualquier cosa que no sea” vender toda Groenlandia a Estados Unidos “es inaceptable”.

Luego llegaron los aranceles, basados en una declaración presidencial de una incipiente “emergencia” que aún no ha definido.

Durante el fin de semana, un embajador europeo en Washington dijo que él y sus colegas temían a dónde podía llevar esto: Europa impondría aranceles de represalia, y Trump, dijo, podría amenazar con abandonar la OTAN o anunciar que no saldría en defensa de ningún país de la alianza que se le opusiera en Groenlandia.

Sin embargo, los funcionarios europeos dicen que no pueden echarse atrás.

“En Groenlandia, un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, los europeos tienen una responsabilidad particular”, dijo Macron a las fuerzas de defensa francesas en una ceremonia el domingo. “Este territorio pertenece a la Unión Europea, y también es el territorio de uno de nuestros aliados de la OTAN”.

Lo que no dijo es qué piensa hacer al respecto si Trump no se conforma con nada menos que una rendición territorial forzada. c. 2026 The New York Times Company.

Por David E. Sanger, The New York Times.

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